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Enfermedad de Meniere Triada de Placeres Intensos

6420 palabras

Enfermedad de Meniere Triada de Placeres Intensos

Me llamo Ana, tengo treinta y cuatro años y vivo en un departamento chido en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. La vida me ha pegado duro con la enfermedad de Meniere triada: vértigo que te hace sentir como si el mundo girara en reversa, tinnitus que zumba como un enjambre de avispas en la cabeza y pérdida de oído que te aísla del ruido del mundo. Pero lo peor es cómo jode mis ganas de estar con alguien. Hace meses que no me acuesto con nadie, porque ¿quién quiere lidiar con una tipa que de repente se tambalea como borracha?

Todo cambió cuando conocí a Diego en el gym de la esquina. Él es terapeuta físico, alto, moreno, con ojos cafés que te miran como si te estuvieran desnudando despacito. Órale, qué rico se ve sudado después de las pesas, pensé la primera vez que lo vi. Hablamos de tonterías, de la pinche contaminación y del tráfico, pero él notó que me agarraba la cabeza a veces. "Parece que traes algo del oído interno", me dijo, y yo, sorprendida, le conté de mi enfermedad. No se espantó; al contrario, se ofreció a darme una sesión gratis para equilibrar el vestibular.

La primera cita fue en su consultorio, un lugar limpio y fresco con aroma a eucalipto. Me recostó en la camilla, sus manos fuertes pero suaves presionando mi cuello, hombros. Sentí su aliento cálido en mi oreja, el roce de sus dedos bajando por mi espalda.

¡No mames, Ana, contrólate! Esto es terapia, no un polvo.
Pero mi cuerpo no escuchaba. El tinnitus empezó leve, un zumbido que vibraba con su toque, y en lugar de molestarme, me erizaba la piel.

Salimos a cenar después, tacos al pastor en un puesto callejero con salsa que pica como demonios. Reíamos de todo, él me contaba chistes pendejos sobre pacientes que se caen de la bici. "Tú no te vas a caer conmigo", me dijo guiñando el ojo. Caminamos de vuelta a mi depa, el aire nocturno cargado de jazmín de los vecinos. En la puerta, me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a cebolla asada y tequila. Me abrí paso con la lengua, saboreando su calor, pero un mareo sutil me hizo aferrarme a su camisa.

Acto dos: la escalada. Esa noche no pasó de besos intensos en el sillón, mis manos explorando su pecho duro bajo la playera. Pero los días siguientes fueron fuego puro. Diego venía a mi casa después del trabajo, traía su kit de masajes y me consentía. "Relájate, nena", murmuraba mientras sus dedos se hundían en mis muslos, subiendo despacio por mis piernas. El olor de su loción, mezcla de sándalo y macho, me volvía loca. Yo gemía bajito, el tinnitus convirtiéndose en un pulso rítmico que sincronizaba con su respiración.

Una tarde, mientras me masajeaba los senos —sí, ya habíamos pasado a lo heavy—, el vértigo atacó fuerte. El cuarto giró, un remolino que me dejó jadeando.

Ya valió, se va a ir espantado, la enferma de mierda.
Pero Diego no se movió. Me abrazó firme, su cuerpo sólido como ancla. "Tranquila, mi amor, déjalo pasar. Respira conmigo". Su voz era un ronroneo grave, distorsionada por mi pérdida auditiva temporal, pero eso la hacía más íntima, como si solo habláramos nosotros dos en el universo. Me besó el cuello, lamiendo la sal de mi sudor, y el mareo se transformó en una flotación deliciosa, como si estuviéramos levitando en la cama.

Las sesiones se volvieron rituales. Él me vendaba los ojos con una bufanda de seda negra, para jugar con mis sentidos jodidos. "Siente esto", susurraba, y su lengua trazaba círculos en mi ombligo. El zumbido en mis oídos se mezclaba con el latido de mi corazón, acelerado, tan-tan-tan, como tambores de un carnaval prohibido. Tocaba mi piel con plumas, hielo derretido que goteaba por mis chichis, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras. Yo lo buscaba a tientas, mis uñas clavándose en su espalda ancha, oliendo el almizcle de su excitación que llenaba la habitación.

"Diego, te necesito adentro", le rogué una noche, después de que sus dedos me hubieran llevado al borde tres veces sin dejarme caer. Estaba empapada, mi chochito palpitando, rogando por más. Él se quitó la ropa despacio, dejándome oír el roce de la tela —o lo que mi oído caprichoso permitía—. Su verga dura rozó mi muslo, caliente, venosa, con un calor que me quemaba delicioso. Me abrí para él, guiándolo con las caderas. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente, cabrón!

El tinnitus era ahora un coro erótico, amplificando cada embestida. Sus bolas chocaban contra mi culo con un plaf-plaf húmedo, su sudor goteando en mi pecho, salado al lamerlo. El vértigo nos mecía como en una hamaca, cada giro del mundo sumándose al vaivén de su polla dentro de mí. "Más fuerte, pendejo, hazme girar", le grité, y él obedeció, clavándome con furia, sus manos apretando mis nalgas. Sentía cada vena pulsando, el roce áspero de su pubis contra mi clítoris hinchado. El olor a sexo crudo, a jugos mezclados, impregnaba el aire.

Mi orgasmo llegó como un terremoto. El mundo se nubló, el zumbido explotó en fuegos artificiales detrás de mis párpados, y grité su nombre mientras mi coño se contraía alrededor de él, ordeñándolo. Diego se vino segundos después, un rugido gutural que vibró en mi pecho, su leche caliente inundándome, chorreando por mis muslos. Nos quedamos pegados, jadeando, su peso reconfortante sobre mí.

El cierre: el resplandor. Después, en la ducha, el agua tibia lavaba nuestros cuerpos exhaustos. Él me enjabonó despacio, sus dedos gentiles en mi cabello mojado. "Tu enfermedad no es un pedo, Ana. Es parte de ti, y me encanta cómo la haces tuya en la cama". Yo sonreí, besándolo bajo el chorro. El tinnitus se calmaba, el vértigo se iba como niebla al amanecer. Por primera vez, la enfermedad de Meniere triada no era enemiga; era el catalizador de placeres que nunca imaginé.

Ahora, cada episodio es una invitación. Diego y yo exploramos, jugamos con mis sentidos caprichosos, convirtiendo el caos en éxtasis. La vida en la Condesa sigue su ritmo loco, pero en nuestra cama, somos reyes de un mundo giratorio, zumbante y silencioso, lleno de caricias que queman y besos que curan. Y qué chido se siente ser yo, completa, deseada.

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