Cuando B1A4 Trató de Caminar
El antro en Polanco estaba a reventar esa noche, con las luces neón parpadeando como estrellas locas y el reggaetón retumbando en los pechos de todos. Tú entraste sintiendo el calor pegajoso del aire, mezclado con olor a perfume caro y sudor fresco. Órale, pensaste, esta va a estar chingona. Tus ojos recorren la pista de baile y ahí la ves: B1A4, la morra que todos voltean a ver. Su apodo viene de quién sabe dónde, pero le queda perfecto, como si fuera una diosa salida de un video de K-pop, pero con curvas mexicanas que matan. Cabello negro largo ondeando, vestido rojo ajustado que marca cada movimiento de sus caderas.
Ella baila sola al principio, pero sus ojos te atrapan. Te guiña un ojo, juguetona, y tú sientes un cosquilleo en la verga que te pone en alerta. No mames, te dices, esta chava está cañón. Te acercas con una cerveza en la mano, el hielo tintineando contra el vidrio helado. "¿Bailamos, preciosa?" le dices, y ella ríe, una risa ronca que te eriza la piel. "¡Claro, wey! Pero agárrame bien, que yo no me caigo fácil."
Sus manos en tus hombros, tu cintura en la de ella. El bass del DJ vibra en tus huesos mientras sus nalgas rozan tu entrepierna. Sientes el calor de su piel a través del vestido, suave como terciopelo húmedo por el sudor. Ella se pega más, sus pechos presionando contra tu torso, y huele a vainilla y algo más salvaje, como deseo puro. Tus manos bajan por su espalda, deteniéndose en la curva de sus caderas. Esto va para largo, piensas, mientras ella te susurra al oído: "Me gustas, cabrón. ¿Vamos a algún lado?"
La tensión crece con cada roce. Salen del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche golpeándolos como una caricia. Caminan unas cuadras hasta un hotel boutique en Masaryk, lujoso pero discreto, con luces tenues en el lobby. En el elevador, no aguantan: sus labios chocan en un beso hambriento. Sabe a tequila y menta, su lengua danzando con la tuya, explorando, reclamando. Tus manos aprietan sus nalgas firmes, y ella gime bajito, un sonido que te hace latir el pulso en las sienes.
"Chíngame ya, wey," piensa ella en su cabeza, mientras tus dedos se cuelan bajo el vestido, rozando la tanga empapada. "Este pendejo me va a volver loca."
En la habitación, la puerta se cierra con un clic que suena a promesa. Ella te empuja contra la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo tu peso. Se quita el vestido en un movimiento fluido, revelando tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos por la excitación. Tú te desabrochas la camisa, el corazón tronando como tambores. "Ven, B1A4," le dices, y ella gatea sobre ti, su piel ardiente contra la tuya. Besas su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por su clavícula hasta morderle un pezón suave. Ella arquea la espalda, gimiendo: "¡Sí, así, no pares!"
El olor a sexo empieza a llenar la habitación, almizclado y dulce. Tus manos recorren sus muslos, abriéndolos para encontrar su concha mojada, resbalosa. Metes un dedo, luego dos, y ella cabalga tu mano, sus jugos chorreando por tu muñeca. "Está tan rica esta morra," piensas, mientras ella te baja los pantalones y agarra tu verga dura como piedra. La acaricia lento, el prepucio deslizándose con un sonido húmedo, y luego se la mete a la boca. Su lengua gira alrededor de la cabeza, succionando con fuerza, saliva goteando por tus bolas. Gimes fuerte, el placer subiendo como lava.
Pero no quieres acabar así. La volteas, poniéndola a cuatro patas sobre la cama. Su culo redondo se ofrece, invitándote. Le das una nalgada juguetona, y ella ríe: "¡Más fuerte, pendejo!" Entras despacio al principio, sintiendo cómo su concha te aprieta, caliente y pulsante. Cada embestida es más profunda, el slap de piel contra piel mezclándose con sus gemidos ahogados. "¡Chíngame duro!" grita ella, clavando las uñas en las sábanas. Tú agarras sus caderas, sudando, el olor de sus jugos invadiendo tus sentidos. El ritmo acelera, sus paredes internas contrayéndose alrededor de tu verga, llevándote al borde.
La intensidad sube como una tormenta. Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona salvaje. Sus tetas rebotan con cada salto, pezones rozando tu pecho. Sientes sus muslos temblando, su clítoris hinchado frotándose contra tu pubis. "No aguanto más," piensa ella, mordiéndose el labio. Tú la ayudas, empujando hacia arriba, el sudor chorreando por vuestros cuerpos. El aire está cargado de jadeos, de ese aroma primal de cuerpos uniéndose. Sus ojos se clavan en los tuyos, conexión pura, y grita: "¡Me vengo, cabrón!" Su concha se aprieta como un puño, ordeñándote, y tú explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras olas de placer os sacuden a los dos.
Caen exhaustos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa. Ella se acurruca contra tu pecho, su cabello tickleando tu nariz, oliendo a sexo satisfecho. "Fue chingón, wey," murmura, besándote el hombro. Tú acaricias su espalda, sintiendo los latidos calmarse. Minutos después, ella se incorpora, riendo bajito. "Voy al baño, espérame."
Aquí viene el momento. B1A4 trató de caminar. Sus piernas, flojas como gelatina después del orgasmo brutal, tiemblan con cada paso. Da dos pasos hacia el baño y se tambalea, riendo histérica. "¡No mames! Mis patas no responden." Se agarra del borde de la cama, las rodillas cediendo, y cae de rodillas frente a ti, pero con una sonrisa pícara. Tú la jalas de vuelta a la cama, besándola. "Tranquila, preciosa, quédate aquí conmigo."
Se ríen juntos, el afterglow envolviéndolos como una manta cálida. Hablan de tonterías, de la noche loca, mientras sus manos se acarician perezosamente. Ella traza círculos en tu pecho, y tú inhalas su esencia, ahora mezclada con semen y sudor.
"Este wey me dejó hecha mierda, pero qué rico," piensa ella. "Quiero más noches así."
Al amanecer, el sol se filtra por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados. B1A4 finalmente camina al baño, esta vez más estable, pero con una cojera sexy que te hace sonreír. Salen del hotel tomados de la mano, el mundo fresco y nuevo. En la calle, ella te besa una última vez: "Llámame, ¿eh? La próxima, trato de caminar antes." Tú asientes, sabiendo que esto no acaba aquí. El recuerdo de sus gemidos, su piel, su temblor, queda grabado, un fuego que arde lento.