Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Todo Me Sale Mal Tus Acordes del Tri Todo Me Sale Mal Tus Acordes del Tri

Todo Me Sale Mal Tus Acordes del Tri

6713 palabras

Todo Me Sale Mal Tus Acordes del Tri

Era una de esas noches en las que todo me sale mal. El pinche tráfico de la Ciudad de México me tenía hasta la madre, el jefe me había corrido del trabajo por un error de pendejo que ni era mío, y para rematar, mi cuate se había rajado de la tocada en el bar. Me senté en la barra del La Perla Negra, un antro chido en la Condesa, con mi guitarra en la mano y un tequila reposado que quemaba como fuego en la garganta. El olor a madera vieja y cigarros se mezclaba con el sudor de la gente bailando cumbia rebajada. Yo, nomás mirando el vacío, sintiendo el peso del día en los hombros.

De repente, la vi. Se llamaba Carla, o eso me dijo después. Pelo negro largo como cascada, ojos cafés que brillaban bajo las luces neón, y un cuerpo que gritaba ven por más. Vestida con una falda ajustada que marcaba sus curvas perfectas y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquier wey. Se acercó a la barra, pidiendo un michelada con limón fresco que olía a mar. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me estuviera haciendo efecto.

¿Qué chingados le digo? Todo me sale mal hoy, pero esta morra... neta que vale la pena intentarlo.

Me armé de valor y le hablé. "Órale, ¿te late la música en vivo? Si quieres, le echo una rola". Ella sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos, y el aroma de su perfume, algo dulce como jazmín mezclado con vainilla, me invadió. "Sí, wey, pero que sea buena. ¿Sabes Todo Me Sale Mal del Tri?" Me quedé pasmado. ¿En serio? Esa rola era mi himno personal esa noche. Asentí, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba.

Subí al escenario improvisado, afiné la guitarra con manos temblorosas. El público se calló un poco, y empecé con los acordes de Todo Me Sale Mal del Tri. Las cuerdas vibraban bajo mis dedos, el sonido grave y rasposo llenaba el lugar. "Todo me sale mal, todo me sale mal...", canté con la voz ronca, mirando fijo a Carla. Ella se mecía al ritmo, sus caderas ondulando como olas, y yo sentía el calor subiendo por mi cuello. Cada acorde era un golpe de electricidad, como si estuviera tocando su piel en vez de las cuerdas.

Terminé la rola y el bar estalló en aplausos. Bajé y ella ya estaba ahí, con una cerveza fría en la mano. "¡Está chingón, carnal! Esos acordes del Tri me prendieron". Su voz era suave, con ese acento chilango que me erizaba la piel. Nos sentamos en una mesa apartada, el humo del ambiente nos envolvía como una niebla caliente. Hablamos de todo: de cómo El Tri nos había salvado noches de mierda, de tatuajes que contaban historias, de sueños que no se cumplían pero que igual valían la pena. Su risa era como música, y cada vez que se inclinaba, veía el valle entre sus pechos, suave y tentador.

El alcohol fluía, pero no era eso. Era la química, wey. Sus dedos rozaron mi brazo al pasar la sal, y sentí un chispazo. Todo me sale mal, pero con ella, las cosas empezaban a enderezarse. "Ven, vamos a otro lado", me dijo al oído, su aliento cálido oliendo a limón y cerveza. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. Salimos al fresco de la noche, el ruido de la ciudad como fondo. Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, tomados de la mano. Su palma era suave, cálida, y yo ya imaginaba cómo se sentiría en otras partes.

Entramos a su lugar, un loft moderno con luces tenues y posters de rock en las paredes. El olor a incienso de sándalo nos recibió. Se quitó los zapatos, quedando descalza, y yo dejé la guitarra en una silla. "Toca otra vez esos acordes", murmuró, sentándose en la cama. Me acerqué, rasgueé suave Todo Me Sale Mal del Tri, pero esta vez cerca de ella. Sus ojos se cerraron, mordiéndose el labio inferior. Dejé la guitarra y mis manos fueron a su cintura, sintiendo la tela de su falda bajo las yemas.

Neta, esto no puede ser real. Su piel es como terciopelo caliente.

Nos besamos por primera vez. Sus labios eran carnosos, suaves, con sabor a sal y tequila. Su lengua juguetona exploró mi boca, y yo la atraje más cerca, sintiendo sus tetas firmes contra mi pecho. Gemí bajito cuando sus uñas rasparon mi espalda. "Quítate la camisa, pendejo", dijo riendo, con esa voz juguetona. Obedecí, y ella también se desvistió lento, como un ritual. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: pechos redondos con pezones oscuros endurecidos, vientre plano, y entre las piernas un triángulo negro que me llamó como imán.

La tumbé en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo nuestro peso. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Bajé a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, sí así!". El olor de su excitación subía, almizclado y dulce, volviéndome loco. Mis dedos bajaron por su panza, hasta tocar su concha húmeda, resbaladiza. La metí un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos mientras ella jadeaba, sus caderas empujando contra mi mano.

"Te quiero adentro", susurró, jalándome los pantalones. Mi verga saltó libre, dura como piedra, palpitando. Ella la tomó con mano experta, masturbándome lento, el prepucio deslizándose sobre el glande sensible. El placer era eléctrico, como los acordes vibrando en mi espina. Me puse encima, frotando la punta en su entrada mojada. "Sí, métela toda", rogó. Empujé despacio, sintiendo cómo sus paredes calientes me envolvían, apretándome como guante. Empecé a moverme, primero suave, luego más fuerte, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación.

Sus uñas en mi culo, guiándome más profundo. Sudábamos, el olor a sexo crudo y sudor mezclándose con el incienso. "¡Más rápido, cabrón!", gritó, y aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como tormenta. Ella se corrió primero, su concha contrayéndose alrededor de mí, un grito ronco saliendo de su garganta. "¡Me vengo, wey!". Eso me llevó al borde. Empujé una última vez, profundo, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras temblaba.

Nos quedamos así, jadeando, pegados. Su piel pegajosa contra la mía, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Besos suaves en la frente, caricias perezosas. "Gracias por esos acordes del Tri", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo por primera vez en el día que no todo salía mal.

Nos dormimos envueltos, el eco de la rola en mi cabeza como banda sonora perfecta. Mañana quién sabe, pero esa noche, con ella, todo me sale mal se convirtió en todo me sale chingón.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.