La Apendicitis Triada
Todo empezó una tarde calurosa en mi depa de la Condesa, con el sol colándose por las cortinas y el olor a tacos de la taquería de la esquina flotando en el aire. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, estaba recostada en el sofá sintiendo un dolor punzante en el lado derecho de la panza, justo en el cuadrante inferior. Órale, pensé, esto no pinta bien. Luego vinieron las náuseas, como si mi estómago se revolviera solo, y ni siquiera pude tragar el bocado de mi torta de milanesa. La apendicitis triada al cien: dolor, náuseas, falta de apetito. Me asusté cañón, porque ya había oído historias de cuates que terminaban en quirófano de la noche a la mañana.
Llamé a Marco, mi moreno favorito, el que estudiaba medicina en la UNAM y siempre olía a esa colonia fresca que me volvía loca.
—Neta, carnal, ven rápido, creo que traigo apendicitis —le dije por WhatsApp, con la voz temblorosa.Él contestó al tiro: Ya voy, mi reina, no te muevas. Minutos después, su camioneta se paró afuera y entró como huracán, con su bata blanca improvisada sobre la playera ajustada que marcaba sus pectorales. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y aunque estaba preocupada, sentí un cosquilleo en la piel solo de verlo.
—Déjame revisarte, preciosa —murmuró, arrodillándose a mi lado. Sus manos grandes y cálidas se posaron en mi abdomen, presionando suave sobre la blusa ligera. El toque fue profesional al principio: palpó el punto McBurney, el clásico para la apendicitis. Pero cuando sus dedos rozaron mi piel desnuda al subir la tela, un calor traicionero se extendió desde mi vientre hasta mis muslos. ¿Qué chingados? Mi pulso se aceleró, el dolor se mezcló con un palpitar distinto, más bajo, más húmedo. Olía a su sudor mezclado con esa loción de sándalo, y el sonido de su respiración profunda me erizaba los vellos.
—Dime qué sientes exactamente —preguntó, su voz ronca, inclinándose más cerca. Su aliento caliente rozó mi ombligo, y juro que las náuseas se transformaron en un mareo delicioso, como si mi cuerpo gritara por más.
—Dolor aquí... y náuseas... no tengo hambre de nada —jadeé, pero mis caderas se arquearon solas hacia su mano. Él sonrió pícaro, sabiendo ya el truco.
—Mi amor, esto no es apendicitis triada. Es la triada del deseo que traes guardado hace semanas. Tus síntomas son puro antojo por mí —susurró, mientras sus dedos trazaban círculos lentos alrededor del dolor, bajando peligrosamente hacia mi entrepierna. El roce era eléctrico, mi piel ardía bajo sus yemas ásperas de tanto jugar basquet. Sentí mi concha humedecerse, el olor almizclado de mi excitación empezando a perfumar el aire.
En el medio de todo, la tensión subió como volcán. Marco me cargó al cuarto, depositándome en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la bata, revelando su torso moreno y marcado, la verga ya medio parada asomando en el bóxer. Qué chulada, pensé, lamiéndome los labios. Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el sabor salado de mi cuello, el gemido que escapó de mi garganta cuando chupó mi teta izquierda, endureciendo el pezón con su lengua áspera.
No puede ser, pendejo, ¿y si sí es apendicitis?me cuestioné en la cabeza, pero el conflicto se disipó cuando sus manos separaron mis piernas. Olía a mi propia esencia, dulce y pegajosa, mientras él inhalaba profundo. —Estás empapada, reina. Esta triada es por mí, por nosotros, gruñó, lamiendo mi clítoris con la punta de la lengua. El sonido húmedo de su boca en mi carne me volvió loca, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. El dolor en la panza se convirtió en placer punzante, cada lamida enviando ondas que me hacían arquear la espalda.
Le rogué: —Chíngame ya, Marco, no aguanto. Pero él jugó, metiendo dos dedos gruesos en mi interior resbaloso, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Sentía su verga dura presionando mi muslo, el calor palpitante, el pre-semen untándose en mi piel suave. Mi mente era un torbellino: Esto es mejor que cualquier medicina, neta que este moreno me cura con su cuerpo. Gemí su nombre, el sudor perlando mi frente, el sabor de su beso invadiendo mi boca mientras sus caderas se mecían contra mí.
La intensidad creció, mis piernas temblando alrededor de su cintura. Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, untándose en mis jugos. —Dime si quieres parar —preguntó, siempre atento, pero yo lo jalé más cerca. —No pares, cabrón, dame todo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel, chapoteante y obsceno, llenó la habitación. Olía a sexo puro, a nosotros mezclados. Cada embestida golpeaba profundo, transformando la supuesta apendicitis en éxtasis abdominal, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor venoso.
Marco aceleró, sus bolas golpeando mi culo, sus manos amasando mis nalgas. Qué rico su peso sobre mí, su aliento jadeante en mi oreja. Le mordí el hombro, saboreando su sal, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta. —Ya vengo, mi chulo, grité, y exploté: ondas de placer sacudiendo mi cuerpo, mi concha ordeñando su verga en espasmos interminables. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen goteando entre mis pliegues.
En el final, nos quedamos enredados, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El dolor se había ido, las náuseas olvidadas, el apetito rugiendo por él de nuevo.
La apendicitis triada fue solo pretexto para esto, para redescubrirnos, reflexioné, acariciando su cabello revuelto. Afuera, la ciudad bullía con cláxones y risas, pero adentro, solo paz y promesas de más noches así. Marco levantó la vista, besándome suave: —Siempre seré tu doctor, mi amor. Y yo supe que esta triada era eterna, la de placer, amor y deseo mexicano puro.