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Suite Erótica de Claude Bolling para Flauta y Trío de Jazz Piano

7700 palabras

Suite Erótica de Claude Bolling para Flauta y Trío de Jazz Piano

Entraste al jazz club en la Condesa, ese rincón chido de la Ciudad de México donde la noche se pone viva con saxofones y teclados que te erizan la piel. El aire estaba cargado de humo dulce de cigarros finos y el olor a whiskey añejo que flotaba como una promesa. Luces tenues bailaban sobre las mesas, y el murmullo de la gente se mezclaba con el tintineo de vasos. Neta, qué chingón lugar para soltar el estrés de la pinche semana, pensaste mientras te acomodabas en la barra, pidiendo un mezcal puro de Oaxaca que te quemara la garganta como un beso ardiente.

De pronto, el trío empezó a tocar. La flauta principal cortó el aire como un suspiro largo y sensual, seguida del piano jazzero que respondía con acordes juguetones, el bajo marcando el pulso como un corazón acelerado y la batería susurrando ritmos que te hacían mover las caderas sin querer. Era la Suite de Claude Bolling para Flauta y Trío de Jazz Piano, esa pieza que conocías de oídas pero que ahora te golpeaba directo en el alma. La flautista, una morra de unos treinta pirulos, con curvas que desafiaban el vestido negro ajustado, soplaba con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando como si estuviera haciendo el amor con el instrumento. Su cabello negro caía en ondas salvajes sobre los hombros, y cada nota salía de sus labios rojos como un gemido contenido.

¿Quién es esa diosa? Me la quiero comer con los ojos, wey
, te dijiste, sintiendo un calor subiendo por tu entrepierna mientras la mirabas. El sonido de la flauta te rozaba la nuca como dedos invisibles, el piano jazzero te vibraba en el pecho, y el trío entero te envolvía en una red de deseo que no podías ignorar. Terminado el primer movimiento, aplausos estallaron, pero tú solo la seguías con la vista mientras bajaba del escenario, sudada y radiante, con el flute colgando de su mano como un juguete prohibido.

Acto primero de tu noche: ella se acercó a la barra, pidiendo un tequila reposado. Órale, esta es mi chance. Te volteaste con una sonrisa pícara. "Órale, carnala, qué chingona esa Suite de Claude Bolling para Flauta y Trío de Jazz Piano. Me pusiste a sudar nomás de verte soplar."

Ella rio, una carcajada ronca que te erizó los vellos. "Gracias, guapo. Soy Laura, la que hace magia con la flauta. ¿Y tú? ¿Vienes mucho por acá?" Sus ojos cafés te escanearon de arriba abajo, deteniéndose en tu camisa entreabierta que dejaba ver un poco de pecho. Olía a jazmín mezclado con su sudor fresco, un aroma que te ponía la verga dura al instante.

Charlaron un rato, coqueteando con frases mexicanas que volaban como chispas. "Eres un mamón, pero de los chidos", le dijiste, y ella contestó: "Tú no te quedas atrás, pinche coqueto. ¿Bailamos el próximo set?" El deseo inicial era como el primer sorbo de mezcal: ardiente, prometedor, pero aún no explotaba.

El segundo acto empezó cuando el trío retomó la suite. La agarraste de la cintura en la pista improvisada, sus caderas pegándose a las tuyas al ritmo del piano jazzero. La flauta de Laura resonaba en tu cabeza aunque ya no tocaba; sentías su aliento caliente en tu oreja, sus tetas rozando tu pecho con cada giro. Qué rica está esta morra, neta me la quiero chingar ya. Tus manos bajaron a su culo firme, apretando suave, y ella gimió bajito: "No seas pendejo, sigue así y no respondo." El roce de su vestido de seda contra tu piel era eléctrico, el sudor de ambos mezclándose en un olor almizclado que te volvía loco. Besos robados en la penumbra, lenguas danzando como la flauta y el piano en esa suite mágica.

