Bajo las Moonbeams del Trío Bill Evans
La noche en mi depa de la Roma caía suave como un susurro de jazz. El vinilo del Bill Evans Trio Moonbeams giraba en el tocadiscos viejo que mi carnal me había prestado. Esa música, neta, era como un carajo de seda tocando mi alma. Pianito delicado, bajo que vibra en el pecho, batería que acaricia sin prisa. Yo, recargado en el barandal del balcón, con un mezcal en la mano, veía las luces de la ciudad parpadear como estrellas pendejas.
Ahí entró ella, mi morra Lupita, con ese vestido negro ceñido que le marcaba las curvas como si el diseñador lo hubiera hecho pensando en mis manos. Órale, qué chingona, pensé mientras la veía caminar con ese meneo de caderas que me ponía la verga dura de volada. Traía el pelo suelto, negro como la noche mexicana, y un olor a jazmín que me invadió las fosas nasales antes de que me diera el beso en la boca.
—Ponte cómodo, mi amor —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Hoy la neta es dejarnos llevar por esta rola.
La aguja bajó y las moonbeams del Bill Evans Trio empezaron a fluir. Caminamos al centro de la sala, el piso de madera crujiendo bajito bajo nuestros pies. Sus manos en mi cuello, las mías en su cintura, bailamos lento, pegaditos. Sentía el calor de su cuerpo filtrándose por la tela, sus tetas rozando mi pecho con cada giro. El piano de Evans era como un dedo invisible recorriendo mi espinazo, bajando hasta mis huevos.
¿Por qué carajos esta morra me pone así de loco? Es su mirada, esa que promete pecados sin remordimientos.
El deseo empezó a cocerse despacio. Le besé el cuello, saboreando el salitre de su piel mezclado con perfume. Ella gimió bajito, un sonido que se fundió con el solo de piano. Mis manos bajaron a sus nalgas, apretando esa carne firme que tanto me gustaba. —Pinche rico —murmuró, mordiéndome la oreja.
La llevé al sofá de piel, que olía a nosotros de otras noches. Nos sentamos, ella a horcajadas sobre mí, el vestido subiéndose por sus muslos morenos. El jazz seguía, ahora una pieza más íntima, como si Bill Evans supiera lo que veníamos. Le quité los tirantes, dejando que el vestido cayera, revelando sus chichis perfectos, pezones duros como piedras de obsidiana. Los chupé, lamiendo despacio, sintiendo su sabor dulce y salado. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas que arderían mañana.
El aire se llenó de nuestro olor: sudor fresco, excitación que huele a mar y a tierra mojada después de la lluvia. Mis dedos exploraron bajo su falda, encontrando su calzón empapado. Ya está lista, la chava. La froté suave, círculos lentos al ritmo del bajo, y ella se movió contra mi mano, jadeando.
—Te quiero adentro, cabrón —me rogó, voz entrecortada.
Pero no, la hice esperar. La tensión era lo chido, como el crescendo en las rolas de Evans. La puse de pie, la desvestí completa, admirando su cuerpo desnudo bajo la luz tenue de las velas. Yo me quité la camisa, los pantalones, quedando en boxers con la verga latiendo como tambor. La besé por todo el cuerpo: ombligo, caderas, interior de los muslos. Ella temblaba, sus piernas abriéndose por instinto.
Volvimos al sofá. Ella se arrodilló, ojos fijos en los míos mientras bajaba mi bóxer. Su boca caliente envolvió mi verga, lengua danzando como el piano en Moonbeams. Sentí el calor húmedo, el succionar suave que me hacía gemir. Neta, esta morra mama como diosa. Agarré su pelo, guiándola sin fuerza, solo ritmo. El jazz nos acompañaba, notas flotando en el aire cargado de gemidos.
La subí, la recargué en el respaldo. Besos profundos, lenguas enredadas, saliva mezclándose. Mis dedos entraron en ella, dos de volada, sintiendo su coño apretado, jugoso, contrayéndose alrededor mío. —¡Ay, wey, no pares! —gritó, caderas empujando contra mi mano. La masturbé fuerte, pulgar en su clítoris hinchado, hasta que se corrió la primera vez, un chorro caliente mojando mis dedos, su cuerpo convulsionando como poseída.
Ahora sí, la tensión explotaba. La volteé, de espaldas, nalgas en pompa. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus paredes. Qué delicia, tan chingón. Empecé a bombear, lento al principio, siguiendo el swing del trío. Sus gemidos subían con la música, el slap de piel contra piel como percusión. El olor a sexo nos rodeaba, intenso, animal.
Esto es lo que necesitaba, perdernos en este ritmo, en este cuerpo que me vuelve loco.
La volteé de nuevo, cara a cara, piernas en mis hombros. La follé profundo, mirándola a los ojos, viendo el placer en su rostro: labios mordidos, mejillas rojas, sudor perlando su frente. Mis bolas chocaban contra su culo, el sofá crujiendo. Ella se tocaba el clítoris, acelerando todo. El clímax se acercaba, como el final de una rola perfecta.
—¡Córrete conmigo, mi rey! —gritó.
Lo hice, un estallido que me dejó temblando, llenándola con mi leche caliente. Ella se vino otra vez, uñas en mi espalda, piernas apretándome como tenazas. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, el jazz terminando su último acorde.
Después, en la afterglow, nos recargamos en el sofá, desnudos, con una cobija sobre nosotros. El vinilo seguía girando, silencio suave ahora. Le acaricié el pelo, besé su frente. —Gracias por esta noche, amor —le dije.
Ella sonrió, perezosa. —Las moonbeams del Bill Evans Trio siempre nos prenden, ¿verdad?
Nos quedamos así, envueltos en el aroma de nuestros cuerpos, la ciudad zumbando afuera. Esa música no era solo notas; era nuestra banda sonora de deseo, de conexión profunda. Mañana sería otro día, pero esta noche, bajo esas moonbeams, éramos invencibles.