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Haragan Liran Roll El Tri en Sudor y Fuego

6851 palabras

Haragan Liran Roll El Tri en Sudor y Fuego

El antro estaba a reventar, el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a cerveza derramada que te pega en la nariz como un puñetazo. Luces estroboscópicas barrían el escenario, y el rugido de la guitarra de Haragán me erizaba la piel. Yo, Karla, con mi falda corta negra y blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, me abrí paso entre la multitud sudada. Neta, amaba estos conciertos de rock mexicano, donde el desmadre se siente en las venas.

Me paré cerca del escenario, sintiendo las vibraciones del bajo retumbar en mi pecho. Haragán y su banda la armaban cañón, con letras que hablaban de la vida callejera pero con ese filo rebelde que me ponía calenturienta. El vocalista gritaba sobre ser haragán pero libre, y yo me mecía al ritmo, mi cuerpo pidiendo más. De repente, choqué con alguien. Un wey alto, moreno, con cabello largo desgreñado y una playera de Liran' Roll empapada en sudor.

Órale, qué chula, perdón por el empujón
me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca cortando el ruido como un solo de guitarra.

Lo miré de arriba abajo: brazos tatuados, jeans ajustados que marcaban todo, y unos ojos cafés que brillaban con picardía. Este pendejo está bueno, pensé, mientras el calor entre mis piernas empezaba a subir.

Acto uno completo: la chispa. Me presenté, él era Alex, fanático empedernido de Liran' Roll y El Tri. Charlamos gritando sobre las bandas, cómo Haragán nos hacía sentir invencibles, y de repente Liran' Roll subió al escenario. El riff inicial me hizo brincar, y Alex me jaló para bailar pegaditos. Su mano en mi cintura era firme, cálida, enviando chispas por mi espina. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace morderte el labio.

La multitud nos aplastaba, pechos contra pechos, y sentí su dureza presionando mi cadera.

Neta, Karla, tu cuerpo es puro fuego
murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Le contesté con un roce deliberado, mi nalga contra su entrepierna. La tensión crecía con cada acorde heavy de Liran' Roll, sus letras sobre deseo crudo resonando en mi cabeza.

Cuando El Tri tomó el escenario, el desmadre explotó. Triste canción de amor no, puro rockazo con roll puro. Alex me besó ahí mismo, entre la mosh pit, su lengua invadiendo mi boca con sabor a chela y urgencia. Consentí al instante, mis manos enredándose en su pelo, jalándolo más cerca. El beso era salvaje, dientes chocando, saliva mezclándose, mientras la voz de Alex Lora tronaba Abuso o lo que fuera, pero yo solo sentía su pulso acelerado contra el mío.

Nos separamos jadeantes.

Vámonos de aquí, carnala, no aguanto más
propuso, y yo asentí, empapada ya entre las piernas.

Salimos del antro tomados de la mano, el fresco de la noche mexicana golpeándonos como un bálsamo. Su moto estaba parqueada afuera, una chulada negra. Me subí atrás, abrazándolo fuerte, mis tetas aplastadas contra su espalda mientras rugía el motor. Volamos por las calles de la CDMX, luces de neón reflejándose en charcos, el viento azotando mi falda hasta dejarme casi expuesta. Mi coño palpitaba con cada bache, imaginando lo que vendría.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chido con posters de Haragán, Liran' Roll y El Tri en las paredes. No perdimos tiempo. Apenas cerró la puerta, me estampó contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos. Su tacto era áspero, calloso de tanto tocar guitarra, perfecto. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis pechos libres bajo el bra negro de encaje. Los lamió, mordisqueó los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, mientras yo gemía bajito,

Así, wey, no pares
.

Lo empujé al sofá, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La olí, ese olor almizclado a macho listo, y la chupé despacio, saboreando la sal en mi lengua. Alex gruñó, sus caderas empujando, pero yo controlaba el ritmo, lamiendo desde la base hasta la cabeza, mis manos masajeando sus huevos pesados.

Eres una diosa, Karla, neta
jadeó, y eso me encendió más.

La intensidad subía como un solo de guitarra en vivo. Me paré, me quité la falda y las tangas, quedando desnuda frente a él. Mi piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, mi monte de Venus depilado invitándolo. Se levantó, me cargó como si nada y me llevó a la cama. Ahí, en las sábanas revueltas oliendo a él, me abrió las piernas. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con hambre, chupando mis labios mayores jugosos. Grité, arqueándome, el placer como rayos eléctricos. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mezclada con su saliva.

Le supliqué que me cogiera. Se puso un condón –siempre responsable, qué chingón– y se hundió en mí de un solo empujón. Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empezó lento, cada embestida rozando mi punto G, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Aceleró, sudor goteando de su frente a mi pecho, resbaloso. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas, gritando

Más duro, pendejo, rómpeme
. El colchón crujía, la cabeza de la cama golpeteaba la pared, un ritmo propio como el de El Tri.

Cambié de posición, montándolo a mí. Reboté sobre su polla, mis tetas saltando, él amasándolas. Sentía cada vena pulsando dentro, mi coño apretándolo como un puño. El orgasmo me agarró de sorpresa, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros de placer salpicando. Él no se vino aún, me volteó a cuatro patas y me dio como animal, jalándome el pelo, palmadas en el culo que ardían rico. El sonido de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor a sexo puro – todo me llevaba al límite otra vez.

Se corrió con un rugido, llenando el condón mientras yo explotaba de nuevo, piernas temblando. Colapsamos juntos, enredados, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. Su mano acariciaba mi espalda, suave ahora, mientras recuperábamos el aliento.

Qué noche, Karla, como Haragán Liran Roll El Tri en vivo, puro desmadre chingón
murmuró, riendo bajito.

Me acurruqué contra él, oliendo su cuello, sintiendo la paz post-sexo. Pensé en cómo empezó todo con un choque en el mosh, y ahora aquí, empoderada, satisfecha. No era solo cogida; era conexión, rock en las venas, deseo mutuo. Al amanecer, nos besamos lentos, prometiendo más conciertos, más noches así. El eco de esas bandas aún vibraba en mí, un recordatorio de que la vida es para quemarla con pasión.

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