Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pasión Ardiente en el Medio Ambiente de la Triada Epidemiológica Pasión Ardiente en el Medio Ambiente de la Triada Epidemiológica

Pasión Ardiente en el Medio Ambiente de la Triada Epidemiológica

7751 palabras

Pasión Ardiente en el Medio Ambiente de la Triada Epidemiológica

El sol del mediodía caía a plomo sobre la selva de Veracruz, ese medio ambiente en la triada epidemiológica que tanto nos apasionaba estudiar. Yo, Ana, bióloga de campo con años cachando moscos y analizando brotes, sentía el sudor resbalándome por la espalda mientras caminábamos por el sendero embarrado. Marco, mi compa de la uni, iba adelante con su machete en mano, su camiseta pegada al torso musculoso por la humedad. Detrás, Luisa, la nueva del equipo, con su piel morena brillando y esas curvas que no se podían ignorar bajo los shorts ajustados.

Habíamos acampado en esa parcela remota para monitorear el agente infeccioso, el huésped y, sobre todo, el medio ambiente que lo facilitaba todo. Neta, el calor era asfixiante, cargado de ese olor terroso a tierra mojada y hojas podridas, mezclado con el zumbido constante de los insectos. Mi pulso se aceleraba no solo por la caminata, sino por las miradas que nos lanzábamos. Marco volteaba con esa sonrisa pícara, y Luisa me rozaba el brazo "accidentalmente" cada rato.

¿Qué pedo conmigo? Estos dos me traen loca desde el primer día del proyecto. El ambiente aquí es como un afrodisíaco, ¿no?

Al llegar al claro donde habíamos puesto la tienda, nos echamos al suelo jadeando. El aire olía a flores silvestres y sudor fresco. Marco sacó las botellas de agua, y al pasármela, sus dedos se demoraron en los míos. "Qué chingón este lugar, ¿verdad? El medio ambiente en la triada epidemiológica nos tiene sudando como marranos", dijo riendo, pero sus ojos decían otra cosa. Luisa se acercó, quitándose la blusa para quedarse en sostén deportivo, sus pechos subiendo y bajando con cada respiro. Neta, qué rica.

—Órale, Luisa, ¿ya te vas a poner cómoda? —bromeó Marco, pero su voz salió ronca.

—Pos sí, con este calor quién aguanta. ¿Y tú, Ana? ¿No te animas?

Me quité la playera sin pensarlo dos veces, sintiendo la brisa cálida acariciar mi piel. Mis pezones se endurecieron al instante bajo el bra. Nos quedamos ahí, sentados en círculo, bebiendo y platicando del trabajo. Pero la plática viró rápido.

—El medio ambiente en la triada epidemiológica es el factor clave, ¿saben? —explicó Luisa, su mano descansando en mi muslo—. Sin él, no hay transmisión. Como este calor que nos une, que hace que todo fermente.

Marco asintió, su mirada fija en nosotras. Se nota la verga dura bajo los pantalones. El corazón me latía en los oídos, mezclado con el canto de las guacamayas lejanas. Extendí la mano y toqué el brazo de Luisa, su piel suave y caliente como miel derretida.

Acto uno cerrado: la tensión era palpable, como el aire antes de la lluvia.

La tarde avanzó y nos metimos a la tiendita a revisar muestras bajo la lona. El espacio era chiquito, nuestros cuerpos rozándose inevitablemente. Olía a repelente y a algo más primal, ese aroma almizclado de excitación. Marco se agachó por un tubo de ensayo y su culo perfecto quedó a centímetros del mío. No aguanté: le di una nalgada juguetona.

¡Pendeja! —rió él, girándose y jalándome hacia él. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, sus manos grandes amasando mis tetas. Luisa nos vio y en vez de escandalizarse, se pegó por detrás, besándome el cuello. Su lengua trazó un camino salado por mi clavícula, saboreando mi sudor.

Esto es la neta, el paraíso en medio de la selva.

