La Pasión de Lars von Trier Hitler
Estás en una fiesta chida en la colonia Roma, México City, rodeado de hipsters con chelas en la mano y pantallas proyectando trailers de cine independiente. La luz tenue de las luces LED parpadea sobre las caras, y el olor a tabaco y perfume caro flota en el aire. Te conocen como Lars von Trier Hitler, un apodo que te pusieron después de ese corto tuyo que armó pedo en el festival de Guanajuato. Hiciste una comparación bien provocadora entre tu lucha artística y la de un dictador histórico, neta, solo para joder y cuestionar todo, al puro estilo von Trier. La gente se rio, otros se ofendieron, pero a ti te valió. Eres un wey de treinta, alto, con barba desaliñada y ojos que queman cuando miras fijo.
Ahí la ves. Se llama Ana, morena de curvas que matan, con un vestido negro ajustado que deja ver el nacimiento de sus chichis perfectas. Tiene veintiocho, trabaja en producción de cine, y sus labios rojos brillan bajo la luz. Te clava la mirada desde el otro lado del cuarto, mientras platica con unas amigas.
¿Será él? El tal Lars von Trier Hitler. Dicen que es un cabrón intenso en la cama, como sus películas, piensas que anda rumiando ella. Se acerca con una chela en la mano, su cadera meneándose suave, y el aroma de su perfume, algo floral con toque de vainilla, te pega directo en la nariz.
—Oye, ¿tú eres el famoso Lars von Trier Hitler? —te suelta con una sonrisa pícara, su voz ronca como si ya traiga ganas.
Te ríes, sientes el pulso acelerarse un poco. —El mismo, güerita. Pero no muerdo... a menos que me lo pidas.
Charlan de Antichrist, de Ninfómana, de cómo Lars von Trier siempre cruza la línea, como tú con tu corto. Ella se acerca más, su brazo roza el tuyo, y sientes el calor de su piel a través de la tela. El ruido de la fiesta se apaga, solo oyes su risa, baja y sexy, y el latido de tu corazón retumbando en los oídos. Hay tensión, esa chispa que dice esto va pa'l culo. Le cuentas del escándalo, cómo te compararon con el Hitler del cine provocador, y ella se muerde el labio.
Neta, este wey me prende. Es como si el cine se volviera carne.
Una hora después, ya están en tu depa en la Condesa, un loft chido con posters de Kubrick y von Trier en las paredes. La puerta se cierra con un clic que suena a promesa. Ella te empuja contra la pared, sus manos en tu pecho, y te besa con hambre. Sus labios saben a tequila y menta, su lengua busca la tuya con urgencia. Sientes sus chichis presionados contra ti, firmes y calientes, mientras tus manos bajan a su culo redondo, apretándolo bajo el vestido. —Eres un pendejo provocador, Lars von Trier Hitler —susurra contra tu boca, riendo bajito.
La cargas hasta el sillón, el aire huele a su excitación, ese olor almizclado que te pone la verga dura como piedra. Le quitas el vestido despacio, revelando su piel morena suave como terciopelo, sus pezones oscuros ya tiesos. Ella gime cuando besas su cuello, lames el sudor salado que perla ahí, y tus dedos bajan por su panza plana hasta su concha depilada, ya mojada, resbalosa.
Chingado, qué rico se siente su toque. Quiere más, todo. Le metes un dedo, luego dos, moviéndolos lento mientras ella arquea la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros. El sonido de su respiración agitada llena la habitación, mezclado con el chapoteo húmedo de sus jugos.
—¡Órale, cabrón! No pares —jadea, sus ojos brillando con puro fuego.
Te paras, te quitas la playera, y ella te desabrocha el pantalón, liberando tu verga gruesa, venosa, palpitante. La mira con hambre, la acaricia con la mano suave, luego la mete en su boca caliente. Sientes la succión, su lengua girando alrededor del glande, saboreando el pre-semen salado. Qué chingón, piensas, agarrándole el pelo suave mientras ella mama con ganas, los labios estirados, saliva chorreando. El cuarto se calienta, sudan, el olor a sexo crudo invade todo.
La subes a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que rozan su piel sensible. La pones a cuatro patas, su culo en pompa perfecto, y le das nalgadas suaves que dejan marcas rojas leves. Ella gime fuerte, ¡Más, Lars von Trier Hitler, hazme tuya!. Entras despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada te envuelve como guante caliente, húmedo. Empiezas a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena de tu verga rozar sus paredes internas. Ella empuja hacia atrás, queriendo más profundo, sus gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Chíngame duro, wey!.
La volteas, piernas abiertas, y te hundes de nuevo, viendo cómo sus chichis rebotan con cada estocada. Sudor gotea de tu frente a su pecho, lo lame ella, salado y caliente. Tus bolas chocan contra su culo, plaf plaf, ritmo acelerando. Sientes la tensión crecer, sus músculos internos apretándote, ordeñándote.
Ya mero, no aguanto. Este tipo es un animal. Le frotas el clítoris hinchado con el pulgar, y ella explota primero, convulsionando, gritando ¡Me vengo, cabrón!, chorros de jugo empapando las sábanas. Su orgasmo te lleva al borde, y te corres adentro, chorros calientes llenándola, pulsos interminables mientras ella aprieta, exprimiéndote todo.
Caen exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire huele a semen y concha satisfecha, sus pechos suben y bajan contra tu pecho. La besas suave, ella suspira. —Neta, Lars von Trier Hitler, fuiste épico. Como una película que no olvidas.
Se quedan así, platicando bajito de cine, de pasiones ocultas, hasta que el sueño los vence. Al día siguiente, café en la cama, ella te mira con ojos brillantes.
Esto no fue solo un polvo. Fue arte vivo. Sabes que volverán, esa conexión provocadora, como von Trier en su mejor momento, lista para más escándalos placenteros.