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Trío Abuelo Ardiente

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Trío Abuelo Ardiente

Yo era Ana, una morra de veintiocho pirulos, con curvas que volvían locos a los vatos y una vida en la Ciudad de México que ya me tenía harta de tanto estrés. Ese verano decidí irme a la casa de playa de mi abuelo Ramiro en Puerto Vallarta, un paraíso con arena blanca y mar turquesa. Mi abuelo, un cabrón de setenta y dos años pero con cuerpo de toro – musculoso de tanto nadar y trabajar en su rancho –, siempre había sido el galán de la familia. Viudo desde hace diez, sus ojos cafés todavía brillaban con picardía cuando me veía llegar.

Llegué con mi compa Sofía, una chava de veintisiete, tetazas naturales y un culo que parecía esculpido por los dioses. Nos conocimos en la uni y desde entonces éramos inseparables, compartiendo todo: ropa, chismes y hasta experiencias calientes. Le conté de mi abuelo, de cómo de chiquita lo veía como un héroe, pero ahora, adulta, notaba su hombría, esa verga gruesa que se marcaba en el traje de baño. "Órale, Ana, ¿tu abuelo está bueno pa' su edad? Vamos a ver si armamos algo", me dijo Sofía con esa risa pícara mientras íbamos en el camión.

Al llegar, el olor a sal marina y coco nos golpeó como una ola. Mi abuelo nos recibió con abrazos fuertes, su pecho ancho contra mis tetas, y un "¡Mis reinas! ¡Qué gusto verlas!" con esa voz grave que me erizaba la piel. Cenamos mariscos frescos, con tequila reposado que bajaba suave pero calentaba las tripas. Hablamos de todo: de la familia, de mis desmadres en la CDMX, y Sofía soltó: "Abuelo Ramiro, ¿todavía le gana a los jóvenes en la cama?" Él se carcajeó, pero sus ojos se clavaron en nosotras con hambre.

¿Qué chingados estoy pensando? Mi abuelo... pero joder, esa tensión en el aire se siente como electricidad. Sofía me guiña el ojo, y yo siento mi panocha humedecerse solo de imaginarlo.

La noche avanzó con música de mariachi en la terraza, luces tenues y el sonido de las olas rompiendo. Bailamos salsa, pegaditas las tres. Primero Sofía con él, su culo rozando la entrepierna del abuelo, que ya se ponía dura como piedra. Luego yo, sintiendo su verga contra mi vientre, sus manos grandes en mi cintura. "Eres igualita a tu abuela, pero más sabrosa", me susurró al oído, su aliento a tequila y hombre maduro. Mi corazón latía como tambor, el sudor perlando su cuello moreno.

Entramos a la casa, el aire cargado de deseo. Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujía bajo nuestro peso. Sofía, la más lanzada, se subió a las piernas del abuelo y lo besó. Él gruñó, metiendo la lengua con maestría. Yo observaba, tocándome por encima del short, el calor subiendo desde mi concha hasta las mejillas.

"Ven, mija", me dijo mi abuelo, extendiendo la mano. Me acerqué, y sus labios capturaron los míos. Sabían a sal y experiencia, su barba raspando mi piel suave. Sofía se unió, lamiendo mi cuello mientras el abuelo manoseaba mis tetas por la blusa. ¡Puta madre, esto es el trío abuelo que nunca imaginé!

Subimos a su recámara, una suite con cama king size, sábanas de algodón egipcio y vista al mar. La luna iluminaba todo con plata. Nos desvestimos despacio, como en ritual. Mi abuelo se quitó la camisa, revelando pecho peludo y abdominales marcados. Su verga saltó libre, gorda, venosa, con cabeza morada brillando de precum. "¡Mira qué pinga, Ana! Tu abuelo es un semental", exclamó Sofía, arrodillándose para chuparla.

Yo me tendí en la cama, el colchón hundiéndose suave. Sofía lamía la verga del abuelo con slurps húmedos, saliva cayendo por las bolas. Él gemía ronco: "¡Así, chiquita, trágatela toda!" Yo me quité el tanga, mi panocha depilada chorreando jugos que olían a miel y excitación. Metí dos dedos, masturbándome al ritmo de sus mamadas.

Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su verga es más grande que la de mi ex, y Sofía la mama como profesional. Quiero sentirla dentro, estirándome.

El abuelo se acercó a mí, olfateando mi aroma íntimo. "Hueles a hembra en celo, nieta". Bajó la cabeza y lamió mi clítoris, su lengua áspera como lija suave, chupando mis labios mayores. Grité de placer, arqueando la espalda. Sofía se sentó en mi cara, su concha rosada goteando en mi boca. La saboreé, salada y dulce, mientras mi lengua exploraba su ano fruncido.

Cambiaron posiciones. Yo cabalgaba la cara del abuelo, restregando mi chochito en su boca barbuda, mientras Sofía montaba su verga. El slap-slap de su culo contra las caderas del abuelo llenaba la habitación, mezclado con jadeos y el lejano rumor del mar. "¡Fóllame duro, abuelo! ¡Dame esa verga de macho!", gritaba Sofía, sus tetas rebotando hipnóticas.

El abuelo la embestía desde abajo, sus manos amasando mi culo. "¡Son unas putitas deliciosas!", gruñía, su voz vibrando en mi clítoris. Sentí el orgasmo venir como tsunami: mis muslos temblaron, chorros de squirt mojaron su cara, y grité "¡Me vengo, cabrón!" El placer era cegador, estrellas explotando detrás de mis párpados.

Sofía se corrió después, su concha contrayéndose alrededor de la polla del abuelo, gritando en éxtasis. Él la sacó, brillante de cremas, y nos puso de rodillas. "Abran la boca, mis reinas". Nos turnamos mamándola, yo profunda hasta la garganta, Sofía lamiendo las bolas. Su semen explotó como volcán, chorros calientes y espesos llenando nuestras bocas, goteando por barbillas. Lo tragamos, saboreando su esencia salada y amarga.

Pero no paró. Descansamos bebiendo agua de coco fría, sudados y pegajosos. Luego, el abuelo nos puso en cuatro, a nosotras lado a lado. Me penetró primero a mí, su verga abriéndome como nunca, rozando mi punto G con cada estocada profunda. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, semen, panochas calientes. Sofía se besaba conmigo, nuestras lenguas enredadas, mientras él alternaba follándonos.

"¡Tu abuelo nos está partiendo, Ana! ¡Qué trío más chingón!", jadeaba Sofía. Él aceleraba, sus bolas golpeando nuestros culos, el sonido obsceno como aplausos. Sentí otra corrida acercándose, mi ano palpitando. "¡Córrete adentro, abuelo! ¡Lléname!", supliqué. Él rugió, inyectando semen caliente en mi útero, mientras Sofía se tocaba hasta venirse de nuevo.

Jamás sentí tanto. Su amor es puro fuego, mezclado con familia y lujuria. No hay arrepentimiento, solo ganas de más.

Colapsamos en un enredo de cuerpos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El abuelo nos abrazó, besando frentes. "Mis amores, esto fue el trío abuelo de mi vida". Reímos bajito, el mar susurrando bendiciones. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo rosa, nos bañamos en la ducha al aire libre, jabón resbalando por curvas, manos explorando de nuevo. Pero esa vez fue tierno, caricias que sellaban nuestro secreto.

Regresamos a la CDMX cambiadas, con promesas de visitas. Mi abuelo nos mandaba fotos de la playa, y nosotras, selfies calientes. Ese verano, el trío abuelo nos unió en un lazo de placer eterno, recordándonos que el deseo no tiene edad, solo fuego.

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