Nos desvestimos con urgencia, tirando ropa al suelo húmedo. El sonido de cremalleras y telas rasgándose se mezcló con nuestros gemidos ahogados. Marco me tumbó sobre la lona, su boca devorando mis pechos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Dolor placer mezclado, como un rayo eléctrico bajándome al coño que ya chorreaba.

Luisa se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con gentileza. "Mírate, toda mojada por el ambiente", murmuró, antes de hundir la cara ahí. Su lengua era fuego, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, probando mis jugos dulces y salados. Olía a sexo crudo, a mujer excitada. Marco se puso de rodillas, ofreciéndome su verga gruesa, venosa, palpitante. La chupé con ganas, saboreando el pre-semen salado, mientras mis caderas se movían contra la boca de Luisa.

El calor nos envolvía, sudor goteando de nuestras frentes, mezclándose en charcos en la piel. Gemí alrededor de la polla de Marco, vibrando contra él. Quiero más, los quiero a los dos dentro de mí.

Cambié de posición, montándome en Marco. Su verga me llenó de un jalón, estirándome deliciosamente. El roce era intenso, cada embestida haciendo que mis paredes internas se contrajeran. Luisa se sentó en la cara de él, restregando su coño depilado contra su lengua. Yo la besé, probando mi propio sabor en su boca, nuestras lenguas enredándose como enredaderas de la selva.

Los sonidos eran obscenos: chapoteos húmedos, slap de carne contra carne, jadeos roncos. "¡Ay, cabrón, qué rico te sientes!" grité, cabalgándolo más fuerte. El olor a tierra mojada se colaba por la lona, mezclado con nuestro aroma animal.

Marco nos volteó a las dos, poniéndonos a cuatro patas lado a lado. Nos penetró alternadamente, primero a mí con fuerza, luego a Luisa con lentitud tortuosa. Sus bolas chocaban contra nosotras, enviando ondas de placer. Nos besamos de nuevo, dedos enredados en el pelo de la otra, mientras él nos cogía como poseído.

La tensión crecía, como una tormenta aproximándose. Sentía el orgasmo bullendo en mi vientre, mis muslos temblando.

Acto dos culminando: el clímax se acercaba imparable.

Marco aceleró, gruñendo como fiera. "Me vengo, chingadas". Se corrió dentro de Luisa primero, llenándola con chorros calientes que yo sentí resbalar cuando me la metió a mí después. Ese calor pegajoso me empujó al borde. Luisa metió dos dedos en mi culo mientras me follaba con la mano libre, y exploté. Un grito gutural salió de mi garganta, mi coño convulsionando, squirt salpicando la lona. Olas de éxtasis me recorrieron, visión borrosa, oídos zumbando con mi propio pulso.

Luisa se vino segundos después, frotándose el clítoris contra mi muslo, su cuerpo temblando contra el mío. Nos derrumbamos en un enredo de extremidades sudorosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

El sol se ponía, tiñendo la selva de naranja a través de la lona. El aire se enfrió un poco, trayendo olores frescos de jazmín nocturno. Nos limpiamos con toallitas húmedas, riendo bajito, tocándonos con ternura residual.

Neta, este medio ambiente en la triada epidemiológica nos contagió algo chido —dijo Marco, besándonos a las dos en la frente.

Luisa sonrió, acurrucándose en mi pecho. "Fue mutuo, empowering. Como un ciclo perfecto: agente del deseo, huéspedes dispuestos y este entorno que lo propició todo".

En este rincón de México, entre la vida y la selva, encontramos nuestro propio equilibrio. No solo estudiamos la triada; la vivimos en la piel, en el alma. Y qué chingón se siente.

Nos vestimos al caer la noche, el coro de grillos y ranas como aplauso. Mañana seguiríamos el trabajo, pero ahora con un secreto compartido, un lazo más fuerte que cualquier red de muestreo. El afterglow perduraba en mis músculos laxos, en el sabor persistente de ellos en mi lengua, en la promesa de más exploraciones. Aquí, en el corazón verde de Veracruz, la pasión había florecido tan salvaje como la naturaleza misma.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.