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La Pasión del CDM Trio

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La Pasión del CDM Trio

Era una noche calurosa en nuestro departamento de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que subía del jardín abajo. Yo, Ana, me sentía inquieta, como si mi cuerpo ardiera por dentro. Carlos, mi carnal, mi esposo de diez años, andaba por ahí con esa mirada pícara que me ponía los nervios de punta. Habíamos platicado mil veces de nuestras fantasías, y esta vez, el tema del CDM trio salió a flote como un chorro de tequila bien frío.

"¿Y si lo hacemos de una vez, mi amor?", me dijo Carlos mientras me ceñía por la cintura en la cocina. Su aliento olía a mezcal, dulce y ahumado, y sus manos grandes me apretaban las nalgas con esa fuerza que me hacía mojarme al instante. Yo reí, juguetona, sintiendo cómo mi panocha se humedecía bajo el shortcito de encaje.

¡Pinche Carlos, siempre tan cornudo en sus sueños! Pero yo también lo quiero, carajo, quiero sentir dos vergas de una vez, ser la reina del jodido CDM trio.

Lo habíamos planeado con Raúl, el cuate de Carlos del gym, un morro alto, moreno, con músculos que se marcaban como chocolate derretido bajo la camisa. Raúl era el macho perfecto: verga gruesa, tatuajes que contaban historias de fiestas locas en la playa, y una sonrisa que prometía pecados. Llegó puntual, con una botella de Don Julio en la mano y ese perfume varonil que me mareaba, mezcla de sudor fresco y loción cara.

Nos sentamos en el sofá de cuero negro, las luces bajas, música de rancheras sensuales sonando bajito de fondo. El aire se sentía pesado, como antes de una tormenta. Carlos me sirvió un trago, sus ojos brillando de excitación mientras veía cómo Raúl me devoraba con la mirada.

"¿Listos para el CDM trio, carnales?", preguntó Raúl con voz ronca, su mano rozando mi muslo desnudo. Sentí un escalofrío, la piel erizándose, el calor subiendo desde mi entrepierna hasta el pecho. Carlos asintió, su polla ya dura presionando contra el pantalón.

Empecé yo, porque soy la dama que manda. Me paré frente a ellos, quitándome la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes, pezones duros como piedras. El sonido de la tela deslizándose era como un susurro sucio. "Vengan, pendejos, muéstrenme lo que traen", les dije, con esa voz mandona que les encanta.

Acto uno del deseo: las manos de Carlos en mi espalda, bajando el cierre de mi falda, mientras Raúl se acercaba por delante, su boca capturando mis labios en un beso hambriento. Sabía a menta y a hombre, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera comerme viva. Olía a su colonia, almizclada, mezclada con el aroma de mi propia excitación que ya empapaba mis calzones.

Nos fuimos al cuarto, la cama king size esperando como un altar pagano. Las sábanas de satén negro crujían bajo nuestro peso. Carlos se quitó la ropa primero, su verga saltando libre, venosa y tiesa, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue. Raúl lo siguió, y ¡madre mía!, esa cosa era un monstruo: larga, gruesa, con venas palpitantes que prometían romperme en dos.

¡Qué chulada de machos! Carlos, mi cornudo fiel, y Raúl, el semental que me va a llenar. Esto es el CDM trio perfecto, caray.

Me arrodillé entre ellos, el piso alfombrado suave contra mis rodillas. Tomé la verga de Carlos en una mano, chupándola lento, saboreando ese gusto salado y familiar, mientras con la otra mano masajeaba las bolas pesadas de Raúl. Sus gemidos llenaban la habitación: el ronco "¡Sí, así, Ana!" de Carlos, y el gruñido animal de Raúl. El sonido húmedo de mi boca trabajando era obsceno, succiones y popazos que me ponían más caliente.

La tensión crecía como una olla a presión. Carlos me levantó, me tiró a la cama, y se colocó detrás, lamiendo mi cuello mientras sus dedos abrían mi panocha empapada. "Estás chorreando, mi reina", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Raúl se unió, chupando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolió rico, enviando chispas directas a mi clítoris hinchado.

