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Trio Pasional con la Vecina

6131 palabras

Trio Pasional con la Vecina

Era una tarde calurosa en el barrio, de esas que te pegan el short al culo con el sudor. Vivía en un departamentito chido en la colonia Roma, con mi carnala Laura, mi novia de tres años. Ella era una morra de esas que te vuelven loco: curvas perfectas, tetas firmes y un culo que no acababa. Yo, un pendejo de veintiocho, trabajaba en una agencia de publicidad, pero ese día andábamos de flojera total.

De repente, oímos risas y música ranchera del otro lado de la pared. Nuestra vecina, Karla, la de los ojos verdes y el cuerpo de infarto. La habíamos visto mil veces: leggings ajustados que marcaban su panocha, blusas escotadas que dejaban ver el borde de sus chichis. Neta, era una diosa. Laura y yo nos mirábamos de reojo cada vez que pasaba, y en la cama, de vez en cuando soltábamos un "trio con vecina" como fantasía sucia.

¿Y si un día la invitamos de verdad? —me dijo Laura esa noche, mientras me chupaba la verga despacito, con los ojos brillando de picardía.

Me quedé tieso, el corazón latiéndome como tambor. Órale, pensé, esto va en serio. Al día siguiente, la pillamos en el pasillo regando sus macetas. Llevaba un vestidito corto que se le subía con el viento, dejando ver sus muslos bronceados. Olía a vainilla y a algo más, como a deseo fresco.

Qué onda, Karla, ¿todo bien? —le lancé, con Laura a mi lado, sonriendo como gata en celo.

Simón, carnales, nomás sudando con este calor del demonio —rió ella, pasando la lengua por sus labios carnosos.

Ahí empezó la tensión. Invitamos unas chelas, y Karla aceptó sin pensarlo dos veces. Entró a la casa meneando las caderas, su perfume invadiendo el aire como una droga. Nos sentamos en el sofá, las piernas rozándose "sin querer". Laura le sirvió un trago, y yo vi cómo sus miradas se cruzaban, cargadas de electricidad.

La plática fluyó: chismes del barrio, trabajos de mierda, y de pronto, Laura soltó la bomba.

—Oye, Karla, neta que eres bien rica. A veces fantaseamos contigo, ¿sabes? Un trio con vecina así de caliente.

Karla se sonrojó, pero no se achicó. Se acercó más, su mano rozando mi muslo.

¿Ah sí? ¿Y qué harían conmigo, pendejos?

El aire se espesó, olía a sudor mezclado con sus esencias. Mi verga ya estaba dura como piedra bajo los jeans. Laura se inclinó y le dio un beso suave en la boca, probando sus labios jugosos. Karla gimió bajito, un sonido que me erizó la piel.

Acto uno cerrado: las tres bocas se unieron en un beso torpe al principio, lenguas danzando, salivas mezclándose con sabor a tequila y miel. Manos explorando: yo palpé el culo de Karla, firme y redondo como melón maduro; Laura metió la mano bajo su vestido, encontrando bragas húmedas.

Pasamos al cuarto, la luz tenue del atardecer pintando sus cuerpos dorados. Karla se quitó el vestido despacio, revelando tetas perfectas con pezones rosados endurecidos. Chin, qué vista. Laura y yo nos desvestimos rápido, mi verga saltando libre, palpitante.

Esto es real, wey. La vecina que tanto mecebo ahora está aquí, gimiendo mi nombre.

Empezamos suave. Laura besaba el cuello de Karla, lamiendo su piel salada, mientras yo chupaba sus tetas, mordisqueando los pezones hasta que jadeaba. El olor a panocha mojada llenaba la habitación, un aroma almizclado y dulce que me volvía loco. Karla agarró mi verga, masturbándola con mano experta, el tacto cálido y resbaloso de su palma.

Cógeme, Alejandro —susurró, con voz ronca.

La puse en cuatro, su culo alzado como ofrenda. Laura se acostó debajo, lamiendo su clítoris mientras yo la penetraba de a poquito. Sentí su calor apretado envolviéndome, paredes pulsantes succionándome. Qué rico, cada embestida hacía que su carne temblara, sonidos chapoteantes mezclados con gemidos ahogados.

Laura no se quedaba atrás: metió dos dedos en su propia panocha, masturbándose al ritmo, sus jugos chorreando por las sábanas. Cambiamos posiciones; Karla se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mi lengua. Saboreé su néctar salado-dulce, lamiendo el botón hinchado hasta que convulsionaba. Laura montó mi verga, rebotando con tetas saltando, el slap-slap de piel contra piel resonando.

La tensión subía como volcán. Sudor perlando sus cuerpos, brillando bajo la luz. Oí sus respiraciones jadeantes, olí el sexo crudo: verga sudada, panochas chorreantes. Karla se corrió primero, un grito gutural, su cuerpo temblando sobre mi boca, inundándome de squirt tibio.

¡No mames! La vecina se está viniendo en mi cara, y Laura me aprieta la verga como nunca.

Escalamos más. Yo la cogí a Karla por atrás mientras ella le comía el coño a Laura. Sentí sus paredes contrayéndose, ordeñándome. Laura gritaba "¡Más duro, cabrón!", sus uñas clavándose en mis nalgas. El cuarto apestaba a placer animal, pieles resbalosas chocando.

El clímax llegó en cadena. Laura se vino apretándome la verga, chorros calientes mojando mis bolas. Karla giró, mamándome la punta mientras yo explotaba: semen espeso saliendo a chorros en su garganta, ella tragando con deleite, labios brillando. Yo rugí, el mundo blanco por segundos, pulsos en las sienes, músculos ardiendo.

Caímos enredados, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El afterglow fue puro paraíso: caricias suaves, besos perezosos. Karla se acurrucó entre nosotros, su piel aún caliente contra la mía.

Qué chingón estuvo ese trio con vecina —rió Laura, trazando círculos en mi pecho.

Neta, carnales. ¿Repetimos? —preguntó Karla, con ojos pícaros.

Nos miramos, sonriendo. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Ahí, en ese momento, supe que nuestra vida acababa de subir de nivel. Deseo satisfecho, pero con promesa de más. El corazón latiendo calmado, pieles entrelazadas, el aroma del sexo lingering en el aire como un secreto compartido.

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