Ruby Try Catch Deseo Codificado
Estás en la oficina de la startup en Polanco, CDMX, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el ambiente. Es medianoche, y solo quedas tú y Ruby, la nueva programadora que llegó hace dos semanas de Guadalajara. Neta, desde el primer día que la viste, con su pelo rojo fuego cayéndole en ondas sobre los hombros y esa blusa ajustada que marca sus curvas perfectas, sentiste un cosquilleo en el estómago. Ruby, se llama igual que el lenguaje de programación que están debuggeando esta noche. Qué ironía, piensas, mientras tecleas furiosamente en tu laptop.
—Órale, wey, mira este ruby try catch que armé —dice ella, girando su pantalla hacia ti. Su voz es ronca, con ese acento tapatío que te eriza la piel. Se inclina, y sientes el calor de su cuerpo acercándose, el perfume dulce de vainilla y algo más, algo animal que te hace tragar saliva.
Te acercas, tus hombros se rozan. El código brilla en la pantalla: un bloque try-catch en Ruby para manejar excepciones en el parser de datos. Sus dedos delgados vuelan sobre el teclado, y no puedes evitar notar sus uñas pintadas de rojo intenso, como rubíes pulidos.
Concéntrate, cabrón. Es trabajo, no el momento para ponerte menso.Pero tu mente divaga, imaginando esas manos en tu piel.
—Está chido, pero aquí falta un rescue más específico —murmuras, tu aliento rozando su oreja. Ella se estremece levemente, y jura que no fue tu imaginación. Sus ojos verdes te clavan, brillando bajo la luz azulada de las pantallas. Hay una chispa ahí, un deseo latente que han estado ignorando durante días de reuniones, cafés compartidos y chistes internos sobre código.
Pasan las horas. El silencio se llena de risas ahogadas cuando el código falla de nuevo, y cada vez que Ruby se estira, su falda sube un poco, revelando muslos firmes y bronceados. Sientes el pulso acelerado en tus venas, el calor subiendo por tu pecho. Ella trae una botella de agua fría, y al pasártela, sus dedos se demoran en los tuyos. Electricidad. Pura electricidad.
—Neta, este ruby try catch nos está matando —se queja, recargándose en tu silla. Su rodilla toca la tuya, y no se mueve. Al contrario, presiona un poquito más.
Levantas la vista. Sus labios carnosos entreabiertos, húmedos por la lengua que los humedece.
¿Qué chingados? ¿Esto está pasando?Asientes, y sin palabras, tu mano sube a su nuca, atrayéndola. El primer beso es tentativa, labios suaves chocando como código probándose. Sabe a menta y café, fresco y adictivo. Ella gime bajito, un sonido que vibra en tu boca y te pone duro al instante.
El beso se profundiza. Lenguas enredándose, explorando, el sabor salado de su saliva mezclándose con la tuya. Tus manos bajan por su espalda, sintiendo la curva de su cintura, la tela suave de la blusa bajo tus palmas. Ella se sube a tu regazo, piernas abiertas a horcajadas, presionando su calor contra tu erección. Qué rica está, piensas, mientras muele despacio, el roce enviando ondas de placer por tu espina.
—Te deseo desde el día uno, wey —susurra contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente te eriza los vellos, y el olor de su arousal, almizclado y dulce, te invade las fosas nasales. Desabrochas su blusa, botón por botón, revelando encaje negro que abraza pechos plenos. Los besas, lamiendo el borde del sostén, saboreando el sudor salado de su piel. Ella arquea la espalda, gimiendo más fuerte, el sonido rebotando en las paredes vacías de la oficina.
Pero se detiene un segundo, jadeante. —Espera, ¿y si nos pillan? —pregunta, ojos brillantes de excitación y un toque de nervios.
—Try catch, mi amor. Si algo sale mal, lo manejamos —respondes, riendo bajito. Ella suelta una carcajada ronca, y eso rompe la tensión. La cargas en brazos, fuerte y segura, hacia el sofá de la sala de juntas. Sus piernas se enredan en tu cintura, uñas clavándose en tu espalda a través de la camisa.
La recuestas con cuidado, pero el hambre es feroz ahora. Le quitas la falda, deslizándola por sus caderas anchas, revelando bragas empapadas. El olor a sexo inminente te marea. Tus dedos trazan su interior, sintiendo la humedad caliente, resbaladiza. Ella jadea, caderas elevándose para encontrarte.
—¡Sácamela ya! —ordena, tirando de tu cinturón. Su mano libera tu verga, dura como piedra, palpitante. La acaricia despacio, pulgar en la punta húmeda, enviando chispas por todo tu cuerpo.
Qué chingón se siente su toque. Suave pero firme, como si supiera exactamente qué quiero.Te posicionas entre sus muslos, frotándote contra su entrada, lubricándote con sus jugos. Ella gime, un sonido gutural, mexicano puro: —¡Métemela, pendejo! ¡No me hagas esperar!
Empujas lento al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndote, apretado y perfecto. Ella es fuego líquido, contrayéndose alrededor de ti. Comienzas a moverte, ritmo gradual, profundo. El slap-slap de piel contra piel llena el aire, mezclado con sus gemidos y tus gruñidos. Sudor perla su frente, gotea entre sus pechos, que rebotan con cada embestida. La pruebas, lamiendo el salado, chupando pezones duros como balas.
La intensidad sube. Ella clava uñas en tus hombros, dejando marcas rojas que arden deliciosamente. Cambian posiciones: ella arriba, cabalgándote como amazona, pelo rojo volando salvaje. Sus caderas giran, moliendo su clítoris contra tu pubis, persiguiendo su placer. Tú agarras sus nalgas, firmes y redondas, guiándola más rápido. El olor a sexo es espeso, embriagador, el sabor de su piel en tu boca.
—¡Más fuerte, wey! ¡Estoy cerca! —grita, voz quebrada. Aceleras, sintiendo tus bolas apretarse, el orgasmo construyéndose como un loop infinito. Ella se tensa primero, cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñándote en oleadas. Su grito es primal, eco en la noche: ¡Ay, cabrón! Eso te lanza al borde. Explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola, placer cegador que te hace ver estrellas.
Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón galopando al ritmo del tuyo. El aire huele a ellos, a pasión consumada. Besas su frente, húmeda y salada.
—El mejor ruby try catch de mi vida —murmura ella, riendo suave. Tú sonríes, acariciando su espalda. La oficina parece distinta ahora, cargada de su secreto compartido. Se visten despacio, robándose besos perezosos, promesas susurradas de más noches así.
Salen tomados de la mano al amanecer, la ciudad despertando con bocinas lejanas y olor a tacos de la esquina.
Esto no fue un error. Fue el código perfecto. Y lo manejamos sin exceptions.Ruby te aprieta la mano, y sabes que esto apenas empieza.