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Brian Top Marks Por No Intentarlo

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Brian Top Marks Por No Intentarlo

La noche en el rooftop de Condesa bullía con esa vibra pendeja que tanto me gustaba de la Ciudad de México. Luces neón parpadeando contra el cielo estrellado, el olor a tacos al pastor flotando desde la esquina y el sonido grave de cumbia rebajada retumbando en el pecho. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la oficina, y neta, necesitaba soltar el pelo. Tomé un trago de michelada, el limón picante despertando mis papilas, cuando lo vi. Brian. Wey alto, moreno, con esa sonrisa floja que no parecía forzada, platicando con unos cuates sin hacer el ridículo de ligar a lo pendejo.

Me quedé mirándolo un rato, el sudor leve en su cuello brillando bajo las luces, y sentí un cosquilleo en la panza. No era el típico galán sudado que se avienta de cabeza. No, Brian nomás estaba ahí, riendo con naturalidad, su camisa blanca pegada un poco al torso por el calor húmedo de la noche. Me acerqué con mi amiga Lu, que lo conocía de un gym en Polanco.

¿Por qué carajos me late este wey que ni me pela?

"Órale, Ana, te presento a Brian. Es gringo-mexicano, pero neta que se la rifa con el español", dijo Lu. Él volteó, ojos cafés intensos clavándose en los míos, y solo dijo: "Qué onda, Ana. ¿Ya probaste los esquites de abajo? Están de poca madre". Su voz ronca, con acento chilango light, me erizó la piel. Charlamos de pendejadas: el tráfico infernal de Insurgentes, la última de Bad Bunny, y él no intentaba impresionarme con cuentos de su curro en marketing o su depa en Roma. Solo fluía, como si no le importara un carajo conquistar a nadie.

El deseo empezó chiquito, como un calorcito en las nalgas cuando bailamos. Su mano rozó mi cintura al ritmo del bajo, piel contra piel a través de mi vestido negro ceñido. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace cerrar los ojos y ay wey. No me apretó como los desesperados; solo guió, dejando que yo me pegara a su pecho firme. Sentí su verga semi-dura contra mi muslo, pero él no la restregaba. Pura naturalidad.


La tensión creció cuando Lu se peló con unos vatos y nos quedamos solos en una esquina. "Neta, Brian, eres el único que no trata de ser el rey del mambo aquí", le solté, riendo. Él se encogió de hombros, su aliento cálido en mi oreja: "Pos es que no mames, Ana. Pa' qué forzar si fluye". Me besó entonces, labios suaves pero firmes, lengua explorando con calma, saboreando el tequila en mi boca. Mi coño se mojó al instante, un pulso caliente entre las piernas. Lo jalé hacia la salida, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego en mi piel.

Terminamos en su depa a dos cuadras, un lugar chido con ventanales al skyline de la Roma. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Adentro, olor a madera y café viejo, luces tenues. Me quitó el vestido despacio, dedos callosos rozando mis tetas, pezones endureciéndose al aire.

Este cabrón no apura nada, y por eso me tiene loca
. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo. Su verga saltó libre cuando le bajé los bóxers, gruesa, venosa, con un glande rosado que pedía mi boca.

Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la chupé lento. Él gimió bajito, "Órale, Ana, qué rico", mano en mi pelo sin jalar, solo acariciando. Sabía a piel limpia y deseo puro, mi lengua rodeando la cabeza, saliva goteando. Pero no se corrió; me levantó, me llevó a la cama king size con sábanas crujientes. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, el aliento caliente haciendo que mi clítoris palpitara. Lamidas expertas, su lengua plana lamiendo mi panocha empapada, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, "¡No mames, Brian, no pares!", caderas arqueándose contra su cara barbuda.

El build-up fue brutal. Me volteó boca abajo, nalgas en pompa, y sentí su verga rozando mi entrada, lubricada por mi propia excitación. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolorcito inicial se volvió placer puro, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas suaves. El sonido húmedo de piel contra piel, nuestros jadeos mezclándose con el tráfico lejano. Olía a sexo crudo, sudor y feromonas. Él no bombardeaba como loco; metía y sacaba rítmico, profundo, una mano en mi clítoris frotando círculos perfectos.


Mi mente era un desmadre:

Este wey me va a matar de puro no esforzarse. Cada embestida es precisa, como si supiera exactamente qué quiero sin pedírselo
. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas guiando sin dominar, tetas rebotando, pezones rozando su pecho. El orgasmo me pegó como ola en Acapulco: coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando, grito ahogado en su cuello. Él gruñó, "¡Ana, carajo!", y se corrió adentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Nos quedamos así, enredados, piel pegajosa enfriándose al aire del ventilador. Su corazón latía fuerte contra mi oreja, olor a semen y sudor envolviéndonos. Brian me besó la frente, riendo suave: "¿Ves? Ni intenté nada loco". Yo levanté la cabeza, mirándolo con ojos lagañosos de placer. "Brian top marks for not trying", le solté en inglés, medio en serio medio en broma, sabiendo que se lo merecía con todas las letras. Él soltó una carcajada, jalándome más cerca. "Pos gracias, morra. Tú tampoco te quedas atrás".

Nos dormimos con la ciudad zumbando afuera, mi cuerpo saciado por primera vez en meses. Al día siguiente, desayuno de chilaquiles con él en la cocina, riendo de la noche. No hubo promesas pendejas ni dramas; solo esa conexión chida que nace cuando no fuerzas nada. Neta, Brian se llevaba las mejores calificaciones por puro ser él mismo. Y yo, dispuesta a repetir la clase cuando fuera.

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