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Trio Anal Casero Pasional

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Trio Anal Casero Pasional

Era una noche calurosa en mi casa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando perezosamente sobre la mesa del comedor. Yo, Karla, acababa de cumplir treinta y dos, soltera pero con ganas de aventura. Mis mejores amigos, Marco y Lupe, habían llegado con una botella de tequila reposado y esa sonrisa pícara que siempre prometía locuras. Marco, con su barba recortada y brazos tatuados, era el tipo que te hace mojar con solo una mirada. Lupe, mi carnala desde la uni, curvilínea y con el pelo negro hasta la cintura, siempre lista para romper reglas.

¿Qué pedo si hoy nos soltamos el pelo de verdad? pensé mientras servía los shots. El aroma del limón fresco y la sal marina del tequila llenaba el aire, mezclándose con el perfume dulce de Lupe y el aftershave amaderado de Marco. Nos sentamos en el sofá de cuero, riendo de chistes viejos, pero la tensión ya se palpaba. Sus rodillas se rozaban contra las mías, y cada roce enviaba chispas por mi piel.

—Órale, Karla, ¿ya estás lista para el trio anal casero que tanto platicamos? —dijo Lupe con voz ronca, guiñándome el ojo. Marco soltó una carcajada, pero sus ojos brillaban con deseo puro.

Mi corazón latió fuerte. Habíamos fantaseado con eso en borracheras pasadas, un jueguito casero entre amigos, sin compromisos.

¡Pinche sí! Quiero sentirlos a los dos, romperme en pedacitos de placer.
Asentí, mordiéndome el labio, y el ambiente se cargó de electricidad.

La cosa empezó despacio. Marco me jaló hacia él, sus labios calientes contra los míos, saboreando a tequila y hombre. Lupe se pegó por detrás, sus tetas suaves presionando mi espalda, manos expertas deslizándose bajo mi blusa. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la sala, junto al crujir del sofá. Olía a excitación, ese almizcle dulce que sale cuando el cuerpo se enciende.

Me quitaron la ropa con prisa juguetona, riendo cuando mi falda se atoró en las caderas. Desnuda, mi piel erizada por el aire fresco, los vi quitarse lo suyo. Marco tenía la verga gruesa y venosa, palpitando ya; Lupe, su panocha depilada brillando de humedad. Qué chingón se ve esto, pensé, mientras Marco me besaba el cuello, mordisqueando suave.

Nos movimos al cuarto, la cama king size esperando como altar pagano. Lupe me tumbó boca arriba, lamiendo mis pezones con lengua hábil, chupando hasta que gemí alto. Marco se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente en mi clítoris antes de meter la lengua, lamiendo como si fuera el postre más rico. Sentía cada roce, cada succionada, mi coño chorreando jugos que él bebía con gusto.

¡Ay, cabrón, qué rico! —grité, arqueando la espalda. Lupe se subió a mi cara, su culo redondo bajando sobre mi boca. La probé, salada y dulce, lamiendo su ano con ganas mientras ella se mecía. El sabor de su piel, mezclado con sudor fresco, me volvía loca.

La tensión subía como olla exprés. Marco metió dos dedos en mi panocha, curvándolos para darme en el punto G, mientras su pulgar rozaba mi culito.

Quiero su verga ahí, abriéndome despacio.
Lupe se corrió primero, temblando sobre mi lengua, su grito ronco como música.

Marco nos lubricó a las dos con gel casero que saqué del cajón —nada fancy, puro para el momento—. Me puse de rodillas, culo en pompa, ofreciéndome. Él escupió en mi ano, masajeando con la punta de su verga. Lupe debajo de mí, chupándome el clítoris mientras Marco empujaba centímetro a centímetro.

El estiramiento ardía delicioso, como fuego que se expande en placer. ¡Chíngame el culo, pendejo! grité en mi mente, gimiendo cuando entró completo. Sus bolas peludas chocaban contra mí con cada embestida, sonido húmedo y obsceno. Sudor corría por su pecho, goteando en mi espalda, cálido y salado.

Lupe se movió, poniéndose a cuatro a mi lado. Marco salió de mí, reluciente de mis jugos, y se metió en su culo con la misma lentitud tortuosa. Ella aulló de gusto, nalga contra nalga con las mías. Yo metí dedos en su panocha, sintiendo cómo se contraía alrededor.

El ritmo se aceleró. Marco nos follaba alternando, su verga pasando de un culo al otro, lubricada y caliente. Olía a sexo puro: semen preeyaculatorio, sudor, lubricante. Nuestros gemidos se mezclaban en un coro salvaje, pieles chocando con palmadas que resonaban en el cuarto.

¡Más duro, Marco! ¡Rompe nuestros culitos! —suplicó Lupe, y él obedeció, agarrándonos las caderas con fuerza, dejando marcas rojas. Yo sentía cada vena de su verga pulsando en mi interior, el ano apretándome alrededor como guante. El placer crecía, bolas de fuego en mi vientre, bajando a mis muslos temblorosos.

Marco nos puso en posición de sandwich: yo debajo, Lupe encima, culos apilados. Él eligió el mío primero, embistiendo profundo mientras Lupe se frotaba contra mi espalda. Sus tetas se aplastaban contra mí, pezones duros como piedras. Lamí su cuello, probando sal, mientras Marco gruñía como bestia.

Esto es el paraíso, un trio anal casero que no olvidaré nunca.
El clímax me golpeó como tsunami. Mi ano se contrajo, ordeñando su verga, chorros de placer saliendo de mi panocha empapando las sábanas. Lupe se vino conmigo, gritando mi nombre, su cuerpo convulsionando.

Marco no aguantó más. Salió, verga hinchada, y nos volteó. Eyaculó en chorros calientes sobre nuestros culos abiertos, semen espeso chorreando por nuestras nalgas, goteando tibio. Lo lamimos mutuamente, saboreando su esencia salada y amarga, riendo exhaustas.

Nos quedamos tirados en la cama, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El ventilador secaba el aire húmedo, trayendo olor a jazmín del jardín. Marco nos besó las frentes, Lupe acarició mi pelo.

—Pinches locos, qué chingonería —murmuró ella, voz satisfecha.

Yo sonreí, sintiendo el ardor placentero en mi culo, recordatorio de la noche. No hay nada como un trio anal casero con los que quieres, pensé, mientras el sueño nos envolvía en afterglow dulce. Mañana seguiríamos siendo amigos, pero con un secreto ardiente que nos uniría para siempre.

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