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La Ley de la Triada Desatada

5980 palabras

La Ley de la Triada Desatada

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo pegajoso, con ese olor a jazmín flotando desde el balcón y el lejano rumor de los carros en Reforma. Estaba recostada en la cama king size de mi depa, con las sábanas de algodón egipcio rozando mis piernas desnudas, sintiendo el pulso acelerado de mi corazón mientras Marco me besaba el cuello. Neta, este wey sabe cómo encender la mecha, pensé, mientras su aliento cálido me erizaba la piel.

Marco, mi carnal desde hace dos años, era todo un galán: alto, moreno, con esos ojos cafés que te clavan como puñales. "Mi amor", murmuró contra mi oreja, "hoy quiero probar algo nuevo. ¿Te late?". Su mano grande bajaba por mi vientre, deteniéndose en el borde de mis panties de encaje negro. Asentí, mordiéndome el labio, porque con él todo fluía natural, como el mezcal que nos habíamos echado en la cena.

Entonces sonó el timbre. Era Luis, el cuate de Marco de la uni, el que siempre nos hacía reír con sus chistes pendejos. Luis era guapo a su modo: flaco pero atlético, con tatuajes maoris en los brazos y una sonrisa que prometía travesuras. "¡Qué onda, morra!", me saludó con un abrazo que duró un segundo de más, su colonia fresca mezclándose con mi perfume de vainilla. Nos sentamos en la sala, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia.

Marco sacó su teléfono. "Miren esto, weyes. Encontré algo chido: la ley de la triada. Dice que en una relación de tres, el equilibrio perfecto nace cuando cada uno da y recibe por igual, sin celos, puro placer compartido". Leí el artículo en voz alta, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Y si lo ponemos en práctica? Solo si todos estamos al tiro
, pensé, mientras veía cómo Luis me devoraba con la mirada.

La tensión creció como tormenta. Compartimos un porro light, el humo dulce llenando el aire, y platicamos de fantasías. "Yo siempre he soñado con dos chavos que me vuelvan loca", confesé, ruborizada pero empoderada. Marco sonrió: "Y yo con verte gozar así". Luis, con voz ronca: "Si me dejan, les demuestro que soy buen equipo". El primer beso fue entre Marco y yo, profundo, con lenguas danzando, mientras Luis nos veía, su entrepierna ya marcada bajo los jeans.

Nos mudamos a la recámara, el aire cargado de anticipación. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes, pezones duros como piedras. Marco me jaló hacia él, chupándome un pezón mientras Luis se acercaba por detrás, sus manos en mis caderas, frotando su verga tiesa contra mi culo. Carajo, esto es la neta, gemí internamente, el roce de sus cuerpos como electricidad.

"Déjame probarte, reina", susurró Luis, arrodillándose. Marco me recostó en la cama, abriéndome las piernas. Sentí la lengua de Luis en mi concha, lamiendo despacio, saboreando mis jugos que ya chorreaban. Olía a sexo puro, a deseo crudo, mientras Marco me besaba la boca, su saliva mezclándose con la mía. "Estás tan mojada, mi amor", dijo él, metiendo dos dedos en mí junto a la lengua de Luis. Grité bajito, arqueándome, el placer subiendo como ola.

Pero no era solo físico; en mi cabeza daba vueltas la ley de la triada. Da y recibe por igual. Me incorporé, empujando a Marco a la cama. Le bajé el bóxer, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La chupé con ganas, saboreando su pre-semen salado, mientras Luis se desnudaba detrás de mí. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, enviando chispas. "¡Qué ricura de culo!", gruñó.

Cambié de posición, montándome en Marco, su pija entrando en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, mis paredes apretándolo mientras rebotaba. Luis se puso de rodillas frente a mi cara, ofreciéndome su verga más delgada pero larga. La tragué entera, gimiendo con la boca llena, el sonido de succiones y carne chocando llenando la habitación. Sudor perlando sus pechos, olor a macho mezclado con mi esencia femenina.

La intensidad subió. Marco me clavaba desde abajo, sus manos en mis tetas, pellizcando. "¡Más fuerte, cabrón!", le pedí, y él obedeció, embistiéndome como animal. Luis me follaba la boca, suave pero firme, sus bolas golpeando mi barbilla. Sentía sus pulsos acelerados sincronizándose con el mío, corazones latiendo al unísono.

Esto es equilibrio, la ley en acción, puro fuego
.

Rotamos. Ahora Luis debajo, yo cabalgándolo reverse cowgirl, su verga tocando spots nuevos, mientras Marco lubricaba mi culo con saliva y mis jugos. "Relájate, mi reina", me dijo, empujando despacio. El ardor inicial se volvió placer doble, penetrada por ambos, llena como nunca. Gritaba sin control, "¡Sí, weyes, así! ¡No paren!". El slap-slap de pieles, gemidos roncos, el olor almizclado de orgasmos acercándose.

El clímax nos golpeó como rayo. Primero Luis, gruñendo "¡Me vengo!", llenándome la concha de leche caliente. Eso me disparó, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros mojando todo. Marco salió de mi culo y se pajeó sobre mi espalda, chorros espesos marcando mi piel. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, risas entrecortadas.

Después, en la afterglow, nos bañamos juntos en la regadera walk-in, agua caliente lavando el sudor, manos tiernas limpiando cuerpos exhaustos. Marco me besó la frente: "La ley de la triada es real, ¿verdad?". Luis asintió: "Equilibrio perfecto, sin celos, solo amor multiplicado". Me sentía poderosa, deseada, completa.

Ahora, acostados en la cama con sábanas frescas, el jazmín nocturno entrando por la ventana, reflexiono. No fue solo sexo; fue conexión profunda, romper barreras con confianza mutua. ¿Volverá a pasar? Neta que sí, esta triada nos cambió para siempre. Su calor a ambos lados me arrulla, prometiendo más noches de placer infinito.

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