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Noches Ardientes en Tri Cities WA

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Noches Ardientes en Tri Cities WA

En las luces tenues de un bar en Kennewick, parte de esas Tri Cities WA que tanto extrañaban el calor de México, Ana se sentó en la barra con un michelada en la mano. El aire olía a limón fresco y chile piquín, mezclado con el humo ligero de cigarrillos electrónicos que flotaba como niebla. Venía de Guadalajara, pero aquí, en este rincón del noroeste gringo, había encontrado trabajo en un restaurante taquero que le recordaba el tianguis de su infancia. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, el escote dejando ver el brillo sutil de sudor en su piel morena bajo las luces neón.

El lugar estaba lleno de carnales como ella, mexicanos que habían cruzado la frontera buscando algo mejor, pero sin caer en la pobreza que tanto temían. La música ranchera sonaba bajito, un corrido que hablaba de amores imposibles, y Ana sentía el ritmo latiéndole en el pecho. Qué chido estar aquí, wey, pensó, mientras sorbía su chela helada, el sabor salado y picante despertando sus sentidos.

Entonces lo vio. Javier entró con esa sonrisa pícara, alto y fornido, con una camisa negra que se le pegaba al pecho musculoso por el calor del verano. Era de Sinaloa, neta perrón, con tatuajes asomando en los brazos que contaban historias de fiesta y lucha. Sus ojos oscuros la barrieron de arriba abajo, y Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Él se acercó, pidiendo una cerveza al barman, y su voz grave, con ese acento norteño, la envolvió: "Órale, güerita, ¿esta sola esta noche?"

Ana rio, juguetona. "Pos ni madres, carnal, pero si me caes bien, capaz que te hago compañía. Soy Ana, de Guadalajara." Sus manos se rozaron al chocar las botellas, piel contra piel, cálida y áspera por el trabajo diario. El olor de su colonia, madera y especias, se mezcló con el suyo propio, jazmín y sudor dulce, creando una fragancia que la mareaba.

Hablaron de todo: de las Tri Cities WA y cómo Pasco tenía los mejores tacos al pastor fuera de México, de cómo extrañaban el sol abrasador pero amaban los ríos Columbia y Yakima que serpenteaban como venas vivas. Javier la hacía reír con anécdotas de sus carnales locos, y cada vez que se inclinaba, su aliento cálido rozaba su oreja, enviando ondas de calor directo a su entrepierna. Ana cruzó las piernas, sintiendo la humedad creciente en sus bragas de encaje, el roce de la tela contra su clítoris hinchado.

Este wey me late cañón, pensó ella. Su mirada me quema, y ni hablemos de esas manos grandes... imagínatelas en mis chichis, apretando justo como me gusta.

La tensión crecía con cada trago. Javier puso su mano en su muslo, casual al principio, pero luego apretando con intención, el calor de su palma traspasando la tela delgada. Ana no se apartó; al contrario, se acercó más, su pecho rozando el brazo de él. "¿Y si salimos de aquí, mamas?" murmuró él, su voz ronca como grava. Ella asintió, el corazón martilleándole las costillas, el pulso acelerado latiendo en su cuello.

Salieron al estacionamiento, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego interno. El sonido de autos pasando en la highway, el crujir de grava bajo sus pies, todo se desvanecía. Javier la acorraló contra su troca, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, la lengua invadiendo su boca con sabor a cerveza y deseo puro. Ana gimió bajito, "¡Ay, wey, qué rico besas!", mientras sus manos exploraban el bulto duro en sus jeans, grueso y pulsante bajo la tela.

Él la levantó con facilidad, sentándola en la cajuela, abriéndole las piernas. El vestido se subió, revelando muslos suaves y las bragas empapadas. Javier inhaló profundo, "Hueles a miel, chula", y hundió la cara entre sus piernas, lamiendo por encima de la tela. Ana arqueó la espalda, el roce de su barba raspando deliciosamente, el calor de su aliento haciendo que su coño palpitara. Quitó las bragas de un tirón, y su lengua encontró el clítoris, chupando con maestría, círculos lentos que la volvían loca.

El mundo se redujo a sensaciones: el sabor salado de su propia excitación en la boca de él, el viento fresco secando el sudor de su frente, los gemidos ahogados que escapaban de su garganta. "Más, pendejo, no pares", jadeó ella, enredando dedos en su pelo negro. Javier obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, jugos chorreando por su culo, el cuerpo temblando incontrolable.

Pero no pararon. Javier se bajó los jeans, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, la cabeza brillante de precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado. "Qué chingona está, carnal", dijo, lamiendo la punta, saboreando la sal amarga. Él gruñó, empujando en su boca, follando sus labios con ritmo creciente. El olor almizclado de su sexo la embriagaba, el sonido húmedo de succión llenando la noche.

La volteó, poniéndola de rodillas en la cajuela, el metal fresco contra sus tetas. Entró en ella de un solo empujón, llenándola por completo. "¡Sí, cabrón, así!" gritó Ana, el estiramiento delicioso quemando placer. Javier embestía fuerte, sus bolas chocando contra su clítoris, manos apretando sus caderas. El sudor les chorreaba, mezclándose, el slap-slap de carne contra carne sincronizado con sus jadeos. Ella empujaba hacia atrás, queriendo más profundo, el orgasmo construyéndose como ola gigante.

Neta, este wey me va a matar de gusto, pensó Ana, mientras su coño se contraía alrededor de él. Siento cada vena, cada latido... en las Tri Cities WA nunca imaginé algo tan chido.

Él aceleró, gruñendo en su oído: "Me vengo, mami". Ana se corrió de nuevo, gritando su nombre, el placer explotando en fuegos artificiales por todo su cuerpo. Javier se vació dentro de ella, chorros calientes inundándola, el calor extendiéndose como lava. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Se quedaron así un rato, el río Columbia murmurando a lo lejos, estrellas brillando sobre las Tri Cities WA. Javier la besó suave en la nuca, "Eres una diosa, Ana". Ella sonrió, girándose para mirarlo, el afterglow envolviéndolos como manta cálida. "Y tú un semental, wey. Esto no acaba aquí, ¿eh?"

Regresaron al bar por sus cosas, riendo como chavos, prometiéndose más noches así. Ana caminó a su casa con las piernas flojas, el cuerpo satisfecho zumbando. En su mente, el recuerdo de su verga, su lengua, sus manos, la hacía sonreír. Aquí, en este pedazo de mundo gringo con sabor a México, había encontrado no solo placer, sino una conexión que latía fuerte. El deseo se había encendido, y sabía que ardería de nuevo pronto.

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