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Tríos de Antaño en Carne Viva

6425 palabras

Tríos de Antaño en Carne Viva

La noche en el bar de Coyoacán olía a mezcal ahumado y a jazmines marchitos del patio. Las luces tenues bailaban sobre las mesas de madera gastada, y del fondo, un viejo tocadiscos escupía tríos de antaño, esas rancheras románticas que te envuelven el alma como un rebozo caliente. Yo, Daniela, sentada en la barra con mi falda floreada ceñida a las caderas, sorbía mi tequila reposado mientras mis ojos se perdían en la multitud. Tenía treinta y tantos, el cuerpo todavía firme de tanto yoga en el parque, y una sed que no era solo de licor.

Entonces los vi entrar. Javier y Marco, dos tipos que parecían sacados de un disco de Los Panchos. Javier, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que dice "ven pa'cá, mamacita", y Marco, más compacto, con ojos verdes que te desnudan sin tocarte. Vestían guayaberas blancas, ajustadas al pecho, y olían a colonia barata mezclada con sudor fresco. Se sentaron cerca, pidieron chelas, y de pronto, el trío del tocadiscos cantaba "Quizás, quizás, quizás", y Javier me guiñó el ojo.

¿Qué carajos? Pienso. Hace rato que no me siento así, como si el aire se cargara de electricidad. Sus miradas me recorren las piernas, y siento un cosquilleo en el vientre.

—Órale, güerita, ¿vienes seguido por acá? —me dijo Javier, acercándose con una cerveza en la mano.

—A veces, cuando el alma pide tríos de antaño pa' recordar lo que duele bonito —respondí, ladeando la cabeza, juguetona.

Marco se rio, una carcajada ronca que vibró en mi piel. Hablamos de boleros, de amores pasados, de cómo esas voces de antaño te hacen querer comerte al mundo. El tequila fluía, las risas se volvían toques casuales: su mano en mi brazo, mi rodilla rozando la de Marco. El calor subía, el bar se llenaba de humo y susurros. Sentía mi blusa pegajosa contra los pechos, los pezones endureciéndose bajo la tela.

Acto uno, la chispa. Salimos al patio, bajo las estrellas titilantes. Javier me tomó de la cintura, bailamos pegados al ritmo de un trío imaginario. Su aliento olía a limón y cerveza, su erección presionando contra mi pubis. Marco nos rodeaba, sus dedos trazando mi espalda. Consentido todo, pensé, mi cuerpo gritando sí con cada roce.

—Vamos a mi depa, está cerca —propuso Marco, voz grave como un acordeón viejo—. Pa' seguir la fiesta con más tríos de antaño.

Asentí, el pulso acelerado, la concha ya húmeda palpitando.

El departamento de Marco era un nido chulo en la colonia, paredes pintadas de rojo mexicano, velas aromáticas a vainilla y un equipo de sonido que revivía a Los Tres Diamantes. Nos hundimos en el sofá de terciopelo gastado, yo en medio, flanqueada por ellos. Javier destapó otra chela, pero ya nadie bebía; las bocas buscaban otras cosas.

Marco me besó primero, lento, su lengua saboreando mis labios como si fueran tamarindo dulce. Olía a su piel salada, a deseo crudo. Javier observaba, mano en mi muslo, subiendo la falda hasta sentir el calor de mis bragas.

¡Qué rico! Dos hombres que saben lo que quieren, y yo en el centro, reina de la noche.

Me quitaron la blusa con manos expertas, exponiendo mis tetas llenas, pezones oscuros erguidos como botones de chile. Javier chupó uno, succionando con hambre, mientras Marco lamía el otro, dientes rozando suave. Gemí, el sonido ahogado por su beso. Sus manos bajaron, Javier metiendo dedos en mi calzón, encontrando el clítoris hinchado.

—Estás chingona mojada, Dani —murmuró, voz ronca.

Me recostaron, piernas abiertas. Marco se arrodilló, quitándome las bragas con los dientes, inhalando mi aroma almizclado. Su lengua entró en mí, lamiendo pliegues, sorbiendo jugos como si fuera el mejor pulque. Javier se desnudó, su verga gruesa saltando libre, venosa y tiesa. La tomé en la mano, piel caliente, pulsando. La masturbé lento, viéndola crecer, mientras Marco me comía viva, dos dedos adentro curvándose en mi punto G.

El sudor nos unía, el aire cargado de gemidos y el eco de tríos de antaño que Marco puso de fondo. "Piel canela", cantaban, y yo ardía. Tensiones internas:

¿Y si es demasiado? No, es perfecto, déjate llevar, pendeja.
Javier se posicionó, verga en mi boca. La chupé ansiosa, sabore salado, lengua rodeando el glande. Marco se levantó, su pito más largo, delgado, listo.

Escalada: yo encima de Marco, montándolo despacio. Su verga me llenaba, estirándome delicioso, paredes vaginales apretando. Javier detrás, lubricando mi culo con saliva y mis propios jugos. Entró gradual, centímetro a centímetro, el ardor convirtiéndose en placer doble. Los dos adentro, moviéndose alternos, fricción infernal. Sentía cada vena, cada pulso, el roce de sus huevos contra mí.

—¡Ay, cabrones, qué chido! —grité, uñas clavadas en hombros de Marco.

Sus manos everywhere: pellizcando tetas, azotando nalgas suave, lenguas en mi cuello. Olores mezclados: semen preeyaculatorio, mi excitación agria, su sudor masculino. Sonidos: chapoteos húmedos, piel contra piel, mis alaridos roncos. Ritmo acelerando, clímax construyéndose como tormenta en el desierto.

El pico llegó como volcán. Marco gruñó primero, corriéndose adentro, chorros calientes bañando mis entrañas. Eso me disparó, orgasmo rasgándome, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Javier siguió embistiendo, hasta vaciarse en mi culo, semen tibio llenándome. Colapsamos, enredados, pechos agitados, pieles pegajosas brillando bajo la luz de vela.

Después, el afterglow. Nos bañamos juntos en la regadera, agua caliente lavando fluidos, risas compartidas. Javier me enjabonó las tetas, Marco besó mi espalda. Salimos envueltos en toallas, pusimos más tríos de antaño, "Sabor a mí", y nos acurrucamos en la cama king size.

Esto fue más que sexo, fue revivir pasiones olvidadas, como esas canciones que te hacen llorar de gusto.

—Vuelvan cuando quieran, mis trinitarios —les dije, besándolos por turnos.

Se fueron al amanecer, promesas de repetición en el aire perfumado de café y deseo residual. Yo me quedé en la cama, cuerpo dolorido dulce, sonrisa permanente. Los tríos de antaño no eran solo música; eran la banda sonora de noches que te cambian la piel para siempre.

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