La Triada del Sindrome Nefritico Ardiente
Me desperté esa mañana en mi departamento de la Condesa con una sensación chida pero rara en el cuerpo. El sol se colaba por las cortinas blancas, iluminando las plantas que tanto me gustaban, y el aroma del café recién hecho flotaba desde la cocina. Pero algo no cuadraba. Me levanté y fui al baño, y al orinar, vi ese hilo rojizo en el agua. Hematuria, pensé, recordando algo de la uni. Luego, al mirarme en el espejo, noté mi cara hinchada, como si hubiera comido demasiados tacos de suadero la noche anterior. Edema. Y mi pulso, lo medí con el aparato que tengo: hipertensión. No mames, ¿sería la clásica triada del síndrome nefrítico? Me dio un poco de miedo, pero también una urgencia que me hizo vestirme rápido y salir rumbo a la clínica privada en Polanco.
En la sala de espera, todo olía a desinfectante limpio y a flores frescas, nada que ver con hospitales cutres. Oí mi nombre y entré a la consulta. Ahí estaba él, el doctor Alejandro, un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa que te derretía como chocolate en comal. Traía bata blanca impecable, pero se le notaban los músculos debajo. Órale, qué pendejo tan guapo, pensé mientras me sentaba en la silla de exploración.
—Cuéntame qué te pasa, Sofia —dijo con voz grave, suave como terciopelo, mientras tomaba notas en su tableta.
Le expliqué todo: la orina con sangre, la hinchazón en piernas y cara, la presión alta. Él me miró fijo, asintiendo, y luego se acercó para tomarme la presión. Sus dedos rozaron mi brazo, y sentí un cosquilleo que subió hasta mi nuca. Olía a colonia fresca, a madera y cítricos, mezclado con ese toque masculino que me ponía la piel de gallina.
¡No mames, Sofia, contrólate! Es tu doc, no un galán de telenovela.
Me pidió que me recostara para el examen físico. Sus manos expertas palpaban mi abdomen, bajando despacio hacia los riñones. Cada presión era precisa, pero suave, y mi cuerpo respondía de una forma que no esperaba. La hinchazón hacía mi piel más sensible, como si cada toque fuera eléctrico.
—Tienes la triada del síndrome nefrítico: hematuria, edema e hipertensión —me dijo al fin, sentándose a mi lado con una expresión seria pero cálida—. Vamos a hacerte estudios, pero no te preocupes, se trata fácil con reposo y medicinas.
Sus ojos se clavaron en los míos, y sentí el pulso acelerarse más. No era solo la hipertensión; era él. Charlamos un rato, de la ciudad, de lo chido que era vivir en México, de cómo el estrés del trabajo nos jodía a todos. Resulta que era de Guadalajara, como yo, y compartíamos carnals en común. La tensión crecía, el aire se sentía cargado, como antes de una tormenta en el DF.
Al final de la consulta, me recetó unos diuréticos y reposo. Pero antes de irme, me dijo:
—Si sientes algo raro, llámame. O si quieres platicar... aquí está mi número personal.
Me fui con el corazón latiendo fuerte, el papelito con su número quemándome en la bolsa.
Esa noche, en mi depa, el edema no bajaba del todo, pero la excitación sí subía. Me metí a bañar, el agua caliente cayendo sobre mi piel hinchada, resbalando por mis curvas. Pensé en sus manos, en cómo me tocó. ¡Qué chingón sería si me tocara así de otra forma! Le mandé un mensaje: "Doc, la presión sigue alta. ¿Qué hago?" Respondió al instante: "Ven a mi casa, te ayudo a bajarla. Dirección..."
No lo pensé dos veces. Llegué a su penthouse en Lomas, con vista al skyline. Me abrió la puerta en playera y pants, descalzo, con una cerveza en la mano. Olía a tacos al pastor recién hechos.
—Pasa, carnala —dijo sonriendo, y me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida.
Comimos, platicamos, reímos de pendejadas. El vino tinto fluía, suave y afrutado. Poco a poco, su mano rozó la mía sobre la mesa. Sentí el calor subir, mi piel hinchada palpitando bajo su mirada.
Esto es lo que necesitaba, no medicinas, sino esto: su cercanía, su deseo.
—Alejandro, esa triada del síndrome nefrítico me tiene sensible por todos lados —le confesé, mirándolo a los ojos.
—Déjame curarte entonces —susurró, acercándose.
Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, luego urgentes. Sabían a vino y a él, un sabor salado y dulce que me enloqueció. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando a mis nalgas, apretando con fuerza. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por su lengua explorando la mía. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel hinchada. Cada roce era fuego; la sensibilidad del edema hacía que todo se sintiera multiplicado.
Lo empujé al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura contra mi panocha a través de la tela. ¡Qué dura, qué gruesa! Le bajé los pants, y ahí estaba, palpitante, venosa, lista. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, el pulso acelerado como mi hipertensión. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo.
—¡No mames, Sofia, qué rica chupas!
Me puse de rodillas, chupándola hondo, sintiendo cómo se hinchaba más en mi boca. El sonido de succión, sus jadeos, el olor almizclado de su arousal llenaban la habitación. Luego me levantó, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como nube.
Me recostó, besando mi cuerpo entero. Sus labios en mis pechos hinchados, succionando los pezones duros como piedras. Bajó por mi vientre, lamiendo la piel sensible del edema. Cuando llegó a mi concha, ya estaba empapada, hinchada de deseo. Su lengua danzó en mi clítoris, círculos lentos, luego rápidos. Gemí fuerte, arqueándome, el placer building como una ola en Acapulco.
¡Esto es mejor que cualquier medicina, carajo! Su lengua sabe exactamente dónde...
Me corrió dos veces así, mis jugos en su boca, mis gritos resonando. Luego, se posicionó, frotando su verga en mi entrada húmeda.
—¿Quieres que te la meta, nena?
—¡Sí, chingádmela ya, Alejandro!
Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome. Sentí cada vena rozando mis paredes, el estiramiento delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, luego más fuerte. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados, el sudor perlando nuestros cuerpos. Mi hipertensión se sentía en cada latido, pero ahora era puro placer. Lo cabalgué después, mis caderas girando, sus manos en mis tetas rebotando.
El clímax llegó como tormenta: él gruñendo, llenándome de su leche caliente, yo convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer saliendo de mí. Colapsamos, jadeantes, su olor a sexo y sudor envolviéndonos.
En el afterglow, acurrucados, su mano acariciando mi piel ahora menos hinchada.
—Tu triada del síndrome nefrítico se va a curar rápido con este tratamiento —bromeó.
Reí, besándolo. Por primera vez en días, me sentía completa, empoderada, deseada. Mañana iría por los estudios, pero esta noche, éramos solo nosotros, dos cuerpos entrelazados en la ciudad que nunca duerme.