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Trio Ardiente con la Suegra

6358 palabras

Trio Ardiente con la Suegra

Era un sábado chido en la casa de la playa de Acapulco, con el sol pegando fuerte y el mar rompiendo olas suaves a lo lejos. Yo, Juan, acababa de llegar con mi carnala María, mi vieja de cinco años, y su jefa, doña Carmen, la suegra más pinche buena onda y culona que he visto en mi vida. Carmen tenía como cuarenta y tantos, pero se veía como de treinta, con esas curvas que te hacen babear: tetas grandes y firmes, caderas anchas y una sonrisa pícara que te calienta la sangre. María, mi morra, era igualita a ella, pero con un toque más juguetón, pelo negro largo y ojos que te clavan.

Estábamos en la terraza, tomando chelas frías y comiendo unos tacos de mariscos que olían a paraíso. El aire traía ese olor salado del océano mezclado con el perfume dulzón de Carmen, algo como jazmín y vainilla que me ponía la verga tiesa sin querer.

¿Qué pedo con esta vieja? Neta, siempre ha sido guapa, pero hoy se ve extra rica con ese bikini rojo que apenas le tapa los chichis.
María se reía de mis chistes pendejos, recargada en mi hombro, su piel morena y suave rozando la mía, mientras Carmen nos contaba anécdotas de su juventud, moviendo las manos y dejando que su escote se asomara jugoso.

La plática fluyó fácil, como siempre en familia. Pero de repente, María soltó una bomba: "Órale, wey, ¿y si jugamos algo para animar la tarde? Mi jefa y yo hemos platicado de fantasías locas". Carmen se sonrojó un poquito, pero sus ojos brillaban con picardía. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, el corazón latiéndome como tambor. No mames, pensé, ¿esto va para serio? La tensión se armó de a poco, con miradas que se cruzaban, roces "accidentales" cuando pasábamos las chelas. El sol bajaba, tiñendo todo de naranja, y el sudor nos perlaba la piel, haciendo que cada toque fuera eléctrico.

Entramos a la casa cuando el calor apretó más, el ventilador zumbando perezoso en el techo. María me jaló al sillón grande de la sala, con vista al mar, y se sentó en mis piernas, besándome el cuello con labios húmedos y calientes. "Mi amor, ¿qué te parece si compartimos un poquito hoy?", murmuró, su aliento dulce de tequila rozándome la oreja. Carmen se paró frente a nosotros, mordiéndose el labio, su bikini marcado por el sudor que delineaba cada curva.

La neta, mi verga ya estaba dura como piedra, palpitando contra el short. ¿Un trio con la suegra? Suena cabrón, pero qué chingón.

Doña Carmen se acercó despacio, sus pies descalzos pisando el piso fresco de loseta. Se arrodilló entre mis piernas, mirándome fijo con esos ojos cafés profundos. "Juanito, mi yerno, siempre tan guapo y fuerte", dijo con voz ronca, mientras María bajaba mi short, liberando mi verga gruesa y venosa que saltó al aire, oliendo a hombre caliente. El tacto de sus manos fue como fuego: María la acarició suave, con uñas pintadas rozando la piel sensible, y Carmen se lamió los labios, probando el aire cargado de nuestro deseo.

La cosa escaló rápido pero con calma, como buena fiesta mexicana. María se quitó el top, dejando libres sus tetas medianas y duras, pezones oscuros erectos. Yo las chupé con hambre, saboreando el salado de su piel sudada, mientras Carmen se desamarraba el bikini, revelando un coño depilado y jugoso que brillaba de humedad. Qué rica, pensé, inhalando su aroma almizclado, mezcla de mar y excitación pura. Ella se subió al sillón, sentándose en mi cara, su culo grande y firme aplastándome la boca. Lamí su clítoris hinchado, dulce y salado, mientras gemía bajito: "Ay, cabrón, qué buena lengua tienes".

María no se quedó atrás. Se montó en mi verga, bajando despacio, su concha apretada envolviéndome centímetro a centímetro, caliente y resbalosa. El sonido de su carne chocando contra la mía era obsceno, chapoteos húmedos que se mezclaban con los jadeos de Carmen. Yo las tocaba a las dos: una mano en las nalgas de mi vieja, apretando esa carne suave, la otra pellizcando los chichis pesados de la suegra, que se mecían con cada movimiento.

Esto es el paraíso, wey. Sentirlas a las dos, sudadas, oliendo a sexo, gimiendo mi nombre. No mames, qué afortunado pendejo soy.
La tensión crecía, sus cuerpos frotándose mutuamente ahora, María besando el cuello de su mamá mientras cabalgaba más fuerte, el sillón crujiendo bajo nosotros.

El clímax se armó como tormenta en el Pacífico. Cambiamos posiciones: yo de pie, con Carmen doblada en el sillón, su culo en pompa, coño abierto y chorreando. La penetré de un jalón, profundo, sintiendo sus paredes vaginales apretándome como guante. "¡Sí, yerno, chingame duro!", gritó, su voz ronca rompiendo el aire. María se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y el clítoris de su jefa. El olor era intenso: sudor, jugos, semen preeyaculatorio. Tocaba sus espaldas, sintiendo el calor irradiar, pulsos acelerados bajo la piel.

María se levantó y me besó, metiéndome la lengua con sabor a Carmen, mientras yo la cogía a ella ahora, alternando entre madre e hija. Sus gemidos se volvieron un coro: "¡Más, wey! ¡No pares!". Sentí el orgasmo subir, bolas tensas, verga hinchada al máximo. Carmen se vino primero, temblando, su concha contrayéndose en espasmos que me ordeñaban, chorros calientes mojando mis muslos. María la siguió, arañándome la espalda, su clítoris frotándose contra mi pubis hasta explotar en gritos ahogados.

Yo no aguanté más. Saqué la verga y las dos se arrodillaron, bocas abiertas, lenguas juguetona. Les pinté la cara y tetas con chorros espesos y calientes, semen blanco contrastando con su piel morena. Ellas se lamieron mutuamente, saboreando, riendo entre jadeos. El afterglow fue puro relax: cuerpos entrelazados en el sillón, piel pegajosa enfriándose con la brisa marina, olor a sexo flotando como niebla dulce.

Al final, recargados los tres, María susurró: "Eso fue un trio con la suegra de antología, ¿verdad?". Carmen asintió, acariciándome el pecho: "Repetimos cuando quieras, mi chulo".
El sol se metía, pintando la sala de morados, y yo sonreí, sintiendo esa paz chida post-sexo. Neta, la vida es un desmadre hermoso.

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