Música del Tri Cuando Tú No Estás
La noche caía pesada sobre mi depa en la Condesa, con ese calor pegajoso de mayo que se mete hasta los huesos. Juan se había largado a Monterrey por pinche trabajo, dejándome sola con el eco de su risa y el vacío en la cama. Neta, wey, ¿por qué justo ahora? pensé mientras prendía el estéreo viejo que teníamos en la sala. Busqué en el playlist de rock nacional y ahí estaba: El Tri, pura chingonería mexicana. Di play y arrancó "Cuando tú no estás", esa rola que tanto nos gustaba cantar a grito pelado en los conciertos.
La guitarra rasposa de Alex Lora llenó el aire, vibrando en mis paredes pintadas de rojo pasión. "Cuando tú no estás, todo se ve gris", cantaba la voz ronca, y yo me recargué en el sofá de piel gastada, cerrando los ojos. El ritmo me subió por la espina, un cosquilleo que se fue directo al entrepierna. Olía a mi perfume mezclado con el humo de la ciudad que entraba por la ventana entreabierta, y el sudor empezaba a perlar mi clavícula. Me quité la blusa ligera, quedando en bra de encaje negro y shorts vaqueros cortitos. Si Juan estuviera aquí, ya me estaría comiendo a besos, imaginé, mientras mi mano bajaba despacito por mi panza lisa.
Las letras me pegaban duro: ausencia, soledad, pero con ese filo rockero que te hace querer romper todo. Mi piel se erizó con cada acorde, los tambores retumbando como pulsos acelerados. Me levanté y empecé a mover las caderas al son, sintiendo el aire fresco rozar mis muslos. El deseo crecía como una ola, caliente y traicionera. No aguanto más, carnal. Justo cuando la rola iba por el coro, un golpe en la puerta me sacó del trance.
—¡Órale, Ana! ¿Todo chido ahí adentro? ¡Se oye hasta mi depa! —gritó Marco desde el pasillo, mi vecino el de los ojos cafés intensos y el cuerpo de gym rat que siempre me guiñaba el ojo en el elevador.
Abrí la puerta en chanclas, con el corazón latiéndome a mil. Él traía una chela en la mano, playera negra ajustada que marcaba sus pectorales y jeans rotos. Olía a colonia barata con un toque de sudor masculino, de esos que te hacen salivar.
—Pasa, wey, justo escuchando música del Tri cuando tú no estás. Juan se peló y estoy en modo rockera total —le dije, sonriendo con picardía mientras subía el volumen.
Entró riendo, ese laugh grave que me ponía la piel china. Nos sentamos en el sofá, chelas en mano, y platicamos pendejadas del barrio, de los antros rockeros de la Roma y de cómo El Tri era la neta del planeta. La rola seguía sonando en loop porque yo la tenía en repeat, y poco a poco el aire se cargó de algo más. Sus rodillas rozaban las mías, y cada vez que reía, su aliento cálido me llegaba al cuello.
—Neta, Ana, estás cañón esta noche. Esa rola te tiene prendida, ¿eh? —me dijo, con la voz bajita, mirándome los labios.
Me mordí el labio inferior, el pulso acelerado como el bajo de la canción. ¿Por qué no? Juan no está, y esto es solo... diversión. Me acerqué, mi mano en su muslo firme, y lo besé. Sus labios eran suaves pero urgentes, con sabor a cerveza y menta. Se nos escapó un gemido mutuo cuando su lengua se enredó con la mía, explorando, devorando.
La música del Tri seguía de fondo, ahora como banda sonora perfecta para lo que venía. Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba deshecha. Me tiró suave sobre las sábanas frescas, oliendo a lavanda y a Juan, pero ya no importaba. Se quitó la playera de un jalón, revelando ese torso tatuado con águilas y calaveras mexicanas, sudor brillando bajo la luz tenue de la lámpara.
—Te quiero toda, Ana. Dime si sí —murmuró, sus manos grandes masajeando mis tetas por encima del bra.
—Sí, pendejo, ya ven —le contesté jadeando, arqueándome contra él.
Me desvistió despacio, besando cada centímetro: el cuello salado, las areolas endurecidas que chupó con hambre, bajando por mi ombligo hasta mis panties húmedas. El olor a mi excitación flotaba en el cuarto, mezclado con su aroma macho. Sus dedos juguetearon con mi clítoris, círculos lentos que me hicieron gemir alto, el sonido ahogado por el riff de guitarra que tronaba afuera.
La tensión subía como la rola hacia su clímax: besos mojados, uñas clavándose en su espalda ancha, lenguas lamiendo piel sudada. Me volteó boca abajo, y sentí su verga dura presionando mis nalgas. Qué chingón se siente, pensé mientras él lamía mi espalda, bajando hasta morder suave mis labios vaginales. Entró en mí de rodillas, despacio al principio, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso me arrancó un grito, y empecé a moverme contra él, pidiendo más.
—¡Más duro, Marco! ¡Como la música del Tri, sin freno! —le supliqué, y él obedeció, embistiéndome con ritmo salvaje, sus bolas chocando contra mí, el slap slap resonando con los tambores.
Suavizamos un rato, él encima ahora, mirándonos a los ojos mientras follábamos lento, profundo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sus gemidos roncos se mezclaban con la letra: "Cuando tú no estás, mi vida es un desmadre". Ironía chingona, pensé entre espasmos.
La intensidad creció de nuevo: lo monté yo, cabalgándolo como en un rodeo, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El orgasmo me pegó como rayo, un estallido de placer que me dejó temblando, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Nos quedamos tirados, jadeantes, la música bajando de volumen sola cuando acabó el disco. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa contra piel, el olor a sexo y rock impregnando todo. Me besó la sien, suave.
—Eso estuvo de poca madre, Ana.
—Sí, wey. Gracias por llenar el vacío —le dije, riendo bajito.
Al día siguiente, cuando Juan llamó, le conté mentiritas blancas sobre mi noche tranquila. Pero dentro de mí, la música del Tri cuando tú no estás se había convertido en himno de mi propia liberación. Ya no era solo ausencia; era oportunidad, placer puro, consensual y mío. El deseo no espera, carnal, y yo acababa de recordarlo a lo grande.