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Intento Traducir Tu Pasión

6110 palabras

Intento Traducir Tu Pasión

Estaba en ese cafecito chido de la Roma, con el aroma a café de olla flotando en el aire y el ruido de la gente platicando bajito. Yo, Karla, maestra de español para gringos con ganas de aprender, me senté frente a él, Alex, un morro alto de ojos verdes que acababa de llegar de Estados Unidos. Neta, qué guapo, pensé mientras veía cómo mordía su labio, nervioso. Quería practicar, dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Me miró fijo y soltó: "I try traducción", con esa pronunciación gringa tan tierna, intentando decir que esforzaba por traducir las frases que le mandaba por WhatsApp.

Empecé la clase improvisada. Le pedí que repitiera: "Me late tu sonrisa". Él lo intentó, torpe, pero con una voz ronca que me erizó la piel. "Me... late... tu... sonrisa", balbuceó, y su mano rozó la mía al pasar el teléfono. Sentí un calor subiendo por mi brazo, como si su toque fuera electricidad. El café estaba tibio en mi lengua, dulce con piloncillo, y el sol de la tarde se colaba por las ventanas, pintando su piel morena de oro.

¿Y si este wey no quiere solo aprender español? ¿Y si quiere aprender me?
me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

La plática fluyó, entre risas y errores. Me contó que leía poesía erótica mexicana para practicar, pero se atorado en palabras como "ansía" y "jadeo". "I try traducción de eso", insistió, rojo como tomate, y yo no pude evitar imaginarlo traduciendo mis propios gemidos. Le enseñé "Te deseo con toda mi alma", y él lo repitió cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a menta y algo más salvaje. Mi corazón latía fuerte, tan-tan-tan, y crucé las piernas para calmar la humedad que empezaba a traicionarme. Terminamos el café, pero la clase no quería acabar. "Vámonos a mi depa, allá practicas más", le propuse, juguetona. Él asintió, ojos brillantes: "Sí, I try".

En el Uber, su muslo presionaba el mío, duro y firme bajo el jean. El tráfico de la Ciudad de México zumbaba afuera, cláxones y reggaetón lejano, pero adentro solo existía el roce de su piel contra la mía. Llegamos a mi departamento en la Condesa, luminoso con plantas y velas de vainilla que encendí de inmediato. El aire se llenó de ese olor dulce, mezclado con el sudor ligero de la caminata. "Siéntate", le dije, y saqué un libro de cuentos eróticos mexicanos. Le leí en voz alta: "Su lengua exploraba mis pliegues húmedos, saboreando mi néctar". Él tragó saliva, visiblemente excitado, la verga marcándose en sus pantalones.

"I try traducción", murmuró, y tomó el libro. Intentó leer: "Lengua... pliegues... néctar". Su voz temblaba, pero sus ojos me devoraban. Me acerqué, sentándome en sus piernas, sintiendo su dureza presionando mi entrepierna. "Así se traduce", susurré, besándolo. Sus labios eran suaves al principio, luego urgentes, saboreando a café y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con torpeza ansiosa. Mi piel se erizó bajo sus dedos, ásperos de tanto trabajar, contrastando con la suavidad de mi sostén de encaje.

Lo empujé al sofá, quitándole la camisa. Su pecho era firme, con vello oscuro que olía a jabón y hombre. Lamí su cuello, salado, mientras él gemía "Qué rico", ya aprendiendo. "I try... tu cuerpo", dijo, riendo nervioso, y sus manos bajaron a mi falda, subiéndola despacio. Sentí el aire fresco en mis muslos, y su palma rozando mi tanga húmeda. Pinche wey, me tiene empapada, pensé, arqueándome contra él. Le quité los pantalones, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé, suave y caliente en mi mano, y él jadeó, "¡Dios!".

Nos movimos al cuarto, la cama king size esperando con sábanas de algodón fresco. El ventilador zumbaba suave, revolviendo el aroma a sexo incipiente. Me tendí, abriendo las piernas, y él se arrodilló entre ellas. "Traduce esto", le dije, guiando su cabeza. Su lengua tocó mi clítoris, tímida al inicio, luego hambrienta. Lame, chupa, gira, olas de placer subiendo por mi espina. Saboreaba mi jugo, salado y dulce, gimiendo contra mi panocha. "¡Así, wey! ¡Qué chingón!", grité, mis uñas en su pelo, tirando suave. El sonido era obsceno: chup-chup, mis jugos mojando su barbilla, mi respiración agitada mezclada con sus gruñidos.

Lo subí, montándolo. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Qué madre, qué prieta la tiene!. Cabalgaba, mis tetas rebotando, él las atrapaba, chupando pezones duros como piedras. Sudor perlando su frente, oliendo a almizcle puro. "I try... más rápido", pidió, y aceleré, el choque de pieles plap-plap-plap llenando la habitación. Sentía su pulso dentro de mí, latiendo con el mío, tensión creciendo como tormenta.

Me volteó, él arriba ahora, embistiéndome fuerte. Sus caderas chocaban las mías, profundo, tocando ese punto que me volvía loca. "Córrete conmigo, Alex", le rogué, piernas enredadas en su cintura. Sus ojos clavados en los míos, traduciendo mi alma. El clímax llegó como avalancha: mi coño apretándolo, espasmos, grito ahogado. Él se tensó, gruñendo "¡Karla!", llenándome caliente, chorros que sentía palpitar. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas, el olor a semen y sudor envolviéndonos como niebla.

Después, acostados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Ya tradujiste bien", bromeé, acariciando su pelo húmedo. Él rio, besando mi piel. "I try... siempre contigo". El sol se ponía, tiñendo la habitación de rosa, y supe que esto era solo el principio. Mañana más clases, más traducciones en la piel, más de este fuego que apenas encendíamos. Neta, este gringo me conquistó con sus intentos torpes.

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