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Tri Ball Monterrey Noche de Tres Placeres

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Tri Ball Monterrey Noche de Tres Placeres

Entré al Tri Ball Monterrey con el corazón latiendo como tambor de banda norteña. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor terroso a tiza de billar mezclado con sudor fresco de cuerpos en movimiento. Las luces neón parpadeaban en tonos rojos y azules, iluminando mesas verdes donde las bolas chocaban con clics secos y precisos. Era viernes en la Sultana del Norte, y el lugar bullía de weyes y morras buscando diversión después de una semana de jale en las maquilas o las oficinas del centro.

Yo, Karla, de veintiocho pirulos, con mi falda corta negra que apenas cubría mis muslos morenos y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier, me sentía como reina en mi propio territorio. Había oído hablar del Tri Ball Monterrey por mis amigas: un antro de billar donde el juego de tres bolas se convertía en pretexto para coqueteos calientes. Neta, necesito soltar la tensión, pensé mientras pedía un chela helada en la barra. El hielo tintineaba en el vaso, y el primer trago me refrescó la garganta seca de anticipación.

Allá en la esquina, dos vatos cachondos jugaban tres bolas con maestría. Uno era alto, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa pícara que prometía travesuras; se llamaba Marco, supe después. El otro, más compacto, con ojos verdes y barba de tres días, era Luis, un regio puro con acento norteño que derretía. Sus risas retumbaban sobre el ruido de las mesas, y cada vez que metían una bola, celebraban con un choque de manos que hacía vibrar el aire. Los observé, mordiéndome el labio, imaginando esas manos en mi piel.

Órale, morra, ¿juegas o nomás miras? —me gritó Marco, guiñándome el ojo mientras cebaba su taco con tiza.

Me acerqué con cadera suelta, sintiendo sus miradas recorriéndome como caricias calientes. —Simón, pero si pierdo, ¿qué me dan? —respondí con voz ronca, oliendo su colonia masculina mezclada con el aroma salado de sus cuerpos.

El juego empezó inocente: el roce accidental de mi brazo contra el de Luis al apuntar, el calor de Marco detrás de mí guiándome la postura.

Estos weyes me van a volver loca, neta. Siento mi panocha humedeciéndose con cada choque de bolas.
La tensión crecía con cada tiro fallido, risas nerviosas, y toques que duraban un segundo de más. El sonido de las bolas rodando era hipnótico, como un pulso acelerado que sincronizaba nuestros alientos.

Perdí la partida a propósito, y ellos lo supieron. —¡Ganéis, cabrones! Ahora, ¿cumplen? —les dije, apoyada en la mesa con las tetas casi saltando del escote. Marco se acercó primero, su aliento cálido en mi cuello. —Lo que tú quieras, reina. ¿Nos vamos a mi depa? Está cerquita, en el Barrio Antiguo.

Acepté con un beso robado a Luis que sabía a chela y deseo. Salimos del Tri Ball Monterrey tomados de la mano, el viento fresco de la noche regia azotando mi piel arrepiada. En el Uber, las manos ya exploraban: Marco masajeando mi muslo interno, Luis besándome el lóbulo de la oreja mientras susurraba guarradas norteñas. Chingón, esto va a estar de poca madre, pensé, con el corazón en la garganta y un calor líquido entre las piernas.

Llegamos al depa de Marco, un lugar chido con vista a la Macroplaza iluminada. Apenas cerraron la puerta, Luis me levantó en brazos, sus músculos duros contra mi cuerpo suave. Me depositó en el sillón de piel, y los dos se arrodillaron frente a mí como devotos. —Desnúdate despacito, Karla, queremos verte toda —pidió Marco, con voz grave que vibraba en mi clítoris.

Me quité la blusa con lentitud, dejando que el brasier negro cayera, mis pezones erectos expuestos al aire fresco. Olía a sus excitaciones, ese almizcle varonil que me mareaba. Luis lamió mi vientre, su lengua áspera trazando círculos húmedos, mientras Marco chupaba un pezón, succionando con fuerza que me hacía gemir. ¡Ay, wey, qué rico! Mis manos se enredaron en sus cabelleras, guiándolos más abajo.

Me quitaron la falda y las tangas de un tirón, exponiendo mi concha depilada y reluciente de jugos. Marco separó mis labios con dedos expertos, oliendo mi aroma almizclado. —Estás chorreando, mamacita. ¿Quieres mi lengua? —preguntó, y antes de responder, la hundió en mí, lamiendo mi clítoris con movimientos circulares que me hacían arquear la espalda. Luis, no queriendo quedarse atrás, metió dos dedos en mi boca para que los chupara, saboreando su salado pre-semen.

El placer subía como macro en Cumbres: intenso, imparable. Cambiamos posiciones; yo de rodillas en la alfombra mullida, mamando la verga gruesa de Luis —venosa, dura como taco de tripa— mientras Marco me penetraba por atrás con embestidas lentas y profundas. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos.

Neta, nunca sentí dos vergas tan perfectas. Me llenan como nadie.
Sudor perlando sus pechos, yo lo lamía, salado y caliente.

Luis explotó primero en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué con gusto, su sabor amargo-dulce bajando por mi garganta. Marco aceleró, sus bolas peludas chocando contra mi clítoris hinchado. —¡Me vengo, Karla! ¡Aguanta! —rugió, y sentí su leche caliente inundándome, goteando por mis muslos.

Pero no pararon. Me tumbaron en la cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante. Ahora, los dos me penetraban al unísono: Luis en mi concha resbaladiza, Marco en mi culo apretado, lubricado con saliva y restos de semen. El estiramiento era exquisito dolor-placer, sus vergas frotándose separadas por una delgada pared de carne. Grité, arañando sus espaldas, el olor a sexo impregnando la habitación. Sus pulsos sincronizados me llevaron al orgasmo múltiple: olas que me convulsionaban, squirt salpicando sus abdominales.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo húmedo. —Eres una diosa, Karla. Vuelve al Tri Ball cuando quieras —dijo Luis, con voz ronca de satisfacción.

Me quedé ahí, envuelta en sus calores, sintiendo el afterglow como brisa de la Sierra Madre. El Tri Ball Monterrey no era solo billar; era el inicio de mi adicción a los tres placeres. Al amanecer, con el sol pintando de oro las montañas, supe que regresaría. Neta, qué noche chingona.

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