Pasión Ardiente en las Asics Gel Noosa Tri 12
El sol de la mañana en Polanco me pegaba en la cara como un beso caliente mientras ataba mis Asics Gel Noosa Tri 12. Esas tenis eran mi orgullo, chingonas para correr, con ese gel que amortiguaba cada paso como si me estuviera masajeando los pies. Me las había comprado en una tiendita de deportivos en la Zona Rosa, y desde entonces, cada kilómetro que daba con ellas me hacía sentir invencible. Hoy, con mi short ajustado y el top deportivo que dejaba ver mi ombligo, salí al parque a sudar la gota gorda. Neta, necesitaba desquitarme el estrés de la chamba.
El aire olía a hierba fresca y a tacos de la fonda de la esquina. Mis pies se hundían en el camino de terracería, el clic-clac rítmico de las Asics Gel Noosa Tri 12 contra el suelo era como un tambor que me aceleraba el pulso. Corría a buen ritmo, sintiendo cómo el sudor empezaba a resbalar por mi espalda, pegajoso y tibio. De repente, lo vi: un wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo su playera sin mangas. Corría en dirección contraria, sus ojos cafés clavados en mí por un segundo eterno.
Órale, ¿qué pedo con ese? Me está comiendo con la mirada, pensé, y sin querer, aceleré un poco, haciendo que mis nalgas se movieran más.
Nos cruzamos, y él sonrió, esa sonrisa pícara de carnal que sabe lo que provoca. "¡Qué buena forma, morra!", gritó sin parar. Yo le contesté con un guiño, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Seguí corriendo, pero mi mente ya estaba en otra: imaginando sus manos en mi piel, su aliento en mi cuello. El calor subía, no solo por el sol, sino por esa tensión que me hacía apretar los muslos con cada zancada. Las Asics Gel Noosa Tri 12 respondían perfectas, el gel suave bajo mis plantas me hacía sentir sexy, poderosa.
En la segunda vuelta, ahí estaba de nuevo. Esta vez, aminoré el paso y él se acercó trotando. "¿Qué onda? ¿Siempre corres con esas bellezas en los pies?", dijo señalando mis tenis, su voz ronca como si hubiera fumado algo, pero neta era puro sex appeal mexicano. Se llamaba Alex, triatleta amateur, y platicamos mientras seguíamos el ritmo. Hablaba de sus entrenos en el Bosque, de cómo el gel de las Asics era lo máximo para las transiciones en triatlón. Yo reía, sintiendo su mirada bajar a mis piernas, a cómo el sudor brillaba en mis pantorrillas.
"Tus Asics Gel Noosa Tri 12 se ven chingonas, pero tú las haces ver aún mejor", soltó de repente, y me quedé muda un segundo, el corazón latiéndome como tamborazo.
Este wey no se anda con chingaderas. El olor a su sudor se mezclaba con el mío, masculino y salado, y cada vez que nuestras manos se rozaban al gesticular, era como una descarga eléctrica. Corrimos lado a lado, el sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenando el aire, el roce accidental de su brazo contra el mío enviando chispas directo a mi entrepierna.
La tensión crecía con cada kilómetro. Paramos en una banca bajo un ahuehuete enorme, bebiendo agua de nuestras botellas. El sol filtraba rayos dorados, y él se sentó cerca, su muslo musculoso tocando el mío. "Neta, me traes loco con ese cuerpo sudado", murmuró, y yo sentí mi piel erizarse. Le puse la mano en la rodilla, sintiendo el calor de su piel a través del short.
¿Y si lo invito a mi depa? Está a dos cuadras, cabrón. Nuestros ojos se engancharon, y sin palabras, supimos que íbamos por el mismo camino.
Caminamos rápido hacia mi edificio, el eco de las Asics Gel Noosa Tri 12 en la banqueta marcando el pulso de nuestra urgencia. En el elevador, ya no aguantamos: sus labios cayeron sobre los míos, duros y hambrientos, saboreando a sal y a menta de su chicle. Gemí bajito, mis manos en su pecho, sintiendo los pectorales firmes bajo mis palmas. El ding del elevador nos separó, pero solo por un segundo.
Adentro de mi depa, minimalista con plantas y arte mexicano en las paredes, lo empujé contra la puerta. "Quítame estas pinches tenis, wey", le ordené, y él se arrodilló, obediente, desatando las Asics Gel Noosa Tri 12 con dedos temblorosos. El aire fresco besó mis pies sudorosos, pero su boca los siguió: besos húmedos en los arcos, lamiendo el salitre, chupando cada dedo con devoción.
¡Puta madre, qué rico! Nadie me había hecho eso. El olor de mi sudor mezclado con el cuero de las tenis lo volvía loco, lo veía en sus ojos vidriosos.
Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó al sillón. Me quitó el short de un jalón, exponiendo mis bragas empapadas. Su lengua trazó caminos por mis muslos, subiendo lento, torturándome. Yo arqueaba la espalda, gimiendo "¡Sí, cabrón, ahí!", el sonido de su succionar llenando la habitación. Probé su piel cuando lo jalé hacia mí, salada y cálida, mordiendo su hombro mientras él se hundía en mí con los dedos, curvándolos justo donde dolía de ganas.
La intensidad subía como fiebre. Nos quitamos todo, piel contra piel, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas crudas. Me volteó boca abajo, besando mi espalda resbalosa, y cuando sentí su verga dura contra mis nalgas, rogué "Métemela ya, Alex, no aguanto". Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando era música obscena, mis uñas clavadas en el sillón, gritando placer en español culichi.
Es enorme, me parte en dos, pero qué chido duele tan rico. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sintiendo cada vena de su polla frotando mis paredes. Sudábamos ríos, el colchón –porque ya habíamos migrado a la cama– crujiendo bajo nosotros. Él me chupaba las tetas, mordiendo suave, y yo le arañaba la espalda, dejando marcas rojas. El clímax se acercaba, mis muslos temblando, su respiración entrecortada contra mi cuello.
Explotamos juntos, yo primero, un grito ahogado que salió de lo más hondo, mi coño contrayéndose alrededor de él como puño. Él me siguió, gruñendo "¡Me vengo, morra!", llenándome con chorros calientes que sentí resbalar adentro. Nos quedamos pegados, jadeando, el olor a semen y sudor impregnando todo. Sus manos acariciaban mi pelo, suaves ahora, tiernas.
Después, recostados en la cama con las sábanas revueltas, reíamos bajito. "Esas Asics Gel Noosa Tri 12 tuyas son letales, me conquistaron desde el parque", dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo, no solo físico.
Esto no fue solo un polvo, wey. Hay algo aquí. Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, besos lentos bajo el agua. Al salir, le presté una de mis playeras, oversized en él, y preparamos unos huevos con chorizo en la cocina, platicando de carreras futuras, de tal vez correr juntos.
Se fue al atardecer, prometiendo volver por más entreno –y más de lo otro–. Me quedé mirando mis Asics Gel Noosa Tri 12 en la entrada, todavía con el olor de nuestros pies. Sonreí, sabiendo que habían sido el anzuelo perfecto para esta pasión ardiente. Mañana corro de nuevo, con la piel aún vibrando de su toque, lista para lo que venga.