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Tríos con la Vixen

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Tríos con la Vixen

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y coco tostado, con el ritmo de la cumbia retumbando desde los chiringuitos. Tú, con una cerveza fría en la mano, escaneabas la multitud de cuerpos bronceados moviéndose al compás de la música. Ahí la viste por primera vez: la vixen de los tríos, como la llamaban en los corrillos de la fiesta. Su cabello negro azabache caía en ondas salvajes sobre hombros desnudos, y ese vestido rojo ceñido que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Sus ojos, oscuros y felinos, te clavaron en el sitio mientras se acercaba con una sonrisa que prometía pecados deliciosos.

"Órale, guapo", murmuró con esa voz ronca que erizaba la piel, rozando tu brazo con uñas pintadas de carmín. "Soy Karla, pero todos me dicen la Vixen. ¿Y tú? ¿Vienes a jugar o nomás a ver?" Su aliento olía a tequila reposado y menta, dulce y ardiente. Te quedaste mudo un segundo, sintiendo cómo tu pulso se aceleraba, el calor de su cuerpo invadiendo el tuyo en esa brisa tropical.

Charlaron un rato, riendo de tonterías. Ella te contó, con guiños pícaros, que adoraba los tríos vixen, esas noches donde tres cuerpos se enredan en un baile de placer puro. "Es lo mejor, carnal", dijo, lamiéndose los labios. "Dos mujeres y un hombre fuerte como tú... neta, es el paraíso." Mencionó a su amiga Lupe, una morena de tetas generosas y culo prieto que andaba por ahí, y tú sentiste el primer tirón en la entrepierna, imaginando sus manos sobre ti.

"¿Y si esta noche armamos uno?" pensaste, el corazón latiéndote como tambor maya.

El deseo creció lento, como la marea subiendo. Karla te besó primero, sus labios suaves y húmedos saboreando a sal y pasión, la lengua danzando con la tuya mientras sus caderas se mecían contra las tuyas. Lupe apareció entonces, como invocada por un hechizo, con un bikini diminuto que dejaba poco a la imaginación. "¡Hola, pendejo guapo!", soltó ella riendo, abrazándote por la cintura. Sus pechos se aplastaron contra tu pecho, cálidos y firmes, oliendo a aceite de coco y sudor fresco.

Caminaron los tres hacia la villa de Karla, una casa blanca con palmeras susurrando al viento y piscina iluminada por luces azules. El aire nocturno era espeso, cargado de jazmín y anticipación. Adentro, las luces tenues pintaban sus pieles en tonos dorados. Karla te empujó al sofá de cuero suave, sus manos expertas desabotonando tu camisa mientras Lupe te quitaba los zapatos, besando tus tobillos con mordisquitos juguetones.

"Relájate, mi rey", susurró Karla, su aliento caliente en tu cuello. Sentiste sus dedos trazando tu pecho, bajando hasta el borde de tus pantalones, donde ya latía duro por ellas. Lupe se arrodilló, desabrochando tu cremallera con dientes, liberando tu verga tiesa que saltó ansiosa. El sonido de la tela rasgando fue como un trueno lejano, y el olor a excitación masculina se mezcló con sus perfumes florales.

La tensión escalaba. Karla se quitó el vestido de un tirón, revelando pezones rosados endurecidos y un coño depilado brillando de humedad. Lupe la imitó, su cuerpo atlético reluciendo bajo la luz, tetas rebotando libres. Te tumbaron entre ellas, bocarriba en la cama king size que crujía bajo el peso. Karla montó tu cara, su calor húmedo presionando contra tu boca. "Come, güey", ordenó juguetona, y tú obedeciste, lamiendo su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y dulce como mango maduro. Gemía ronca, "¡Qué rico, cabrón!", mientras sus muslos temblaban apretando tus orejas.

Lupe, meanwhile, engulló tu polla entera, su boca caliente y babosa succionando con maestría. Sentías su lengua girando alrededor del glande, los dientes rozando suave, el sonido húmedo de chupadas ecoando en la habitación. Tus manos exploraban: una en el culo redondo de Karla, dedos hundiéndose en carne suave; la otra pellizcando los pezones de Lupe, que gruñía de placer alrededor de tu verga.

"Esto es un sueño, no mames", pensabas, el mundo reduciéndose a texturas, sabores y gemidos.

Intercambiaron posiciones, el sudor pegando pieles en un ballet febril. Tú pusiste a Karla a cuatro patas, su coño chorreando invitándote. Entraste de un embiste, sintiendo sus paredes calientes apretándote como guante de terciopelo. "¡Más duro, pinche semental!", jadeó ella, arqueando la espalda. Lupe se acostó debajo, lamiendo donde os uníais, su lengua rozando tus bolas pesadas y el ano de Karla, que gritaba de éxtasis.

El ritmo se volvió salvaje. El slap-slap de carne contra carne, los jadeos entrecortados, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Cambiaste a Lupe, follándola de lado mientras Karla te besaba, metiendo lengua profunda y mordiendo tu labio. Sus dedos jugaban con tu culo, presionando la entrada con promesas de más placer. La intensidad crecía, pulsos latiendo en sincronía, venas hinchadas en tu verga a punto de estallar.

"Me vengo, chíngame!", gritó Lupe primero, su coño convulsionando alrededor de ti, jugos calientes empapando las sábanas. Karla se unió, frotándose el clítoris mientras te montaba de reversa, sus nalgas rebotando contra tu pubis. Tú no aguantaste más: el orgasmo te golpeó como ola gigante, chorros calientes llenando a Karla, que se derrumbó temblando.

El afterglow fue puro terciopelo. Yacían enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones calmándose al unísono. Karla te acariciaba el pecho, trazando círculos perezosos. "Eres el mejor para un trío vixen, mi amor", murmuró, besándote la frente. Lupe, acurrucada al otro lado, reía suave: "Regresamos cuando quieras, pendejo sexy."

La luna se colaba por las cortinas, pintando sus cuerpos en plata. Sentías el peso dulce de sus cabezas en tus hombros, el aroma a sexo desvaneciéndose en jazmín fresco. En ese momento, supiste que los tríos con la vixen eran adictivos, un fuego que ardía lento pero eterno en tus venas. La noche mexicana te había marcado para siempre.

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