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Intentando No Amarte

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Intentando No Amarte

La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la Zona Rosa filtrándose por las ventanas del rooftop bar. El aire olía a tequila reposado y jazmín fresco de los maceteros, mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaba como niebla sensual. Yo, Valeria, estaba ahí con mis cuates, tratando de olvidarme de él. Alejandro, el pendejo que me había volteado la vida patas arriba hace unos meses. Lo nuestro había sido puro fuego carnal, noches de sudores y gemidos en su depa de la Roma, pero juré que no caería en esa trampa del amor. Neta, intentando no amarte, me repetía como mantra mientras sorbía mi margarita helada, el limón picándome la lengua.

De repente, su risa grave cortó el aire, como un trueno bajo que me erizó la piel. Ahí estaba, con su camisa negra ajustada marcando los músculos del pecho que yo conocía de memoria, platicando con un grupo de morras. Nuestras miradas chocaron, y sentí ese tirón en el estómago, el calor subiendo por mis muslos. Órale, no mames, pensé, apartando la vista. Pero él ya venía, con esa sonrisa chueca que me desarmaba.

¿Qué onda, Vale? ¿Ya te olvidaste de mí? —dijo, su voz ronca rozándome el oído mientras se acercaba demasiado, su colonia amaderada invadiendo mi espacio.

Pues sí, carnal. Ando en otra —mentí, aunque mi pulso se aceleraba como tambor de cumbia. Hablamos de pendejadas: el tráfico infernal de Insurgentes, el pinche calor que no dejaba ni dormir. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía, como el zumbido de las luces neón reflejadas en sus ojos cafés oscuros. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme la cerveza, y juro que sentí chispas, el roce áspero de su piel contra la mía suave, enviando ondas hasta mi centro.

El bar se llenó más, la música reggaetón retumbando en el pecho de todos. Bailamos sin querer, sus caderas pegándose a las mías en la pista improvisada. Su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y deseo. Intentando no amarte, me dije, pero mi cuerpo traicionero se arqueaba hacia él, mis pechos rozando su torso firme. Sus manos en mi cintura, apretando justo donde sabía que me volvía loca.

Vámonos de aquí —murmuró al fin, su labio inferior rozando mi oreja. No dije que no. Tomamos un Uber hasta su depa en la Condesa, el trayecto eterno con sus dedos trazando círculos en mi muslo desnudo bajo la falda corta. El corazón me latía desbocado, el aroma de su piel mezclándose con el mío, ya húmedo de anticipación.

No te enamores, Valeria. Es solo sexo. Solo eso. Trying not to love you, como esa rola gringa que no me sale de la cabeza.

Al entrar, la puerta se cerró con un clic que sonó a rendición. Su boca cayó sobre la mía como hambre pura, labios carnosos devorándome, lengua invadiendo con sabor a tequila y urgencia. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Lo empujé hacia el sofá de piel negra, el aire cargado de nuestro jadeo y el leve crujido del cuero bajo nuestros cuerpos.

Te extrañé, pinche mujer —gruñó, mientras sus manos subían por mis muslos, abriéndolos con firmeza consentida. Yo lo desabotoné la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo, el sabor almizclado que me hacía salivar. Sus pezones duros bajo mi lengua, su gemido ronco vibrando en mi boca. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras él me quitaba la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco de la habitación, iluminada solo por la luna filtrándose por las cortinas sheer.

Me recostó en el sofá, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta que arqueé la espalda. Sus dedos hábiles bajaron mi tanga, rozando mi clítoris hinchado, enviando descargas eléctricas por mi espina. Olía a mi propia excitación, dulce y pegajosa, mezclada con su masculinidad terrosa. —Estás empapada, Vale. Por mí —dijo con voz triunfante, y yo solo asentí, perdida en el placer.

Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la rigidez, el pre-semen lubricando mi palma. La chupé despacio, saboreando la sal de su punta, mi lengua girando alrededor mientras él enredaba los dedos en mi pelo, gimiendo mi nombre. Intentando no amarte, pero cada lamida me hundía más, el sonido húmedo de mi boca llenando la sala, su pulso acelerado contra mi lengua.

Me levantó como si no pesara, cargándome al cuarto. La cama king size nos recibió, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Se colocó entre mis piernas, frotando su punta contra mis labios húmedos, teasing infinito. —Dime que lo quieres —exigió, ojos clavados en los míos.

Sí, cabrón. Cógeme ya —rogué, y entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento perfecto, sus caderas chocando contra las mías en ritmo creciente. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, mezclándose. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo clavaba uñas en su culo firme, urgiéndolo más profundo.

La tensión subía como volcán, mis paredes apretándolo, su verga golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemidos entrecortados, besos salvajes, el olor a sexo impregnando todo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis caderas girando, tetas rebotando. Él las chupaba, mordía, mientras sus manos guiaban mi ritmo. Neta, esto es demasiado bueno. Pero no lo ames, no lo ames.

Volteado en perrito, él detrás, jalándome el pelo con permiso implícito en mi "más", embistiéndome duro. El espejo del clóset reflejaba nuestra unión obscena: mi cara de éxtasis, su expresión de macho poseído. El clímax me golpeó primero, olas de placer convulsionándome, gritando su nombre mientras me corría, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, gruñendo, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa contra piel. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Besó mi hombro, suave ahora.

¿Por qué luchamos tanto contra esto? —murmuró.

Yo callé, sintiendo su calor envolviéndome. Intentando no amarte, pero en ese afterglow, con su corazón latiendo contra mi espalda, supe que estaba perdiendo la batalla. Tal vez no era tan malo rendirse un poquito. La ciudad murmuraba afuera, indiferente, mientras nosotros flotábamos en esa burbuja íntima, saboreando el eco del placer.

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