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Bedoyecta Tri Cada Cuanto Se Pone Para Encender La Pasión

7967 palabras

Bedoyecta Tri Cada Cuanto Se Pone Para Encender La Pasión

Estaba recostada en la cama de nuestra casa en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco, tiñendo todo de un dorado suave que hacía que la piel de Juan brillara como miel fresca. Él se acercó gateando sobre las sábanas revueltas, su aliento cálido rozándome el cuello, oliendo a café recién hecho y a ese jabón de lavanda que tanto me gustaba. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en la constructora, subieron por mis muslos, abriendo mis piernas con esa ternura juguetona que siempre me ponía la piel de gallina.

—Órale, mi reina, ¿por qué tan cansada hoy? —me susurró al oído, su voz ronca como grava bajo las llantas, mientras sus dedos trazaban círculos lentos en mi entrepierna, despertando ese cosquilleo familiar que me hacía arquear la espalda.

Yo solté un suspiro, mitad placer mitad frustración. Hacía semanas que el trabajo en la agencia de publicidad me tenía hecha un trapo: reuniones eternas, deadlines que no paraban y noches en vela frente a la compu. Quería devorarlo, sentir su verga dura llenándome hasta el fondo, pero mi cuerpo no respondía como antes.

«Puta madre, ¿por qué justo ahora me siento como una vieja? Tengo que hacer algo»
, pensé mientras sus labios chupaban mi lóbulo de la oreja, enviando chispas directas a mi clítoris.

—Es el pinche estrés, amor. Mi amiga Lu me platicó de unas inyecciones que le recetó el doc, Bedoyecta Tri. Dice que te da un subidón de energía brutal. —Le conté, jadeando cuando su mano se coló bajo mis panties de encaje negro, rozando mi humedad creciente.

Juan levantó la cabeza, sus ojos cafés brillando con picardía. —¿Bedoyecta Tri cada cuanto se pone? —preguntó, como si ya estuviera planeando cómo aprovecharlo. Su dedo índice se hundió en mí despacio, curvándose justo donde dolía de ganas, y yo gemí bajito, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo masculino.

—Una vez por semana, güey. Para no pasarse. Pero Lu jura que después de ponérsela, folla como loca toda la noche. —Le respondí, mordiéndome el labio mientras él aceleraba el ritmo, su pulgar presionando mi botón hinchado.

No llegamos al final esa tarde. Me vine rápido, temblando contra su mano, pero él se quedó con las ganas, besándome la frente con una promesa en los labios. Al día siguiente, fui a la clínica.

La sala de espera era fresca, con ese olor a desinfectante y aire acondicionado que te eriza los vellos. La enfermera, una morra guapa de unos treinta, con uniforme ajustado que marcaba sus curvas, me sonrió mientras preparaba la jeringa. —Es Bedoyecta Tri, carnala. Te va a dar vitaminas B12 y un chingo más. Cada cuanto se pone? Lo ideal es semanal, pero si estás muy bajoneada, dos veces. Relájate, nomás pica un poquito.

Me bajé el pantalón de mezclilla en la camita de exploración, exponiendo mi nalga redonda. Sentí el algodón frío, el pinchazo leve como un beso traicionero, y luego el líquido fresco entrando en mi músculo, expandiéndose con un calor sutil que me recorrió la pierna.

«Chin, ya siento el rush»
, murmuré para mis adentros mientras ella ponía una curita con forma de corazón. Salí de ahí flotando, el corazón latiéndome más rápido, la piel sensible como si cada roce del viento fuera una caricia.

De camino a casa en mi Jetta, el tráfico de Insurgentes era un desmadre, pero yo tarareaba una cumbia rebajada en la radio, sintiendo cómo la energía subía por mi espina dorsal. Llamé a Juan: —Ya me la puse, pendejo. Venle rápido, que te quiero montar como yegua salvaje.

Él llegó en menos de media hora, sudado del calor de la calle, con esa camiseta blanca pegada a sus pectorales duros. Apenas cerró la puerta, lo empujé contra la pared del pasillo, devorando su boca con hambre de loba. Saboreé la sal de su sudor en su lengua, mis uñas clavándose en su espalda mientras él me alzaba contra su cadera, mis piernas envolviéndolo como enredaderas.

—¿Ya hizo efecto la Bedoyecta Tri? —gruñó entre besos, sus manos amasando mis nalgas con fuerza, el roce de su erección dura contra mi monte de Venus enviándome descargas eléctricas.

—¡Pinche sí! Siento que puedo cogerte toda la noche sin parar —le contesté, mordiéndole el cuello, oliendo su colonia mezclada con masculinidad pura.

Lo arrastré al cuarto, tirando ropa por el camino. Su playera voló, revelando ese torso tatuado con un águila que tanto me excitaba. Me arrodillé frente a él, desabrochando su jeans con dientes, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el presemen salado, mis manos apretando sus bolas pesadas. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo negro largo, guiándome sin forzar, solo disfrutando.

Me puse de pie, quitándome la blusa y el bra, mis tetas medianas saltando libres, pezones duros como piedras. Juan me succionó uno, tirando con los dientes justo lo suficiente para doler rico, mientras sus dedos volvían a mi coño empapado, chapoteando en mis jugos. El calor de la inyección aún latía en mi nalga, recordándome el poder que ahora corría por mis venas.

Lo empujé a la cama, montándolo a horcajadas. Su verga se hundió en mí de un solo embiste, estirándome deliciosamente, llenándome hasta que sentí su glande besando mi cervix. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el sudor perlando mi piel, goteando sobre su pecho.

—¡Más rápido, mi chava! —me rogó, sus caderas subiendo para clavárseme más hondo, sus manos guiando mis caderas en círculos viciosos.

Aceleré, el slap-slap de carne contra carne llenando el aire, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de las resortes. Olía a sexo crudo: mi excitación dulce y pegajosa, su sudor salobre. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando, y yo me vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, contrayendo mi panocha alrededor de su pija, ordeñándolo.

Pero no paramos. La Bedoyecta Tri me tenía invencible. Lo volteé, poniéndome en cuatro, mi culo en pompa invitándolo. Entró por atrás, brutal pero consensuado, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada.

«¡Qué rico se siente esta energía, carnal! Cada cuanto se pone esta madre, pero yo quiero diaria»
, pensé entre alaridos, mientras él me jalaba el pelo, llamándome su puta consentida.

Cambiámos posiciones mil veces: de lado, con mis piernas sobre sus hombros, él lamiéndome el ano mientras me penetraba con dedos. Sudor everywhere, sábanas empapadas, el cuarto un horno de pasión mexicana. Finalmente, lo sentí hincharse dentro de mí, rugiendo mi nombre mientras se vaciaba, chorros calientes bañando mis entrañas. Yo exploté de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando, gritando obscenidades en chilango puro: —¡Córrete adentro, cabrón! ¡Lléname!

Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones tronando al unísono. El aire olía a semen y fluidos mezclados, a victoria compartida. Me besó la nuca, riendo bajito. —Pinche Bedoyecta Tri, milagro. ¿Cada cuanto se pone para que sigas así de rica?

Yo sonreí, trazando sus músculos con uñas flojas, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. —Semanal, amor. Pero contigo, hasta diaria si hace falta. Esto apenas empieza.

Nos quedamos así, enredados, planeando la próxima dosis, sabiendo que nuestro fuego acababa de renacer más ardiente que nunca. La ciudad zumbaba afuera, pero en nuestra cama, éramos reyes del placer infinito.

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