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Tríada del Absceso Cerebral

5450 palabras

Tríada del Absceso Cerebral

En la penumbra de mi consultorio en Polanco, el aire cargado de ese olor a desinfectante mezclado con el perfume dulce de las gardenias que mi secretaria siempre ponía en el jarrón, yo, el doctor Alejandro, revisaba las notas de la paciente del día. Se llamaba Valeria, una mujer de curvas generosas y ojos que brillaban como el tequila bajo la luna llena. Había llegado quejándose de dolores de cabeza intensos, fiebre y confusión, la clásica triada del absceso cerebral. Pero algo en su mirada me decía que no era solo eso.

"Doctor, siento que mi cabeza va a explotar", me dijo con voz ronca, recostada en la camilla, su blusa entreabierta dejando ver el encaje negro de su brasier. El sudor perlaba su frente, y yo, con guantes puestos, le tomé la temperatura. 39 grados. Su piel ardía al tacto, suave como el mango maduro, y un escalofrío me recorrió la espina.

¿Qué carajos me pasa? Soy médico, no un pendejo cachondo, pensé mientras mi pulso se aceleraba. Le expliqué el diagnóstico: la triada absceso cerebral, fiebre, cefalea y signos neurológicos. Necesitaba tomografías, antibióticos, quizás cirugía. Pero ella me miró fijo, mordiéndose el labio inferior.

"¿Y si es algo más, doctor? Algo que me quema por dentro, que me hace delirar de noche pensando en manos expertas explorándome". Su voz era un susurro, y el consultorio se llenó de un silencio espeso, roto solo por el zumbido del aire acondicionado.

Acto uno: la chispa. La ayudé a sentarse, mi mano rozó su muslo por "accidente". Ella no se apartó. Al contrario, su mano cubrió la mía, cálida, invitadora. "Valeria, esto no es profesional", murmuré, pero mi cuerpo traicionero ya respondía, el pantalón apretando donde no debía.

La llevé a la sala de exploración contigua, pretextando una revisión más profunda. Cerré la puerta con llave. El olor a su arousal empezó a filtrarse, mezclado con el látex de los guantes que me quité despacio. "Déjame curarte de verdad", le dije, y ella asintió, ojos semicerrados.

Mis dedos trazaron su cuello, bajando al valle entre sus pechos. Su piel sabía a sal y vainilla cuando la besé allí, un beso ligero al principio. Ella jadeó, sonido gutural que me erizó los vellos.

"Sí, doctor, justo ahí, quítame este fuego"
, suplicó en mexicano puro, con ese acento chilango que me volvía loco.

Le desabroché la blusa, revelando senos plenos que se alzaban con cada respiración agitada. Los lamí, circundando pezones duros como piedras de obsidiana, saboreando su dulzor. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en mi nuca, tirando de mi cabello. El sonido de su gemido llenó la habitación, bajo pero intenso, como un mariachi lejano en la noche.

Acto dos: la escalada. La recosté en la camilla, subiendo su falda. Sus bragas húmedas, empapadas, olor almizclado que me nubló la razón. Esto es una locura, pero joder, qué delicia. Se las quité con dientes, sintiendo su calor contra mi boca. Mi lengua exploró su centro, pliegues hinchados, jugos que fluían como tequila añejo. Ella se retorcía, caderas elevándose, "¡Ay, wey, no pares, chingame con la lengua!".

Le inserté dos dedos, curvándolos, buscando ese punto que la hacía gritar. Su interior apretaba, caliente, resbaladizo. Mientras, mi polla latía, libre ya de los pantalones, rozando su pierna. Ella la tomó, mano experta masturbándome lento, pulgar en la punta húmeda. "Estás duro como roca, doctor. ¿Quieres mi triada? Fiebre, dolor y delirio puro". Reí bajito, recordando la triada del absceso cerebral, pero ahora era nuestra: ardor compartido, pulsos enloquecidos, mentes nubladas de lujuria.

La volteé, de rodillas en la camilla, nalga redonda alzada. Entré en ella de un empujón suave, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me engullía. Calor envolvente, paredes contraídas. Empujé rítmico, piel contra piel, slap slap slap resonando. Sudor nos unía, olor a sexo crudo, testosterona y estrógeno mezclados. Ella empujaba hacia atrás, "¡Más fuerte, cabrón, dame todo!".

Mi mano en su clítoris, frotando círculos, mientras la otra en su pecho, pellizcando. Sus gemidos subían de tono, "¡Me vengo, Alejandro, no pares!". Yo resistía, prolongando, sintiendo mi propia liberación acechando, bolas tensas.

La hice girar, cara a cara, piernas en mis hombros. Profundo, golpeando su cervix con cada embestida. Ojos en ojos, su aliento en mi boca, sabor a menta y deseo. Esto es más que sexo, es catarsis, cura mutua. Ella convulsionó primero, orgasmo violento, chillando mi nombre, jugos empapando las sábanas. Yo la seguí, explosionando dentro, chorros calientes, gruñendo como animal.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. El consultorio olía a nosotros, a clímax cumplido. Le besé la frente, aún febril. "Tu triada absceso cerebral necesita hospital, pero esto... esto fue la medicina que necesitábamos". Ella rio, suave, mano en mi pecho. "Vuelve mañana, doctor. Tengo más síntomas".

Nos vestimos lento, robándonos besos, promesas susurradas. Salí con ella al pasillo, profesional de nuevo, pero con el alma encendida. Esa noche, en mi depa en la Roma, recordé cada roce, cada sabor. La llamé: "Cita confirmada". Y supe que nuestra tríada apenas empezaba: deseo, pasión, eternidad.

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