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Trío con Esposa y Amiga

6390 palabras

Trío con Esposa y Amiga

Era una noche calurosa en nuestra casa de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que trepaba por las paredes del jardín. Ana, mi esposa, estaba radiante con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera una diosa mexica. Lupe, su mejor amiga desde la uni, había llegado de surprise con una botella de tequila reposado y esa sonrisa pícara que siempre me ponía a mil.

Órale, carnal, esta noche la armamos, pensé mientras servía los shots. Ana y Lupe se reían a carcajadas, recordando chismes de la chamba, pero yo notaba las miradas que se cruzaban. Lupe, con su pelo negro suelto y esas tetas firmes que asomaban por el escote, no quitaba los ojos de Ana. Y Ana, mi reina, me guiñaba un ojo cuando Lupe no veía. El ambiente se sentía eléctrico, como antes de una tormenta en el DF.

Nos sentamos en el sofá de la sala, las luces tenues del candelabro bailando en sus pieles morenas. El tequila bajaba suave, quemando la garganta con ese sabor ahumado que me recordaba las noches locas de juventud. Ana se recargó en mi hombro, su mano rozando mi muslo, y Lupe se acercó más, cruzando las piernas de forma que su falda subiera un poco, dejando ver la piel suave de sus thighs.

¿Y si esto lleva a un trío con esposa y amiga? Joder, qué chingonería sería

—Oye, Ana, tu viejo está bien pinche guapo —dijo Lupe con voz ronca, lamiéndose los labios después de un trago—. ¿Me lo prestas un rato?

Ana soltó una risa gutural, esa que me enciende el alma. —Pendeja, si quieres, nos lo compartimos. ¿Verdad, amor?

Mi verga dio un salto en los boxers. El corazón me latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Asentí, tragando saliva, mientras el aroma de sus perfumes se mezclaba: vainilla de Ana y algo frutal, jugoso, de Lupe.

La cosa escaló rápido. Ana se giró y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y limón. Lupe no se quedó atrás; su mano se coló por mi camisa, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo fuego. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a deseo puro.

Chingado, qué rico huelen juntos —murmuró Lupe, mientras Ana le quitaba el vestido de un jalón. Lupe quedó en bra y tanga negra, sus pezones duros como piedras asomando bajo la tela. Yo no aguanté y metí mano en las tetas de Ana, amasándolas, sintiendo su peso cálido y pesado.

Nos movimos al cuarto como un enjambre. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas contra nuestra piel sudada. Ana empujó a Lupe sobre el colchón, y yo las vi besarse: labios carnosos chocando, lenguas danzando, gemidos suaves que llenaban el aire como música de mariachi erótica.

No mames, ver a mi esposa comiéndose a su amiga es lo más cabrón que he visto. Mi panocha favorita y su versión salvaje

Me quité la ropa a la verga, mi tranca parada como poste, goteando pre-semen que olía a macho en celo. Lupe me jaló hacia ellas, su boca envolviendo mi verga en un segundo. ¡Ay, wey! Su chupada era experta: lengua girando en la cabeza, succionando con fuerza, saliva chorreando por mis huevos. Ana se unió, lamiendo mis bolas mientras Lupe me mamaba, sus ojos mirándome con picardía.

El sonido era obsceno: slurp, slurp, gemidos ahogados, el crujir de la cama. Sudor perlando sus frentes, gotas resbalando por los pechos de Lupe hasta su ombligo. Toqué sus culos redondos, firmes como nopalitos tiernos, metiendo dedos en sus coños ya empapados. Ana chorreaba miel, espesa y dulce; Lupe era más jugosa, como mango maduro.

—Cógeme primero, amor —suplicó Ana, abriendo las piernas. Su panocha rosada brillaba, invitándome. La penetré de un golpe, sintiendo sus paredes apretándome como guante. Lupe se masturbaba viéndonos, dedos hundiéndose en su clítoris hinchado, gimiendo ¡órale, qué rico!.

El ritmo subió. Cambiamos posiciones como en un baile sincronizado. Lupe encima de mí, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando contra mi cara. Chupé un pezón, salado por el sudor, mordisqueándolo suave. Ana se sentó en mi cara, su culo abriéndose para mi lengua. Lamí su ano y clítoris, probando su esencia agria-dulce, mientras ella se retorcía, empapándome la barba.

Los olores nos envolvían: sexo crudo, sudor mezclado con perfume, el almizcle de nuestras axilas. Sonidos de piel chocando plaf plaf, jadeos entrecortados, ¡sí, cabrón, así! de Lupe. Mi verga palpitaba dentro de ella, sintiendo cada contracción de su coño.

Este trío con esposa y amiga es el paraíso. Nunca imaginé que Ana sería tan abierta, tan puta deliciosa

Ana y Lupe se besaron sobre mí, tetas rozándose, mientras yo las follaba alternadamente. Metí a Lupe por detrás, doggy style, su culo tragándose mi verga hasta las bolas. Ana debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de Lupe. La habitación apestaba a corrida inminente.

Me vengo, pinches putas —gruñí, pero ellas mandaban. Lupe se corrió primero, chillando como coyote en celo, su coño ordeñándome. Ana la siguió, squirteando en mi boca, jugos calientes como tequila fresco. No aguanté: saqué la verga y les pinté la cara de leche espesa, chorros blancos salpicando labios y lenguas. Ellas se lamieron mutuamente, tragando mi semen con sonrisas de satisfacción.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados en un montón sudoroso y pegajoso. El aire se enfrió un poco, con el ventilador zumbando suave. Ana acurrucada en mi pecho, Lupe en el otro lado, sus manos aún explorando perezosamente.

Qué chido estuvo ese trío con esposa y amiga —dijo Lupe, besando mi hombro—. ¿Repetimos?

Ana rio bajito, su voz ronca por los gemidos. —Claro, mi amor. Eres el rey de la casa.

Joder, esto cambia todo. Mi matrimonio nunca fue tan vivo. Lupe se va a volver habitual, y qué pedo, qué rico

Nos quedamos así, respiraciones calmándose, pieles pegadas por el sudor seco. Afuera, la ciudad ronroneaba con sus cláxones lejanos, pero adentro, solo paz y promesas de más noches locas. El sabor de ellas aún en mi boca, el olor de nuestro amor colgando en el aire como niebla sensual.

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