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Bedoyecta Tri y Tribedoce Es Lo Mismo Para Encender El Fuego

6736 palabras

Bedoyecta Tri y Tribedoce Es Lo Mismo Para Encender El Fuego

Estaba hecha un desastre esa mañana. El trabajo en la oficina me había dejado muerta, con los brazos pesados como plomo y una flojera que no me dejaba ni pararme del sillón. Diego, mi carnalito, mi amor de tantos años, me miró con esa sonrisa pícara que siempre me derrite. “Mamacita, ¿qué te pasa? Pareces zombi”, me dijo mientras me acariciaba el pelo. Yo solo atiné a quejarme, recargada en su pecho que olía a jabón fresco y a ese desodorante de pino que tanto me gustaba.

“Es el pinche estrés, wey. Necesito energía pa’ la noche, que hoy quiero que me des con todo”, le confesé bajito, sintiendo ya un cosquilleo en la panza solo de imaginarlo. Él se rio fuerte, ese sonido ronco que me eriza la piel. “Órale, pues agárrate. Te voy a poner una Bedoyecta Tri. Bedoyecta Tri y Tribedoce es lo mismo, te va a dar un subidón chingón, como si te hubieran inyectado pura pasión”. Lo miré ceñuda. “¿En serio? ¿No es puro cuento de farmacia?” Pero él insistió, sacando la jeringa del botiquín con esa seguridad de hombre que sabe lo que hace. En México, todos usan esas vitaminas pa’ recargarse, y yo no era la excepción.

Me recosté en la cama, la sábana suave rozando mis muslos desnudos bajo el shortcito. El cuarto olía a lavanda de la vela que prendí anoche, y el sol de la tarde se colaba por las cortinas, pintando todo de dorado. Diego se acercó, el algodón con alcohol frío en mi nalga. “Relájate, reina”, murmuró, y el pinchazo fue rápido, casi placentero. Sentí el líquido fresco entrar en mi vena, un calorcito que se expandió como fuego lento por mis piernas, subiendo hasta mi pecho. “Listo. En media hora vas a estar volando”, prometió, besándome el hombro con labios calientes.

Pasaron los minutos y ¡órale! Empecé a sentirlo. Mi corazón latiendo más fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo. La piel me picaba de anticipación, los pezones endureciéndose solos contra la blusa delgada. Diego me observaba, sentado en la orilla de la cama, con los ojos brillando. “¿Ya sientes el power?” Asentí, mordiéndome el labio. Me incorporé despacio, sintiendo cada músculo despierto, vibrante. Lo jalé hacia mí por la camisa, oliendo su sudor ligero mezclado con colonia. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, saboreando el café de su lengua y el dulce de mi gloss de fresa.

Qué chingón se siente esto. Como si mi cuerpo gritara por él, por tocarlo todo.

Acto uno: la chispa. Mis manos bajaron por su espalda, arañando suave la tela, mientras él me quitaba la blusa con urgencia juguetona. “Estás prieta hoy, Carla”, gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El aire fresco del ventilador me erizó los vellos, contrastando con su aliento caliente. Me tendí de espaldas, invitándolo con la mirada. Él se quitó la playera, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto adoro, con el olor a hombre puro invadiéndome las fosas nasales.

La tensión crecía como tormenta en el DF antes de la lluvia. Yo quería devorarlo, pero jugamos lento. Sus dedos trazaron mi ombligo, bajando hasta el borde del short, rozando el calor húmedo entre mis piernas. “Estás mojada ya, pinche caliente”, susurró, y yo gemí bajito, arqueándome. Le quité el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, que saltó contra mi muslo. La tomé en la mano, sintiendo la piel sedosa sobre el acero, el pulso acelerado latiendo en mi palma. Él jadeó, ese sonido ronco que me moja más.

En el medio, la escalada. Nos volteamos, yo encima, cabalgando su cadera con movimientos lentos, frotándome contra él sin entrar aún. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rozando su dureza, enviando chispas por mi espina. Sudábamos juntos, el olor almizclado de nuestros cuerpos mezclándose con el aroma de la vela apagada. “Diego, no mames, qué rico se siente esto. La Bedoyecta me tiene como fiera”, le dije entre besos, lamiendo el salado de su cuello. Él rio, manos amasando mis nalgas, separándolas para rozar mi entrada con la punta. “Es lo mismo que Tribedoce, te lo dije. Pura energía pa’ cogerte toda la noche”.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes del cuarto. Su grosor me llenaba, tocando ese punto profundo que me hace ver estrellas. Empecé a moverme, arriba y abajo, el slap-slap de piel contra piel como música obscena. Él empujaba desde abajo, fuerte, profundo, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones que dolían de placer. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a sudor fresco. Mi mente era un torbellino: ¡Más, cabrón, dame más! Esta energía no para, quiero correrme mil veces.

Cambié de posición, él atrás, doggy style sobre las almohadas suaves. Sus embestidas eran brutales pero cariñosas, una mano en mi cadera, la otra en mi clítoris, frotando en círculos. “¡Qué chingón te sientes!” grité, el placer subiendo como ola. Sentía cada vena de su verga rozándome adentro, el calor de sus bolas contra mí. El ventilador zumbaba, enfriando el sudor que chorreaba por mi espalda. Él aceleró, gruñendo mi nombre, “Carla, mi amor, mi reina”, y yo exploté primero, el orgasmo rompiéndome en mil pedazos, contrayéndome alrededor de él, jugos calientes bajando por mis muslos.

No paró. Me volteó, misionero ahora, piernas en sus hombros, penetrando más hondo. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a mi pecho. “Córrete conmigo, wey”, le rogué, clavando uñas en su culo. Él asintió, jadeando, y sentí su verga hincharse, explotando dentro, chorros calientes llenándome mientras yo volvía a correrme, olas y olas de placer puro. El grito de ambos fue animal, eco en la habitación.

El final, el afterglow. Colapsamos juntos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lamiendo el sudor de su hombro, saboreando sal y él. “¿Ves? Bedoyecta Tri y Tribedoce es lo mismo. Nos dejó como leones”, murmuró él, riendo bajito contra mi pelo. Yo sonreí, sintiendo el cuerpo laxo pero satisfecho, un brillo de energía residual en las venas.

Nos quedamos así, platicando pendejadas, acariciándonos sin prisa. El sol se ponía, tiñendo el cuarto de naranja, y el olor a sexo persistía, recordatorio delicioso. Esa noche, con una simple inyección, descubrimos que la verdadera vitamina era nuestro amor, recargándonos el alma y el cuerpo. Y sí, Bedoyecta Tri y Tribedoce es lo mismo: puro fuego pa’ noches inolvidables.

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