La Preeclampsia Triada de Mi Deseo Insaciable
Estaba en nuestro departamento en Polanco, con la panza de ocho meses pareciendo un globo a punto de reventar. El sol de la tarde se colaba por las cortinas de lino, calentando mi piel que se sentía tirante como tambor. Me miré en el espejo del baño, mis pies hinchados como tamales de elote, las manos regordetas y la cara un poquito amarrenada. Órale, Ana, ¿qué pedo con tu cuerpo? pensé, mientras me tocaba la barriga, sintiendo al bebé patotear adentro como si estuviera en una fiesta rave.
Fui al doctor esa mañana porque la cabeza me latía como martillo neumático y la presión andaba por las nubes. "Es la preeclampsia triada, Ana: hipertensión, edema y proteinuria", me dijo el galeno con cara de póker, mientras revisaba mis análisis. Neta, me quedé fría. La preeclampsia triada, esa madre que asusta a cualquier embarazada. Pero el doc calmó las aguas: "Descansa, come sano, y con los chequeos semanales, todo chido. Nada de pendejadas, ¿eh?". Regresé a casa con una receta de aspirina y el corazón en la mano, pero también con un calorcillo entre las piernas que no se me quitaba.
Luis llegó del trabajo, mi jefazo de treinta y cinco, con su camisa ajustada marcando los pectorales y ese olor a colonia Barbasol que me pone loca. "¡Mamacita! ¿Cómo amaneció mi reina?", gritó desde la puerta, cargando bolsas del súper con aguacates y nopales frescos. Le conté lo de la preeclampsia triada mientras cenábamos unos tacos de arrachera que preparé rapidito. Él me miró serio, pero sus ojos cafés brillaban con esa ternura cabrona que me derrite.
¿Y si el bebé sale con broncas? ¿Y si me pasa algo a mí? Pero carajo, Luis me ve como si fuera la diosa del Olimpo preñada.
"No te agüites, mi amor. Vamos a cuidarte como cristal", murmuró, acercándose por detrás en la cocina. Sus manos grandes, callosas de tanto gym, se posaron en mi cintura hinchada. Sentí su aliento caliente en mi nuca, oliendo a menta del chicle. Mi piel se erizó, pese al edema que me tenía como globo. La tensión subía, pero no solo la presión arterial.
Nos fuimos al sillón de la sala, con la tele de fondo pasando una novela bien pendeja. Me recargué en su pecho, escuchando su corazón galopando fuerte contra mi oreja. "Déjame masajearte los pies, preciosa", dijo, arrodillándose como caballero andante. Sus dedos fuertes amasaron mis plantas hinchadas, el dolor se mezclaba con placer punzante. Gemí bajito, "¡Ay, cabrón, qué rico!". El roce subía chispas por mis piernas, directo al centro donde ya sentía humedad traicionera mojar mi calzón de algodón.
La noche avanzaba, las luces de la ciudad parpadeaban afuera como estrellas chuecas. Luis levantó la vista, sus labios carnosos entreabiertos. "Estás preciosa así, Ana. Tu cuerpo gritando vida". Me jaló suave hacia él, besándome el cuello con besos húmedos que sabían a sal y deseo. Nuestras lenguas bailaron, torpes al principio por mi panza en medio, pero qué chido. Olía su sudor limpio mezclado con mi loción de lavanda, y el aroma de mi propia excitación subía como niebla caliente.
No mames, con la preeclampsia triada debería estar en cama, pero este pinche calor me quema viva.
Sus manos subieron por mis muslos gruesos, palpando la piel suave pese a la hinchazón. Me quité la blusa floja, dejando libres mis tetas enormes, pezones oscuros y tiesos como balines. "¡Míralas, Luis! Parezco vaca lechera", reí nerviosa. Él chupó uno, succionando suave, y sentí calostro tibio brotar, dulce en su lengua. "Neta, las tetas de mi vida", gruñó, lamiendo con devoción. El placer era eléctrico, rayos bajando a mi clítoris hinchado que palpitaba como mi presión alta.
Me recostó en el sillón, quitándome el pantalón de maternidad. Mi panocha depilada brillaba mojada, labios mayores puffados por el embarazo. "Estás chorreando, mi reina", susurró, oliendo mi esencia almizclada. Metió la cara, lengua plana lamiendo despacio desde el ano hasta el botón. Grité, "¡Sí, pendejo, así!". El sonido de su chapoteo era obsceno, mis jugos chasqueando contra su boca. Sentía cada lamida como ola, mi vientre contrayéndose leve, el bebé quietito como si supiera.
La tensión crecía, mi respiración jadeante, pulso retumbando en oídos. Luis se desabrochó el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa, goteando precum transparente. "Te quiero adentro, amor. Pero suave, ¿va?", pedí, guiándolo. Se posicionó de lado, cucharita perfecta para mi panza. La cabeza roma empujó mis labios, resbalando fácil por mi lubricación. Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Qué prieta estás, carajo!", jadeó, su voz ronca vibrando en mi espalda.
Empezamos lento, sus caderas chocando suaves contra mi culo redondo. Cada embestida rozaba mi punto G, fuego líquido subiendo. Olía nuestro sexo mezclado, sudor perlando su frente cayendo en mi hombro salado. Mis uñas clavadas en su muslo, "¡Más fuerte, Luis, no rompo!". Aceleró, el slap-slap de pieles resonando, mi panza bamboleando. Internamente, la preeclampsia triada era un eco lejano; ahora solo existía esta unión primal, su verga pulsando dentro, mis paredes apretándolo como puño.
Esto es vida, pese a la triada de mierda. Mi cuerpo grita placer, no dolor.
El clímax se arrimaba como tormenta. Sentí contracciones placenteras, no Braxton Hicks, sino puro éxtasis. "¡Me vengo, cabrón!", aullé, mi concha convulsionando, chorros calientes empapando sus bolas. Él gruñó animal, "¡Ana, mi amor!", y se vació dentro, semen caliente inundándome, mezclándose con mis jugos. Colapsamos jadeantes, su verga ablandándose aún adentro, latidos sincronizados.
Después, en la cama king size con sábanas de hilo egipcio, me acurruqué en su brazos. El aire olía a sexo y paz, mi piel pegajosa reluciente bajo la luna. "Gracias por no tratarme como inválida", susurré, besando su pecho velludo. "Eres mi todo, Ana. La preeclampsia triada no nos para. Vamos a ser papás cabrones". Reí bajito, sintiendo al bebé moverse feliz. El miedo se disipó como humo, dejando solo amor ardiente y promesas.
Al día siguiente, el doc confirmó que la presión bajó un pelín. Caminamos por Reforma tomados de la mano, planeando el cuarto del chamaco. La preeclampsia triada era solo un capítulo jodido en nuestra historia de pasión infinita.