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El Primer Trío de Mi Esposa (2)

6379 palabras

El Primer Trío de Mi Esposa

Todo empezó en una noche calurosa de verano en nuestro depa en Polanco. Ana y yo llevábamos cinco años casados, y aunque la neta el amor seguía ardiendo, queríamos avivar la flama. ¿Por qué no probar algo nuevo? le dije una vez, mientras le besaba el cuello y sentía su piel erizarse bajo mis labios. Ella se rio bajito, con esa risa que me ponía como moto, y confesó su fantasía: su primer trío como esposa. La idea me prendió al instante. Imaginé sus curvas perfectas compartidas, sus gemidos multiplicados. Pero no cualquier wey; tenía que ser alguien de confianza.

Ahí entró Marco, nuestro carnal de la uni, soltero y guapísimo, con ese cuerpo atlético de quien juega fut en la liga amateur. Lo invité a cenar un viernes, pretextando una plática de viejos tiempos. Ana se arregló como reina: vestido negro ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, labios rojos brillando bajo la luz de las velas. Olía a vainilla y jazmín, ese perfume que me volvía loco. Cuando Marco llegó, traía una botella de tequila reposado y una sonrisa pícara.

¡Órale, Javiersito, qué chido verte con esta diosa!
dijo, abrazándola un poquito más de lo necesario. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y excitación.

La cena fluyó con anécdotas y risas. El tequila aflojó las lenguas. Ana se recargaba en mi hombro, su mano rozando mi muslo por debajo de la mesa. Marco la miraba con ojos hambrientos, y ella coqueteaba, mordiéndose el labio. Esto va a pasar, pensé, mientras mi verga se ponía dura solo de imaginarlo. Al rato, pusimos música suave, un poco de salsa bajita, y bailamos los tres. Sus cuerpos se rozaban: el de Ana entre los nuestros, sus caderas moviéndose al ritmo. Sentí el calor de Marco contra su espalda, y ella suspiró, cerrando los ojos.

La tensión crecía como tormenta. Nos sentamos en el sofá, más tequila, y Ana soltó la bomba: Chavos, la neta siempre he querido probar un trío. Mi primer trío como esposa, con mi Javier y alguien chingón como tú, Marco. Él se quedó pasmado un segundo, luego sonrió como lobo. Yo asentí, corazón latiendo a mil. ¿Están en serio? preguntó. Ana se paró, se quitó los zapatos y empezó a desabrocharse el vestido lento, sensual. Ven, prueba, murmuró.

Acto seguido, Marco se acercó y la besó. Fue como ver fuego encenderse. Sus lenguas se enredaban, húmedas y calientes, mientras yo observaba, palmeándome por encima del pantalón. Ana gimió bajito, un sonido que me erizaba la piel. El vestido cayó al suelo, revelando su lencería roja, tanguita diminuta y brassier que apenas contenía sus tetas. Marco le manoseó el culo, apretando la carne suave, y ella se arqueó contra él. Yo no aguanté más: me levanté, besé su cuello desde atrás, oliendo su sudor mezclado con perfume. Te ves tan rica, mi amor, le susurré al oído.

Nos movimos al cuarto, luces tenues, sábanas frescas de algodón egipcio. Ana se arrodilló entre nosotros, nos desabrochó los belts con manos temblorosas de deseo. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La de Marco era más gruesa, con cabeza rosada brillando de precum. Ella los miró, ojos brillantes: Qué chingaderas tan ricas. Primero me chupó a mí, lengua caliente rodeando el glande, succionando con hambre. Sabía a sal y tequila. Gemí fuerte, agarrándole el pelo. Luego pasó a Marco, mamándosela profundo, garganta relajada, babas cayendo por su barbilla. Él gruñó: Puta madre, qué buena chupadora. Ana reía, juguetona, alternando entre las dos vergas, lamiendo huevos, besándonos a los dos.

La recostamos en la cama. Yo le quité el bra, chupándole las tetas: pezones duros como caramelos, sabor a piel caliente y sudor. Marco le bajó la tanga, exponiendo su panocha depilada, labios hinchados y mojados. Mira qué chingona está de húmeda, dijo, metiendo dos dedos. Ana jadeó, caderas subiendo. Yo le comí el chochito mientras Marco le mamaba las tetazas. Su clítoris era un botón hinchado, jugo dulce y almizclado inundándome la boca. Ella gritaba: ¡Sí, cabrones, no paren! ¡Chínguenme con la lengua! Sus muslos temblaban, olor a sexo puro llenando el aire.

La tensión subía como fiebre. Ana quería más. Fóllenme ya, porfa, suplicó, voz ronca. La puse en cuatro, yo atrás, verga deslizándose en su calor apretado. ¡Qué delicia! Su coño chorreaba, succionándome adentro. Marco se puso enfrente, ella se la tragó entera. El cuarto retumbaba con palmadas de mi pelvis contra su culo, gorgoteos de su garganta, gemidos ahogados. Sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando. Cambiamos: Marco la cogió misionero, piernas de ella en sus hombros, embistiéndola profundo. Yo le metí la verga en la boca, sintiendo sus labios estirados. Eres nuestra puta esta noche, mi amor, le dije, y ella asintió, ojos lagrimeando de placer.

El clímax se acercaba. Ana venía primero: ¡Me vengo, chavos! ¡Aaaah! Su cuerpo convulsionó, coño apretando la verga de Marco como puño, chorros calientes mojando las sábanas. Él no aguantó, sacó y le pintó la panza de leche espesa, olor fuerte a semen. Yo la volteé, la monté a lo amazona. Ella cabalgaba salvaje, tetas botando, uñas clavándose en mi pecho. Córrete dentro, amor, lléname. Empujé hondo, bolas contra su culo, y exploté: chorros calientes inundándola, mezclándose con sus jugos. Colapsamos los tres, jadeando, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos.

En el afterglow, Ana acurrucada entre nosotros, besos suaves y caricias.

Esto fue mi primer trío como esposa, y fue chingónísimo. Gracias, mis amores
, susurró, voz satisfecha. Marco se vistió, nos abrazó: Valió la pena cada segundo, carnales. Se fue, y quedamos solos. La bañé lento, jabón resbalando por sus curvas, besando cada marca roja de pasión. Te amo más que nunca, le dije, mientras el agua caliente nos envolvía. Ella sonrió: Y yo a ti, pendejito. ¿Repetimos?

Desde esa noche, nuestra vida sexual despegó. El recuerdo de su primer trío como esposa nos une más, un secreto ardiente que aviva cada polvo. Neta, la vida es para gozarla así, con deseo puro y confianza total.

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