Sentía todo: el roce áspero de la barba de Raúl en mi piel sensible, el sudor perlando sus pechos musculosos, el olor a sexo impregnando el aire – ese almizcle dulce de mi flujo mezclado con sus precum. Mis manos exploraban, una en el pecho velludo de Carlos, la otra en los abdominales duros de Raúl. El corazón me latía como tambor en un fandango.

La escalada fue gradual, deliciosa. Primero, Carlos me penetró despacio por atrás, su verga deslizándose en mi coño resbaloso con un sonido chapoteante. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, arqueándome. Raúl se metió en mi boca, follándome la garganta con empujones controlados, sus bolas golpeando mi barbilla. El sabor era intenso: salado, con un toque de su sudor.

¡No puedo más con esta delicia! Dos vergas mías, el CDM trio en acción. Siento sus pulsos dentro de mí, latiendo al ritmo de mi deseo.

Cambiamos posiciones como en una coreografía sucia. Yo encima de Raúl, cabalgándolo como una amazona, su verga gruesa estirándome hasta el fondo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Cada bajada era un plaf húmedo, mis jugos chorreando por sus bolas. Carlos se paró frente a mí, ofreciéndome su polla para mamarla mientras me mecía. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando, el dolor placentero mezclándose con el placer puro.

El cuarto olía a sexo puro: sudor, semen, mi esencia femenina. Los gemidos se volvían gritos – "¡Fóllame más duro, machos!" – y el slapping de piel contra piel era como música tecno erótica. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, mis muslos temblando, el clítoris frotándose contra el pubis púbico de Raúl.

Carlos, el cornudo perfecto, se masturbaba viéndonos, sus ojos vidriosos de lujuria. "Eres mía y de él, Ana, mi puta reina", jadeaba. Eso me encendió más, el empoderamiento de ser deseada por dos, de controlar el ritmo.

La intensidad subió: Raúl me volteó a cuatro patas, embistiéndome como toro, sus caderas chocando contra mi culo con fuerza brutal pero consentida. Carlos debajo, lamiendo mi clítoris expuesto, su lengua danzando mientras la verga de Raúl me taladraba. El doble asalto era abrumador – lengüetazos calientes y húmedos abajo, follada profunda arriba. Mis paredes vaginales se contraían, ordeñando esa verga monstruosa.

¡Voy a explotar, Virgen santísima! Este CDM trio es mi paraíso, mis machos me van a hacer venir como nunca.

El clímax llegó como un terremoto. Grité, mi cuerpo convulsionando, chorros de squirt empapando la cara de Carlos y las sábanas. "¡Sííí, carajo!", aullé, mientras olas de placer me recorrían, pezones duros, piel en llamas. Raúl gruñó, llenándome de leche caliente, espesa, que se desbordaba por mis muslos. Carlos se levantó, eyaculando en mi boca abierta, su semen salado deslizándose por mi garganta mientras tragaba ansiosa.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas llenando el silencio. El afterglow era puro éxtasis: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono, el olor persistente de nuestro orgasmo colectivo. Carlos me besó tierno, probando su propio sabor en mis labios. "Te amo, mi amor, esto fue chingón", susurró. Raúl, exhausto, me acarició el cabello: "Eres una diosa, Ana".

Me quedé ahí, entre mis dos hombres, sintiendo el calor residual de sus cuerpos, el pulso calmándose. El CDM trio no era solo sexo; era conexión, confianza, un lazo más fuerte. Mañana volveríamos a la normalidad – yo cocinando enchiladas, Carlos en la oficina, Raúl en el gym – pero esta noche nos había marcado para siempre.

Con una sonrisa satisfecha, cerré los ojos, saboreando el lingering sabor en mi boca, el eco de gemidos en mis oídos, y el dulce cansancio en mis músculos. Qué chingadera tan perfecta.

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