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El Susurro Sensual del Branford Marsalis Trio Jeepy

5942 palabras

El Susurro Sensual del Branford Marsalis Trio Jeepy

El sol del atardecer teñía de naranja las curvas de la carretera costera rumbo a Puerto Vallarta. Tú, al volante del viejo Jeep Wrangler que tu carnal te había prestado, sentías el viento salado azotando tu cara mientras el motor rugía como un animal salvaje. A tu lado, ella, la morra que habías conocido en esa fiesta en la Zona Rosa, con su falda ligera ondeando y esas curvas que te volvían loco desde el primer vistazo. Se llamaba Ximena, y su risa era como el jazz que empezabas a poner en el estéreo.

Metiste el CD del Branford Marsalis Trio Jeepy, esa edición especial que habías cazado en una tiendita de discos en Polanco. La primera nota del saxo de Branford te erizó la piel, suave y profundo, como un caricia en la nuca. Ximena se recargó en el asiento de piel gastada, que olía a aventura y un toque de su perfume floral. Chingón este pedo, murmuraste, y ella sonrió, mordiéndose el labio inferior.

"Órale, carnal, este Branford Marsalis Trio Jeepy me prende un chorro", dijo ella con esa voz ronca que te hacía apretar el volante. El Jeep traqueteaba por el camino empedrado, subiendo una lomita con vista al mar Pacífico, donde las olas chocaban con espuma blanca. Tú sentías el calor subiendo por tus piernas, el sudor perlándote la frente, y no era solo por el bochorno de la tarde. Sus ojos te recorrían, deteniéndose en el bulto que ya se notaba en tus jeans.

El saxo gemía en la rola principal, Jeepy, un tema que Branford había compuesto pensando en noches locas de road trip, o eso decían las notas del disco. Ximena estiró la mano y la puso en tu muslo, sus uñas pintadas de rojo rozando la tela áspera. ¡Puta madre, qué rico! pensaste, mientras el pulso se te aceleraba al ritmo del bajo y la batería sutil. El olor a mar se mezclaba con el de su piel caliente, un aroma dulce y salado que te nublaba la razón.

¿Y si paramos aquí nomás? Este pinche jazz me está poniendo cardíaca...

La miraste de reojo, su blusa semitransparente dejando ver el encaje negro de su brasier. Aparcaste el Jeep en un claro apartado, rodeado de palmeras susurrantes y el rumor constante del oleaje. El motor se apagó, pero la música seguía fluyendo, envolviéndolos como una niebla sensual. Bajaste la lona del techo, dejando que la brisa tropical los bañara.

Ximena se giró hacia ti, sus ojos brillando con esa chispa juguetona. "Ven pa'cá, pendejo", te dijo riendo, jalándote por la camisa. Sus labios se estrellaron contra los tuyos, suaves y húmedos, saboreando a coco de su gloss. Tú le devoraste la boca, las lenguas enredándose como el saxo solo en el Branford Marsalis Trio Jeepy. Tus manos bajaron por su espalda, sintiendo la curva de su cintura, la tela de la falda subiéndose por sus muslos firmes.

La recargaste contra el tablero caliente, el metal aún tibio del sol quemándote las palmas a través de su ropa. Ella jadeaba, "¡Ay, wey, qué chido!", mientras tus dedos exploraban bajo la falda, encontrando el calor húmedo de sus calzones. El olor a su excitación te golpeó, almizclado y adictivo, mezclándose con el salitre del mar. El Jeep se mecía levemente con sus movimientos, las llantas hundiéndose un poco en la arena suelta.

Le quitaste la blusa de un jalón, exponiendo sus tetas perfectas, pezones duros como piedras bajo tus labios. Los chupaste con hambre, saboreando el salado de su piel sudada, mientras ella te clavaba las uñas en la espalda. Esto es lo que necesitaba, carajo, pensaste, el corazón latiéndote en los oídos por encima del jazz que ahora parecía banda sonora de su propio concierto privado. Sus manos bajaron a tu bragueta, liberando tu verga tiesa, palpitante, que ella acarició con maestría, el roce de sus dedos enviando chispas por tu espina.

La volteaste, poniéndola de rodillas en el asiento del copiloto, su culo empinado invitándote. El viento jugaba con su pelo negro, y tú te posicionaste atrás, frotando la punta contra su entrada resbalosa. "Métemela ya, cabrón", suplicó ella, y tú obedeciste, embistiéndola lento al principio, sintiendo cada centímetro de su calor apretado envolviéndote. El slap de piel contra piel se sincronizaba con el ritmo del Branford Marsalis Trio Jeepy, el saxo gimiendo como ella.

Acabaste por subirle las caderas, follando más profundo, tus bolas golpeando su clítoris hinchado. Ella se retorcía, "¡Más fuerte, pinche loco!", y tú le dabas con todo, el Jeep temblando como si fuera a desarmarse. Sudor chorreaba por tu pecho, goteando en su espalda, el sabor salado en tus labios cuando la besaste en el cuello. Sus paredes internas se contraían, ordeñándote, y sentiste el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

El clímax la golpeó primero: gritó tu nombre, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando tus muslos. Tú la seguiste segundos después, vaciándote dentro de ella con un rugido gutural, el placer explotando en fuegos artificiales por todo tu ser. El jazz llegaba a su solo final, suave y melancólico, mientras colapsaban juntos, jadeantes, enredados en el asiento.

El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de púrpura. Ximena se acurrucó contra tu pecho, su respiración calmándose, el olor a sexo y mar impregnando el Jeep. "Ese Branford Marsalis Trio Jeepy es mágico, ¿no?", murmuró ella, trazando círculos en tu piel con el dedo.

Sí, morra, pero tú lo haces inolvidable.

Tú sonreíste, besándole la frente, sintiendo una paz profunda mientras la música fadeaba. La carretera los esperaba, pero por ahora, ese claro era su paraíso privado, un recuerdo que llevarían grabado en la piel y el alma.

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