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Triada de Hipertensión Intracraneal

7571 palabras

Triada de Hipertensión Intracraneal

Estaba en mi depa en Polanco, con las luces tenues y el aire cargado de ese olor a jazmín que tanto me prende. Yo, Ana, treintañera bien plantada, con curvas que vuelven locos a los weyes, había invitado a Marco y a Luis, mis dos amantes consentidos. No era la primera vez que nos veíamos los tres, pero esta noche sentía algo diferente, como si el deseo me estuviera reventando la cabeza desde adentro. Neta, quería que me llevaran al límite.

Marco, el moreno alto con tatuajes que te hacen agua la boca, se acercó primero. Su mano áspera rozó mi cuello, y sentí un escalofrío que me erizó la piel. "¿Lista para la triada, mi reina?" murmuró, con esa voz ronca que me moja al instante. Luis, el güero fitness con ojos verdes que hipnotizan, se paró detrás de mí, presionando su pecho firme contra mi espalda. Sus labios besaron mi oreja, y olí su colonia mezclada con sudor fresco. "Hoy te vamos a hacer volar, Ana."

Me giré y los besé a los dos, alternando lenguas calientes y jugosas. Saboreé el tequila en la boca de Marco, dulce y ardiente, mientras Luis me apretaba las nalgas con fuerza juguetona. "Pendejos, no me hagan esperar", les dije riendo, pero mi voz salió temblorosa de pura anticipación. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Mi blusa cayó al piso con un plop suave, revelando mis tetas enhiestas. Ellos se relamieron, y yo sentí el primer pulso fuerte en las sienes, como si la sangre me latiera con furia en la cabeza.

¿Qué carajos es esto? Pienso. Una presión rara, pero chida, como si mi cráneo se estuviera hinchando de placer.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Marco se hincó entre mis piernas, abriéndolas con manos expertas. Su aliento caliente rozó mi concha ya empapada, y gemí bajito. "Órale, qué rica estás", dijo, antes de lamer despacio, desde el clítoris hasta el ano, haciendo círculos que me hicieron arquear la espalda. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco; lo oía tragar con avidez. Luis, mientras, chupaba mis pezones, mordisqueando suave hasta que dolía rico. Sus dedos jugaban con mi pelo, tirando un poquito para aumentar la tensión.

El calor subía, mis pulsaciones se aceleraban. Sentía la hipertensión en la cabeza, un zumbido constante, como si alguien me apretara las sienes con manos invisibles. Pero no era dolor, era puro fuego líquido recorriéndome las venas. "Más, cabrones, no paren", suplicaba, mi voz ronca. Marco metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en el punto G, bombeando rítmico mientras su lengua no descansaba. El sonido húmedo de mi coño siendo follado por sus dedos llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y los gruñidos de ellos.

Luis se movió para que yo lo mamara. Su verga dura, venosa, palpitaba frente a mi cara. La tomé con la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado y ligeramente amargo. "Así, mi amor, trágatela toda", me animó, empujando suave. La metí hasta la garganta, gimiendo con ella dentro, vibrando contra su glande. Marco aceleró, y sentí las primeras olas: mi respiración se hizo irregular, entrecortada, como si no pudiera tomar aire suficiente. El corazón me latía desbocado al principio, luego más lento, pesado, sincronizado con sus embestidas digitales.

Esta es la triada de hipertensión intracraneal, pensé fugazmente, recordando un artículo que leí en la web sobre síntomas médicos, pero aquí era de placer extremo. Presión en la cabeza, pulso alterado, aliento entrecortado. Pero en vez de pánico, era éxtasis puro. Mis caderas se movían solas, frotándome contra la boca de Marco. Luis me follaba la boca con cuidado, sus bolas peludas rozando mi barbilla sudorosa. Olía a macho, a sexo crudo y consentido.

El medio tiempo llegó cuando cambiamos posiciones. Yo me subí encima de Marco, empalándome en su pija enorme, gruesa como mi muñeca. Bajé despacio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingón!" grité, mientras él me agarraba las caderas, guiándome arriba y abajo. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando entre nosotros. Luis se paró detrás, escupiendo en mi ano para lubricar. Un dedo primero, luego dos, abriéndome con paciencia juguetona. "Relájate, preciosa, te vamos a doble penetrar como diosas."

La tensión creció. Mi clítoris rozaba el pubis de Marco con cada rebote, enviando chispas por mi espina. La presión intracraneal aumentaba, mi visión se nublaba un poco en los bordes, pero era delicioso, como flotar en un mar de lava. Luis presionó su verga contra mi culo, entrando milímetro a milímetro. Duele rico al inicio, luego puro gozo cuando me tuvo completa. Los dos dentro de mí, moviéndose alternados: Marco sale, Luis entra, y viceversa. Sentía sus venas pulsando contra las paredes delgadas que nos separaban apenas.

Estoy partida en dos, pero qué wey tan puta soy, lo amo. Suspiros en mi mente, mientras mi cuerpo tiembla.

"¡Más fuerte, pendejos! ¡Fóllenme hasta que explote!" les exigí, arañando la espalda de Marco. Él mordió mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerán chido. Luis me jalaba el pelo, obligándome a arquearme más, exponiendo mis tetas para que Marco las manosee. El olor a sexo impregnaba todo: sudor ácido, fluidos dulces, piel caliente. Mis gemidos se volvieron gritos, la respiración un jadeo irregular, el pulso un tambor lento y potente en mi cabeza. La triada de hipertensión intracraneal me consumía, pero era mi triada personal de placer: presión exquisita, corazón en pausa gozosa, aliento robado por el orgasmo inminente.

La intensidad escaló. Cambiamos otra vez: yo de rodillas, Marco en mi coño por detrás, Luis en mi boca. Sus embestidas eran salvajes ahora, coordinados como bailarines. Sentía el orgasmo construyéndose, una bola de fuego en el vientre expandiéndose. "Me vengo, cabrones, no paren", balbuceé alrededor de la verga de Luis. Él se retiró para que gritara libre. Marco aceleró, su pija golpeando profundo, huevos chocando contra mi clítoris. Luis se masturbaba viéndome, luego se unió chupándome las tetas.

Exploté. El clímax me azotó como un rayo: mi coño se contrajo en espasmos violentos, chorros de squirt mojando las sábanas. La cabeza me estalló en placer, la presión máxima liberándose en oleadas. Grité su nombre, "¡Marco! ¡Luis! ¡Síiii!", mientras temblaba descontrolada. Ellos no tardaron: Marco se corrió dentro de mí, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Luis eyaculó en mis tetas, chorros blancos calientes que lamí con deleite.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Besos suaves, caricias perezosas. El zumbido en mi cabeza se desvanecía, dejando una paz profunda. "Fue la mejor triada ever", dijo Marco, riendo. Luis me besó la frente. "Tú eres nuestra diosa."

La triada de hipertensión intracraneal había pasado, pero el recuerdo me dejaría palpitando días. Neta, qué noche de putas.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, con el aroma del sexo flotando como promesa de más rondas. México es así, caliente en todos los sentidos.

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