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Para Que Sirven Las Bedoyecta Tri En La Cama

7435 palabras

Para Que Sirven Las Bedoyecta Tri En La Cama

Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en un departamento chiquito pero chulo en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Mi novio, Marco, es un tipo alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hace derretir cada vez que me ve. Trabaja como entrenador personal y siempre anda experimentando con suplementos para mantenerse al tiro. Una noche, mientras preparaba la cena, lo vi sacando una cajita del refri. Bedoyecta Tri, decía la etiqueta. Se aplicó una inyección en el glúteo sin pensarlo dos veces, como si fuera lo más normal del mundo.

¿Para qué son las Bedoyecta Tri, amor? —le pregunté, curiosa, mientras picaba cebolla y el aroma picante llenaba la cocina.

Él se rio, se acercó por detrás y me abrazó la cintura, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta fresca. "Son vitaminas del complejo B, mi reina. Para tener pila toda la noche, sin cansancio. Ya verás cómo te demuestro", murmuró, y su mano bajó despacito por mi vientre, rozando el borde de mi short. Sentí un cosquilleo inmediato, como electricidad estática en la piel. Esa noche, la cena se enfrió en la mesa porque el deseo ya nos había ganado.

Nos besamos como posesos en la sala, con las luces tenues del atardecer filtrándose por las cortinas. Su lengua sabía a café y a él, ese sabor terroso que me volvía loca. Lo jalé hacia el sillón, mis uñas clavándose en su espalda musculosa bajo la camisa. ¿De verdad esas Bedoyecta Tri le dan tanta energía?, pensé, mientras él me quitaba la blusa con urgencia, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios se cerraron en un pezón, chupando suave al principio, luego con más fuerza, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

Acto uno apenas empezaba. Marco me cargó como si no pesara nada —gracias a sus horas en el gym— y me llevó al cuarto. La cama king size que tanto trabajo nos costó pagar nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia. Me tiró con gentileza y se quitó la ropa, revelando su cuerpo esculpido, el glúteo donde se había inyectado aún un poco rojo. Me miró con ojos hambrientos, y yo abrí las piernas instintivamente, sintiendo la humedad crecer entre mis muslos. "¿Quieres saber para qué son las Bedoyecta Tri? Te voy a mostrar, nena", dijo, arrodillándose al pie de la cama.

Empezó lamiendo mis pies, subiendo despacio por las pantorrillas, sus manos masajeando con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. El olor de mi propia excitación se mezclaba con su colonia cítrica, embriagador. Cuando llegó a mi concha, ya estaba empapada, los labios hinchados pidiendo atención. Su lengua trazó círculos lentos alrededor del clítoris, saboreándome como si fuera el postre más rico. ¡Ay, cabrón!, pensé, esto es otro nivel. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, el roce áspero de su barba en mis muslos internos como fuego delicioso.

Pero él no se cansaba. Minutos se convirtieron en una eternidad de placer oral, su boca incansable, dedos entrando y saliendo con ritmo experto, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Sudaba, pero no paraba; las Bedoyecta Tri debían estar haciendo magia porque su energía era inagotable. Yo ya temblaba, al borde del primer orgasmo, pero él se detuvo. "Aún no, mi amor. Esto apenas comienza". Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando la nuca mientras sus dedos seguían jugando abajo.

En el medio del acto, la tensión subió como la marea en Acapulco. Me puse de rodillas, él detrás, su verga dura como piedra rozando mi entrada. La sentía caliente, palpitante, goteando precum que lubricaba todo. ¿Cuánto dura un hombre normal? ¿Una hora? Este pendejo parece máquina, reflexioné, mientras empujaba hacia atrás, queriendo sentirlo todo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, plaf, plaf, y el cuarto se llenó de nuestros jadeos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Marco me agarró las caderas, embistiendo más fuerte, su sudor cayendo en mi espalda como gotas calientes. "¿Sientes la diferencia, Ana? Las Bedoyecta Tri me dan pila para cogerte toda la noche", gruñó en mi oído, su voz ronca de deseo. Yo solo podía responder con gemidos, mis tetas balanceándose al ritmo, pezones rozando las sábanas ásperas por el movimiento. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, sus manos en mis nalgas guiándome. Lo veía desde arriba, músculos tensos, abdomen contraído, ojos fijos en mí con adoración. El placer crecía en espiral, mi clítoris frotándose contra su pubis, cada bajada enviando chispas por mi espina.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían emociones.

Este hombre no solo me coge como dios, me hace sentir reina, deseada, viva
, pensé, mientras aceleraba, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave, dejando marcas que mañana dolerían rico bajo la blusa. Sudor everywhere, el colchón crujiendo, el ventilador zumbando indiferente. Intenté correrme dos veces más, pero él controlaba el ritmo, prolongando la agonía placentera. Para qué son las Bedoyecta Tri si no para noches como esta, se me cruzó en la cabeza, riéndome entre jadeos.

La intensidad escaló cuando me puso contra la pared, piernas alrededor de su cintura, follándome de pie. Sus brazos no temblaban; sostenía mi peso como pluma. El azulejo frío en mi espalda contrastaba con su calor frontal, sus embestidas profundas tocando fondo, haciendo que gritara su nombre. "¡Sí, Marco, así, no pares, cabrón!". Él respondía con gruñidos animales, su verga hinchándose más, anunciando lo cerca que estaba.

Finalmente, el clímax. Acto tres, la liberación. Me dejó en la cama de nuevo, misionero, mirándonos a los ojos. Te amo, pinche loco de las vitaminas, le dije sin palabras con la mirada. Aceleró, mis uñas en su culo inyectado, empujándolo más adentro. El orgasmo me golpeó como ola gigante: todo mi cuerpo convulsionó, paredes apretando su verga en espasmos, jugos chorreando. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su rugido en mi oído como trueno. Colapsamos juntos, pegajosos, jadeantes, el corazón latiéndonos a mil.

En el afterglow, yacíamos enredados, el olor a sexo y sudor nuestro perfume privado. Marco me acariciaba el pelo, besando mi frente. "¿Ya viste para qué son las Bedoyecta Tri, mi vida? Energía pura para hacerte feliz", susurró. Yo sonreí, exhausta pero satisfecha, mi cuerpo zumbando aún con réplicas.

Quién iba a decir que unas simples vitaminas cambiarían nuestras noches para siempre
. Afuera, la ciudad ronroneaba con cláxones lejanos, pero en nuestro mundo, solo existía esa paz post-orgásmica, el vínculo más fuerte que nunca.

Desde esa noche, las Bedoyecta Tri se convirtieron en nuestro secreto juguetón. No todos los días, claro, pero cuando el estrés aprieta, Marco se inyecta y me recuerda lo viva que me hace sentir. En México, donde la vida corre a mil, estos detalles hacen la diferencia. Y yo, Ana, no cambiaría estas pasiones por nada.

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