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Tríos Cojiendo Rico en la Villa del Mar

6811 palabras

Tríos Cojiendo Rico en la Villa del Mar

La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Ana, de treinta años, con mi cuerpo curvilíneo envuelto en un bikini rojo que apenas contenía mis tetas generosas, caminaba tomada de la mano de mi novio Marco. Él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía, me apretaba la cintura como si ya supiera lo que vendría esa noche. Habíamos rentado esta villa privada en la playa, lejos del bullicio turístico, solo para nosotros y un amigo especial: Luis, el carnal de Marco, igual de guapo pero con un aire más salvaje, tatuajes que serpenteaban por sus brazos musculosos.

¿Qué pedo con esta calentura que siento? pensé, mientras el olor a coco de mi crema bronceadora se mezclaba con el salitre. Marco y yo llevábamos meses fantaseando con esto. "Un trío, mi amor, para que sientas dos vergas chingonas al mismo tiempo", me había dicho él una noche, mientras me cogía duro contra la pared de nuestro depa en Guadalajara. Yo, siempre la aventada, accedí. Neta, la idea me ponía la panocha empapada solo de imaginarla. Luis llegó esa tarde, con una caja de chelas frías y una mirada que gritaba "estoy listo para lo que sea".

Nos sentamos en la terraza de la villa, con la piscina infinita frente al mar rugiendo bajito. Las chelas corrían frías por nuestras gargantas, el sabor amargo y refrescante despertando risas y anécdotas. "Órale, carnal, ¿ya le contaste a Ana lo pendejo que eras en la prepa?", bromeaba Luis, guiñándome el ojo. Su voz grave, con ese acento tapatío puro, me erizaba la piel. Marco reía, pero su mano ya subía por mi muslo desnudo, rozando el borde del bikini. Sentí mi clítoris palpitar, un cosquilleo caliente que se extendía como fuego líquido.

La tensión crecía con cada trago. El sol se hundió del todo, dejando estrellas brillando como diamantes sobre nosotros. "Vamos a la playa", propuso Marco, y nadie objetó. Caminamos por la arena tibia aún del día, el sonido de las olas lamiendo la orilla como lenguas ansiosas. Nos quitamos la ropa, quedando en trajes de baño. Yo me lancé al agua primero, el Pacífico fresco envolviéndome, endureciendo mis pezones contra la tela mojada. Ellos me siguieron, salpicando como niños grandes, pero sus cuerpos rozándome "accidentalmente" encendían chispas.

Pinche calentura, ya quiero que me toquen los dos a la vez. ¿Serán tan buenos cogiendo como prometen?

Salimos del agua, goteando, y nos tendimos en las toallas grandes que trajimos. La luna iluminaba todo con un resplandor plateado, haciendo que sus torsos brillaran. Marco se acercó primero, besándome el cuello, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo. "Estás riquísima, mi reina", murmuró, mientras su mano se colaba dentro de mi bikini, dedos gruesos encontrando mi panocha ya resbalosa. Gemí bajito, el sonido perdido en el mar. Luis nos miraba, su verga ya marcando bulto en el bañador. "No seas gacho, carnal, déjame probar", dijo con voz ronca, arrodillándose a mi lado.

Aquí empezó el verdadero juego. Sus bocas en mis tetas, chupando pezones duros como piedras, lenguas girando con maestría. Sentí sus manos por todos lados: Marco masajeando mi clítoris hinchado, Luis metiendo dos dedos en mi coño empapado, curvándolos justo en el punto que me hacía arquear la espalda. ¡Qué chido! El olor a sexo ya flotaba en el aire, mezclado con sal y arena. "Tríos cojiendo rico como este, wey, eso es vida", soltó Luis entre lamidas, y Marco rio contra mi piel, vibrando mi carne.

Me voltearon boca abajo, besos bajando por mi espinazo. Marco separó mis nalgas, su lengua lamiendo mi ano con devoción, mientras Luis se ponía frente a mí, sacando su verga gruesa, venosa, goteando precum. "Chúpamela, Ana, hazme ver estrellas". Obedecí, abriendo la boca para tragármela hasta la garganta, el sabor salado y almizclado invadiéndome. Marco, meanwhile, lamía mi panocha desde atrás, succionando mis labios hinchados, haciendo que mis jugos chorrearan por mis muslos. El placer era una ola creciente, mis gemidos ahogados por la polla de Luis que me follaba la boca suave pero firme.

La intensidad subía. Me pusieron de rodillas en la arena suave, Marco debajo de mí, su verga enorme guiándome a sentarme. La sentí abrirme, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande! Gruñí, montándolo lento al principio, mis tetas rebotando con cada bajada. Luis se paró detrás, untando lubricante –el que trajimos– en mi ano. "Relájate, preciosa, te voy a coger el culo mientras él te mama el coño". Su glande presionó, y con un empujón suave, entró. El ardor inicial se convirtió en éxtasis puro, dos vergas frotándose dentro de mí a través de la delgada pared, pulsando en sincronía.

El ritmo se aceleró. El slap-slap de carne contra carne, mis gritos mezclados con sus jadeos roncos. "¡Sí, pendejos, cójanme duro!" exigí, perdida en la vorágine. Sudor salado goteaba de sus cuerpos al mío, el olor a macho en celo impregnando todo. Marco pellizcaba mis pezones, Luis azotaba mis nalgas con palmadas que ardían delicioso. Sentía sus bolas golpeándome, el roce constante en mi clítoris contra el pubis de Marco. Tríos cojiendo rico, pensé en un flash, esto es mejor que cualquier porno. La tensión en mi vientre crecía, un nudo apretándose, listo para estallar.

Luis gruñó primero, "Me vengo, ¡chinguen!", su verga hinchándose, chorros calientes inundando mi culo. Eso me disparó. Mi orgasmo fue un terremoto, paredes convulsionando alrededor de sus pollas, jugos squirteando sobre Marco. Él no tardó, embistiéndome profundo, semen espeso llenándome el coño mientras rugía mi nombre. Colapsamos en un enredo de miembros temblorosos, respiraciones entrecortadas sincronizándose con las olas.

Nos quedamos así un rato, el mar susurrando bendiciones. Marco me besó la frente, "Eres la neta, mi amor". Luis acarició mi pelo, "Repetimos cuando quieras, reina". Me sentía empoderada, saciada, como una diosa bañada en placer. La arena pegada a nuestra piel húmeda, el fresco de la noche calmando el fuego, pero dejando brasas listas para más.

Regresamos a la villa caminando lento, riendo de lo pendejos que habíamos sido en la playa. En la ducha compartida, jabón resbaloso entre manos curiosas, revivimos ecos del éxtasis con toques suaves. Esa noche, durmiendo entre ellos, soñé con más aventuras, el sabor de sus besos aún en mis labios. Tríos cojiendo rico, sí, pero con el corazón lleno también. Puerto Vallarta nos había regalado una memoria eterna, grabada en cada fibra de mi ser.

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