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Playeras Trio en Caliente Entrelazado

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Playeras Trio en Caliente Entrelazado

El sol de la tarde en Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel, mientras caminaba por la playa con Lupe y Carla. Habíamos rentado una cabaña chida justo frente al mar, lejos del bullicio de los turistas gringos. Las tres playeras que traíamos puestas —blanca la mía, roja la de Lupe y azul la de Carla— se pegaban un poco a nuestros cuerpos por el sudor y la brisa salada. Neta, desde que llegamos esa mañana, el aire estaba cargado de algo más que sal y arena. Lupe, con su risa contagiosa y esas curvas que asomaban bajo la playera holgada, me lanzaba miradas que me ponían la piel chinita. Carla, más calladita pero con ojos que prometían travesuras, rozaba mi brazo "accidentalmente" cada rato.

¿Qué pedo con estas morras? pensé, mientras el olor a coco de su protector solar me invadía las fosas nasales. Habíamos sido carnales desde la uni, pero últimamente las pláticas se ponían picantes, hablando de fantasías y juegos prohibidos. "Oigan, ¿por qué no jugamos al playeras trio?", soltó Lupe de repente, con una sonrisa pícara. "¿Qué es eso?", pregunté, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Es un jueguito nuestro, wey. Nos quitamos las playeras poquito a poquito, y el que se rinda primero paga las cheves toda la noche", explicó Carla, su voz ronca como el rumor de las olas.

La idea me prendió al instante. Nos metimos a la cabaña, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire tibio cargado de nuestro olor mezclado: sudor fresco, mar y un toque de excitación que ya se palpaba. Lupe se paró frente a mí, levantando despacio el borde de su playera roja. Vi su ombligo, la piel morena brillando, y más arriba, el contorno de sus chichis firmes bajo el bra de encaje. "Tu turno, Marco", murmuró, su aliento cálido rozándome la oreja.

Levanté mi playera blanca hasta la mitad del pecho, dejando al aire mis abdominales que tanto me costaba mantener en el gym. Carla soltó un silbido juguetón. "¡Órale, carnal!" El corazón me latía fuerte, como tambores en una fiesta huichol. Olía a su perfume dulce, vainilla y algo más primal, como deseo crudo. Nos reíamos nerviosos, pero la tensión crecía. Cada roce de tela contra piel era eléctrico, el sonido suave del algodón deslizándose como un susurro pecaminoso.

En el segundo round, Lupe se quitó la playera por completo, quedando en bra negro que apenas contenía sus pechos generosos. Sus pezones se marcaban duros contra la tela fina. Se acercó, presionando su cuerpo contra el mío aún cubierto. Sentí el calor de su piel, suave como pétalos de bugambilia mojados, y el latido acelerado de su corazón contra mi pecho. "Siente cómo me pones, pendejo", susurró, mordiéndose el labio. Mi verga ya estaba semi-dura bajo los shorts, palpitando con cada roce.

Carla no se quedó atrás. Se desprendió de su playera azul, revelando un bra rojo fuego que contrastaba con su piel canela. Sus caderas anchas se movían al ritmo de una cumbia imaginaria, y el aroma de su entrepierna —ese olor almizclado de excitación— empezaba a filtrarse. "Ahora tú, Marco. Quítatela toda", exigió con voz temblorosa de anticipación. Obedecí, tirando la playera al suelo. El aire fresco de la cabaña me erizó los vellos, pero el calor de sus miradas me quemaba más.

Nos quedamos así un rato, mirándonos, respirando pesado. El sudor perlaba nuestras frentes, goteando lento por el cuello de Lupe hasta perderse en su escote.

"Neta, nunca pensé que el playeras trio nos llevaría tan lejos",
pensé, mientras Carla se arrodillaba despacio y besaba mi abdomen. Su lengua tibia trazó círculos, saboreando la sal de mi piel. Gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido del ventilador y las olas rompiendo afuera.

La cosa escaló rápido. Lupe me empujó al sofá de mimbre, que crujió bajo mi peso. Se subió a horcajadas, su concha caliente presionando contra mi erección a través de la tela delgada de sus shorts. "Te quiero adentro, wey", jadeó, frotándose contra mí. El roce era tortura deliciosa, su humedad empapando todo. Carla se unió, besándome el cuello, sus dientes arañando suave. Olía a ellas dos: Lupe a coco y jazmín, Carla a sal marina y deseo puro. Sus manos exploraban, una en mi pecho, la otra bajando a mi verga, apretándola con firmeza juguetona.

Me quité los shorts de un tirón, liberando mi miembro tieso, venoso y listo. Lupe se lamió los labios, bajando para tomarlo en su boca. Su lengua caliente rodeó la cabeza, saboreando el pre-semen salado. ¡Pinche paraíso! El calor húmedo de su garganta me hacía arquear la espalda, mientras Carla se desnudaba del todo, quedando en tanga roja. Sus chichis medianas pero perfectas rebotaban libres, pezones oscuros endurecidos. Se sentó en mi cara, su concha rasurada rozando mis labios. La probé: dulce, salada, con ese sabor único de mujer cachonda.

La succioné con ganas, mi lengua hundiéndose en sus pliegues jugosos. Carla gemía alto, "¡Sí, así, cabrón!", sus jugos chorreando por mi barbilla. Lupe chupaba más profundo, sus labios estirados alrededor de mi grosor, el sonido obsceno de succión llenando la habitación. El olor a sexo era espeso, embriagador, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta. Mis manos amasaban las nalgas de Carla, firmes y redondas, mientras Lupe aceleraba el ritmo, sus tetas rozando mis muslos.

Cambiaron posiciones como en un baile sincronizado. Lupe se recostó en el sofá, abriendo las piernas. Su concha depilada brillaba de humedad, hinchada de necesidad. "Cógeme, Marco", rogó. Me hundí en ella de un solo empujón, sintiendo sus paredes calientes apretándome como un guante de terciopelo. Era jodidamente apretada, mojada al punto de chapoteo. Carla se montó en la cara de Lupe, quien lamía su clítoris con expertise. Los gemidos se volvían gritos: "¡Más duro, pendejo!" de Lupe, y Carla susurrando

"No pares, mi amor..."
.

El ritmo era frenético. Mi verga entraba y salía de Lupe, el sonido húmedo como olas chocando. Sudor chorreaba por mi espalda, goteando en su vientre. Carla se corrió primero, temblando violentamente, sus muslos apretando la cabeza de Lupe. "¡Me vengo, chingado!" chilló, su esencia inundando la boca de su amiga. Eso me empujó al límite. Lupe se arqueó, clavando las uñas en mis caderas, su orgasmo ordeñándome la verga en espasmos rítmicos.

No aguanté más. Me salí justo a tiempo, eyaculando chorros calientes sobre sus playeras tiradas en el suelo —blanca, roja, azul ahora manchadas de mi leche cremosa. Ellas rieron exhaustas, jalándome para un abrazo sudoroso. Nos quedamos ahí, jadeando, el cuerpo pegajoso de fluidos y sudor. El sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de naranja, mientras el mar susurraba paz.

Después, nos duchamos juntos, el agua tibia lavando el pecado pero no el recuerdo. Lupe me besó lento, saboreando a Carla en sus labios. "El playeras trio fue épico, ¿verdad?", dijo Carla, secándose el pelo. Asentí, sintiendo una conexión profunda, no solo carnal. Esa noche, con cheves frías en mano, prometimos repetirlo. La brisa nocturna traía olor a fogata lejana, y en mi pecho, un calor que no era solo del sol.

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