La tensión subía como el crescendo de la pieza. Sus uñas te arañaban la espalda por encima de la camisa, tu verga palpitando contra su muslo. "Vamos a mi depa, está a dos cuadras", murmuró ella, su voz ronca de puro antojo. Salieron tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con el fuego de sus cuerpos. Caminando por las calles empedradas de la Condesa, con faroles iluminando sus siluetas, ella te besaba el cuello, mordisqueando suave.

Esto va a estar de huevos, carnal. No la cagues
.

Llegaron al loft minimalista, con vistas a los edificios chic y una bocina que ponía de fondo —qué casualidad— la Suite de Claude Bolling para Flauta y Trío de Jazz Piano en vinilo. Laura te empujó contra la pared, desabrochándote la camisa con dedos ansiosos. "Quítate todo, guapo. Quiero verte desnudo mientras suena esto." Su vestido cayó al suelo como una cascada negra, revelando lencería roja que acentuaba sus chichis grandes y redondos, la panocha depilada asomando bajo el encaje. Olía a su excitación, ese musk dulce y salado que te hacía salivar.

Acto medio en pleno: la cargaste a la cama king size, besos hambrientos por todo el cuerpo. Lamiste sus pezones duros como piedras, saboreando el salado de su piel sudada. Ella arqueaba la espalda al ritmo de la flauta en la música, gimiendo: "¡Ay, wey, qué rico! Chúpame más." Tus manos exploraban su concha húmeda, dedos deslizándose en jugos calientes que chorreaban. Su calor me quema, neta es una chingona en la cama. Ella te volteó, montándote la cara, restregando su clítoris hinchado contra tu lengua. El sabor era ácido y dulce, como tamarindo maduro, mientras el piano jazzero marcaba el pulso de sus caderas.

La intensidad crecía. Te puso de rodillas, mamándote la verga con labios expertos, succionando hasta la garganta mientras la flauta solista gemía en el fondo. Sentías su saliva tibia corriendo por tus bolas, el cosquilleo subiendo por la columna. "Eres enorme, pinche cabrón", dijo entre chupadas, sus ojos lujuriosos fijos en los tuyos. La volteaste boca abajo, embistiéndola lento al inicio, la punta de tu pija abriendo sus labios vaginales resbalosos. Cada thrust era un acorde perfecto: el slap de piel contra piel, sus grititos ahogados, el olor a sexo impregnando el aire.

"¡Más fuerte, métemela toda!", rogaba ella, clavando uñas en las sábanas. Aceleraste, el trío jazzero en la suite alcanzando su clímax musical justo cuando tú la penetrabas profundo, rozando su punto G. Sudor goteaba de tu frente a su espalda, el tacto resbaloso de sus nalgas contra tu pubis era puro éxtasis. Internamente luchabas:

No te vengas ya, aguántale para que ella explote primero
. Ella se corrió primero, convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas, gritando "¡Me vengo, cabrón! ¡Qué chido!".

El tercer acto, el gran finale: la pusiste en misionero, piernas en tus hombros, follando con furia animal mientras la suite llegaba a su resolución armónica. Sus tetas rebotaban, pezones rozando tu pecho, besos salados y desesperados. El pulso de tu corazón latía al ritmo del bajo, el olor de su corrida mezclándose con tu precum. "Córrete adentro, lléname", suplicó, y no pudiste más. Explosión: semen caliente brotando en chorros dentro de su concha apretada, ondas de placer sacudiéndote entero, gemidos roncos escapando de tu garganta.

Afterglow: colapsaron enredados, respiraciones jadeantes calmándose al compás del fade out de la música. Su cabeza en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel húmeda. "Eres un chingón, wey. Esa suite nunca sonó tan erótica." Reíste, besándole la frente. Neta, esto fue de otro nivel. ¿Repetimos? La noche terminó con promesas de más jazz y más pasión, el eco de la flauta y el piano jazzero trio latiendo en sus memorias como un secreto compartido. El deseo inicial se había transformado en conexión profunda, un cierre perfecto como el final de la suite.

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