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Deseos Ardientes en la Piramide Trian

7122 palabras

Deseos Ardientes en la Piramide Trian

El sol de mediodía caía a plomo sobre las antiguas piedras de la Pirámide Trian, ese sitio arqueológico escondido en las afueras de Querétaro que pocos turistas conocían. El aire estaba cargado de un calor seco, como si la tierra misma exhalara siglos de secretos. Yo, Ana, había venido sola buscando un poco de aventura, con mi short jean ajustado y una blusa ligera que se pegaba a mi piel sudada. El olor a tierra caliente y ocote quemado me envolvía, mientras subía los escalones irregulares, sintiendo cada roce áspero bajo mis sandalias.

Arriba, en la cima, el viento jugaba con mi cabello, trayendo un susurro fresco que contrastaba con el bochorno. Ahí lo vi por primera vez: un moreno alto, con playera negra sin mangas que marcaba sus brazos fuertes y un short caqui que dejaba ver sus piernas musculosas. Se llamaba Marco, me dijo después, un guía local que conocía la pirámide trian como la palma de su mano. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando.

Órale, este carnal está bien bueno, pensé. ¿Y si me lanzo? Hace rato que no siento esta electricidad.

¿Primera vez aquí en la Pirámide Trian? me preguntó con esa voz grave, ronca como el viento entre las piedras.

—Simón, carnal. Pero ya me late el lugar. Todo este misterio me pone... inquieta —le contesté, mordiéndome el labio sin querer.

Charlamos un rato, él contándome leyendas de antiguos rituales de fertilidad que se hacían en esas cimas. El sol nos doraba la piel, y el sudor perlaba su cuello, goteando lento hacia su pecho. Yo no podía dejar de mirarlo, oliendo su aroma masculino mezclado con tierra y un toque de colonia barata que me volvía loca.

El grupo de turistas empezó a bajar, pero nosotros nos quedamos rezagados, como si el destino nos empujara. Su mano rozó la mía al señalar una grieta en la piedra, y ese toque fue como chispa en pólvora. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en los oídos.

Bajamos despacio, pero en vez de ir al estacionamiento, Marco me jaló hacia un sendero lateral, oculto por nopales altos y magueyes espinosos. El crujido de las hojas secas bajo nuestros pies era el único sonido, aparte de nuestras respiraciones agitadas.

Ven, te enseño un lugar chido donde nadie va —dijo, su aliento caliente en mi oreja.

Mi piel se erizó.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien este riesgo.
Lo seguí, el calor entre mis piernas creciendo con cada paso.

El sendero nos llevó a una pequeña plataforma natural, rodeada de ruinas semiderruidas, con vista a un valle verde donde el sol pintaba todo de oro. Ahí, solos, Marco se giró y me miró fijo.

—Ana, desde que te vi arriba, no puedo dejar de pensar en besarte —confesó, su voz temblando un poquito.

¿Y qué esperas, pendejo? —le respondí juguetona, tirándome a sus brazos.

Nuestros labios chocaron con hambre, su boca sabía a chicle de menta y sal del sudor. Sus manos grandes me agarraron la cintura, apretándome contra su cuerpo duro. Sentí su verga erecta presionando mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Gemí bajito, el sonido ahogado por su lengua que exploraba mi boca, chupando, mordiendo suave.

Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire libre. El viento las rozó, endureciendo mis pezones al instante. Marco bajó la cabeza y los lamió, succionando uno mientras pellizcaba el otro. ¡Qué rico, cabrón! El placer me recorrió como corriente eléctrica, haciendo que mis rodillas flaquearan.

Estás cañona, nena. Me traes al borde —murmuró contra mi piel, su aliento húmedo enviando ondas de calor a mi coño.

Yo le bajé el short, liberando su pito tieso, venoso, con la cabeza brillando de precum. Lo tomé en mi mano, sintiendo su pulso rápido, caliente como hierro forjado. Lo pajeé lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de puro gustito.

Nos tendimos sobre una manta que él sacó de su mochila —el carnal venía preparado, el muy listo—. El suelo de tierra estaba tibio, suave bajo la tela, y el olor a hierba machacada y nuestro sudor se mezclaba en un perfume embriagador.

Marco me besó el cuello, bajando por mi pecho, lamiendo mi ombligo hasta llegar a mis shorts. Me los quitó de un jalón, junto con las tangas, exponiendo mi panocha húmeda, hinchada de deseo. Su lengua la rozó primero, un lametón largo que me hizo arquear la espalda.

¡Madre santa, qué lengua tan chingona! Me va a matar de placer.

Me comió como hambriento, chupando mi clítoris, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido chup chup de su boca, mezclado con mis gemidos ahogados —¡Ay, sí, así, no pares!—, llenaba el aire. Sentía mis jugos corriendo por sus dedos, el olor almizclado de mi excitación flotando pesado.

No aguanté más. Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su verga. La cabeza resbaló en mi entrada, untándose de mis mieles.

Fóllame ya, Marco. Te necesito adentro —supliqué, mi voz ronca.

Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Tan grueso, tan profundo. Empecé a cabalgarlo, mis caderas moviéndose en círculos, sus manos amasando mis nalgas. El slap slap de piel contra piel resonaba, acompañado del graznido lejano de cuervos y el viento susurrante.

Sudor nos cubría, goteando de su pecho al mío. Aceleré, mis tetas botando, él gruñendo como animal. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos. La tensión crecía, un nudo apretado en mi vientre, listo para estallar.

Vente conmigo, Ana. Dame todo —jadeó, embistiéndome desde abajo con fuerza.

El orgasmo me golpeó como ola gigante. Grité, mi coño contrayéndose alrededor de su pito, ordeñándolo. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío. El placer nos dejó jadeantes, pegados, con el corazón tronando al unísono.

Nos quedamos así un rato, el sol bajando tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El aire se enfriaba, trayendo olor a jazmín silvestre.

Esto fue lo más chido que me ha pasado en la Pirámide Trian —dijo él, besándome la frente.

Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si las antiguas piedras nos hubieran bendecido.

Quién iba a decir que un viaje solitario acabaría así. La pirámide trian me regaló más que historia: me dio vida, pasión pura.

Nos vestimos lento, robándonos besos robados. Bajamos de la mano, el valle extendiéndose ante nosotros como promesa de más aventuras. El eco de nuestros gemidos parecía susurrar en el viento, un secreto compartido con las ruinas eternas.

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