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Tríos Enfermeras en Turno Nocturno

6847 palabras

Tríos Enfermeras en Turno Nocturno

La noche en el hospital se sentía eterna, wey. Yo andaba recostado en esa cama dura como piedra, con el brazo enyesado después de una caída chueca en la moto. No era nada grave, pero los doctores me tuvieron ahí por observación. El cuarto estaba en penumbras, solo la luz tenue del monitor pitando rítmicamente y el olor a desinfectante que te cala hasta los huesos. Neta, qué pinche aburrimiento, pensé, mientras el reloj marcaba las dos de la mañana.

De repente, la puerta se abrió con un chirrido suave. Entraron dos enfermeras, sus siluetas recortadas contra la luz del pasillo. La primera, morena de curvas generosas, con el uniforme blanco ajustado que marcaba sus chichis firmes y unas nalgas que pedían a gritos ser tocadas. Se llamaba Karla, según su placa. La otra, güerita de ojos verdes y labios carnosos, flaca pero con tetas que desafiaban la gravedad; Lupita, decía su nombre. Ambas traían el cabello recogido en coletas desordenadas, como si el turno las hubiera puesto cachondas de tanto estrés.

—Buenas noches, cariño —dijo Karla con voz ronca, acercándose a la cama. Su perfume floral invadió el cuarto, mezclándose con el antisepticida y algo más... un aroma sutil a mujer sudada después de horas de pie. Lupita sonrió pícara, revisando el suero con dedos ágiles.

¿Qué chingados pasa aquí? Estas morras no parecen las típicas enfermeras frías
, me dije, sintiendo un cosquilleo en la verga que ya se empezaba a despertar bajo la sábana.

Empezaron el chequeo rutinario: temperatura, presión. Pero Karla se inclinó más de la cuenta, su escote dejando ver el encaje negro de su bra. Sentí su aliento cálido en mi cuello mientras ajustaba el termómetro. —Estás un poquito caliente, ¿eh? —susurró, guiñándome el ojo. Lupita rio bajito, su mano rozando mi muslo "accidentalmente" al enderezar la sábana. El roce fue eléctrico, piel contra piel, suave como terciopelo.

La tensión crecía como bola de nieve. Hablamos un rato, de la pinche moto, del hospital que parece cárcel. Ellas contaban chistes sucios sobre doctores pendejos. Órale, estas weyas son puro fuego, pensé. Karla se sentó en la orilla de la cama, su muslo presionando el mío. Lupita apagó la luz principal, dejando solo la de emergencia, un resplandor rojizo que pintaba sus pieles como en película porno.

—¿Sabes qué? —dijo Lupita, mordiéndose el labio—. Aquí en el turno nocturno nos ponemos creativas pa curar. ¿Quieres que te demos un masaje especial?

Mi corazón latía como tambor. Asentí, la boca seca. Karla desabrochó los primeros botones de su uniforme, revelando más piel morena y brillante de sudor. El olor a su excitación empezó a filtrarse, almizclado y dulce, como miel caliente. Lupita hizo lo mismo, sus pezones rosados endureciéndose bajo la tela fina.

Acto dos, carnal. Sus manos expertas bajaron por mi pecho, quitándome la bata hospitalaria con lentitud tortuosa. Sentí uñas raspando mi piel, enviando chispas directo a mi entrepierna. Pinche paraíso, no puede ser real. Karla besó mi cuello, su lengua trazando círculos húmedos, sabor a menta y deseo. Lupita se trepó a la cama, straddling mis caderas, frotando su calor contra mi erección creciente a través de la tela.

—Relájate, guapo —murmuró Karla, mientras sus dedos bajaban a mi short, liberando mi verga tiesa como fierro. El aire fresco la rozó, pero pronto fue envuelta por la boca caliente de Lupita. Succión perfecta, wey, lengua girando alrededor del glande, saliva tibia chorreando. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes vacías.

Pero no era solo chupada. Karla se quitó el uniforme del todo, quedando en tanga roja que apenas cubría su coño depilado. Se posicionó sobre mi cara, bajando despacio. El olor era embriagador: jugos frescos, salados, con toques de su esencia femenina. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su néctar dulce-amargo mientras ella gemía ronca, «¡Ay, sí, así, cabrón!» Lupita montó mi polla, empapada y resbalosa, hundiéndose centímetro a centímetro. Su interior apretado, caliente como horno, me exprimía con cada vaivén.

El ritmo se aceleró. Sudor perlando sus cuerpos, gotas cayendo en mi piel, saladas al lamerlas. Sonidos de carne chocando, húmedos y obscenos: plap-plap-plap, mezclados con jadeos y «¡Más duro, pinche rico!». Internamente luchaba:

Esto es un sueño, wey, pero neta quiero que no acabe nunca
. Karla se corrió primero, temblando sobre mi boca, inundándome con su squirt tibio. Lupita apretó más, sus paredes pulsando, llevándome al borde.

Cambiaron posiciones como expertas en tríos enfermeras, esas que curan con el cuerpo. Karla ahora cabalgaba mi verga, sus nalgas rebotando contra mis muslos, mientras Lupita se recargaba en la pared, dedos en su coño observándonos. El cuarto olía a sexo puro: semen preeyaculatorio, coños mojados, perfume evaporado. Toqué sus tetas, amasándolas, pellizcando pezones duros como balines. Lupita se unió, besando a Karla con lengua profunda, saliva compartida goteando sobre mí.

La intensidad subía. Karla giraba caderas en círculos, su clítoris frotando mi pubis. Siento cada vena de mi verga expandiéndose dentro de ella. Lupita se arrodilló, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mis huevos y su amiga. El placer era abrumador, pulsos retumbando en oídos, visión nublada por el éxtasis.

Acto final, la liberación. No aguanté más. —¡Me vengo, morras! —gruñí. Karla aceleró, ordeñándome, mientras Lupita chupaba mi glande expuesto en cada salida. Explosión: chorros calientes llenando a Karla, desbordando por sus muslos. Ella gritó, orgasmo múltiple sacudiéndola. Lupita se masturbó furiosa, corriéndose con un aullido ahogado, jugos salpicando la sábana.

Colapsamos en un enredo sudoroso. Sus cuerpos pesados sobre el mío, pechos subiendo y bajando contra mi piel. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas. El olor a corrida fresca impregnaba todo, mezclado con sus esencias. Karla susurró: —Esto queda entre nosotros, pero si vuelves... turno nocturno otra vez.

Lupita rio bajito, limpiándonos con toallitas húmedas, frescas y olorosas a limón. Se vistieron despacio, uniformes arrugados pero satisfechas. Me guiñaron, saliendo como fantasmas. Yo quedé ahí, verga flácida brillando, corazón calmándose.

Pinche mejor medicina del mundo. Tríos enfermeras que te reviven de verdad
. El pitido del monitor parecía aplaudir. Cerré los ojos, saboreando el afterglow, piel hormigueando recuerdos. Mañana saldría, pero esa noche... fue eterna.

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