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El Hombre de la Tríada Oscura

5995 palabras

El Hombre de la Tríada Oscura

La noche en el rooftop de Polanco estaba viva, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas caídas. El aire traía ese olor a mezcal ahumado y jazmín de los jardines colgantes, mientras la música electrónica latía suave, vibrando en mi pecho. Yo, Ana, acababa de romper con mi novio de años, ese wey tan predecible, y aquí estaba, vestida con un vestido negro ceñido que rozaba mi piel como una promesa. Quería algo diferente, algo que me acelerara el pulso de verdad.

Lo vi de inmediato. Alto, con esa mandíbula marcada y ojos negros que parecían absorber la luz. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho tatuado con líneas geométricas oscuras. Se movía entre la gente como si el mundo le perteneciera, sonriendo con esa confianza que roza lo arrogante. Un dark triad man, pensé de repente, recordando ese artículo que leí en una revista gringa sobre hombres con ese combo letal: narcisista, maquiavélico y un toque psicopático. Neta, no pude evitarlo. Me intrigaba, me ponía la piel chinita.

Se acercó con un trago en la mano, su colonia amaderada invadiendo mi espacio. "¿Qué hace una chava como tú sola en un lugar como este?" dijo, su voz grave como un ronroneo, con ese acento chilango puro que me erizaba los vellos. Me miró directo a los ojos, sin parpadear, como si ya supiera todos mis secretos.

Es peligroso, Ana. Ese tipo te come viva con la mirada. Pero ¿y si justo eso es lo que necesitas?

Le sonreí, juguetona. "Buscando algo que valga la pena, ¿no? ¿Y tú, cabrón, qué ofreces?" respondí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Charlamos, o mejor dicho, él habló y yo escuché embobada. Contó anécdotas de viajes a Tulum y negocios en Nueva York, siempre pintándose como el héroe invencible. Narcisista total, pero qué chido sonaba. Pidió otra ronda de tequilas reposados, y al brindar, su mano rozó la mía. Electricidad pura. Su piel áspera contra la mía suave, un toque que duró un segundo de más.

La tensión crecía con cada sorbo. Bailamos pegados, su cuerpo duro presionando el mío, el sudor mezclándose con el perfume. Olía a hombre, a deseo crudo, con notas de tabaco y algo salvaje. "Eres fuego, Ana. Me gustas así, sin filtros", murmuró en mi oído, su aliento cálido haciendo que mis pezones se endurecieran bajo el vestido. Yo, que siempre fui la correcta, sentía que me derretía. Es un dark triad man, y me encanta cómo me manipula sin esfuerzo.

"Vámonos de aquí", propuso, y yo asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Tomamos un taxi hasta su penthouse en Lomas, el skyline de la ciudad desfilando por la ventana. En el ascensor, no aguanté más: lo besé. Sus labios eran firmes, exigentes, sabían a tequila y victoria. Me apretó contra la pared, sus manos grandes explorando mi cintura, bajando lento hasta mis caderas. Gemí bajito, sintiendo su erección dura contra mi vientre.

Adentro, el lugar era puro lujo: ventanales del piso al techo, luces tenues y una cama king size que gritaba promesas. Me quitó el vestido con maestría, como si lo hubiera hecho mil veces. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñó, admirando mi cuerpo desnudo. Yo lo desvestí a él, tocando esos músculos tensos, el vello oscuro en su pecho que raspaba delicioso contra mis dedos. Su verga ya estaba tiesa, gruesa, latiendo en mi mano. La probé con la lengua, salada y caliente, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

Esto es loco, Ana. Te está dominando y tú lo pides a gritos. Pero qué chingón se siente.

Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, lamiendo lento hasta llegar a mi clítoris hinchado. "Estás empapada, wey. Todo por mí", dijo triunfante, su lengua danzando círculos que me hacían arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en sus hombros. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor.

La intensidad subía. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, mordisqueando suave mientras sus dedos entraban en mí, curvándose justo en ese punto que me volvía loca. Maquiavélico, el cabrón sabe exactamente qué hacer. Rogué por más, "Métemela ya, por favor", y él obedeció, empujando despacio al principio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, su grosor estirándome delicioso. Empezó a moverse, fuerte, profundo, el slap de piel contra piel llenando la habitación junto con mis gritos ahogados.

Me giró de nuevo, cara a cara, queriendo verme romperme. Sus ojos negros clavados en los míos, esa sonrisa narcisista mientras me follaba más rápido. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios cuando lo besé. Mis tetas rebotaban con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando pezones hasta doler placer. "Córrete para mí, Ana. Sé mi puta buena", ordenó, y yo exploté, olas de éxtasis recorriéndome desde el clítoris hasta la punta de los pies. Él siguió, gruñendo como animal, hasta que se vació dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí.

Nos quedamos así, jadeando, su peso reconfortante. El aire olía a sexo puro, a nosotros. Me acarició el pelo, suave ahora, casi tierno. "Eres adictiva, chava", susurró. Yo sonreí, exhausta pero plena. Un dark triad man, sí, pero esta noche me hizo sentir reina.

Al amanecer, con el sol tiñendo la ciudad de oro, nos despedimos con un beso largo. No pedí números ni promesas; esto era puro fuego, sin cadenas. Bajé al mundo real, piernas temblando aún, sabiendo que había probado lo prohibido y salido empoderada. Neta, valió cada segundo.

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