Bedoyeta Tri el Despertar Ardiente
Estaba hecha un trapo después de una semana de puro desmadre en la oficina. Neta, el cuerpo me pedía a gritos un respiro. Ahí andaba yo, recargada en el sillón de la sala, con el calor de la Ciudad de México pegándome en la cara por la ventana abierta. Mi carnal, no, mi viejo Raúl, que trabaja como paramédico en el IMSS, llegó con su mochila llena de chingaderas médicas y esa sonrisa pícara que me hace derretir.
Órale, mi reina, ¿ya te sientes como muerta?
me dijo mientras se quitaba la chamarra blanca, dejando ver esos brazos fuertes que tanto me gustan. Olía a desinfectante mezclado con su sudor fresco, un aroma que siempre me revuelve el estómago de la buena manera.
Sí, wey, contéstale yo, estoy reventada. Necesito algo que me levante el ánimo, no nomás café.
Él se rió bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel. Sacó de su mochila un ampulete diminuto con líquido anaranjado brillante. Bedoyeta Tri, mi amor. Esto te va a poner como nueva. Te lo pongo y verás cómo te carga las pilas.
Me quedé mirándolo, sintiendo un cosquilleo en el vientre. No era la primera vez que me aplicaba una, pero hoy había algo en su mirada, un fuego chiquito que me hacía mojarme sin tocarme. Me recargué en el respaldo, subí la falda un poquito para dejar al aire el muslo derecho, piel morena y suave que él adora besar.
Raúl se acercó, arrodillándose frente a mí. Su aliento caliente rozó mi pierna mientras limpiaba con alcohol. El olor fuerte del algodón me subió por la nariz, mezclado con el perfume de su loción barata pero sexy. Relájate, chula
, murmuró, y sentí la pinchada fría de la aguja. Un ardor rápido se expandió por mi vena, como un río de fuego líquido que bajaba directo a mi centro.
Al principio, nomás sentí calor en la pierna, pero poco a poco se fue subiendo. Mi corazón empezó a latir más fuerte, ¡pum pum pum!, como tambores en una fiesta. La piel se me erizó toda, pezones duros contra la blusa delgada. Lo miré a los ojos, y ahí estaba, esa conexión que nos une desde hace dos años.
Pasaron unos minutos y el efecto de la Bedoyeta Tri me pegó de lleno. Era como si cada célula de mi cuerpo despertara gritando ¡viva! Energía pura corría por mis venas, haciendo que mis manos temblaran de ganas de tocarlo. Raúl se dio cuenta al instante, porque su mano se quedó más tiempo del necesario en mi muslo, dedos gruesos apretando suave la carne.
¿Qué carajos me pasa? Esto no es normal, pero se siente chingón. Quiero arrancarle la ropa, saborear su piel salada, sentirlo dentro ya.
¿Cómo te sientes?
preguntó él, voz grave, ojos clavados en mis labios entreabiertos.
Me mordí el labio inferior, sabor a cereza de mi gloss. Como una leona enjaulada, pendejo. Ven acá.
Lo jalé de la camisa, atrayéndolo hacia mí. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia. Sabía a menta de su chicle y a hombre puro. Sus manos subieron por mis caderas, amasando la carne bajo la falda, mientras yo metía las uñas en su espalda musculosa. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la sala, mezclado con el tráfico lejano de la calle.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la recámara. El colchón crujió bajo nuestro peso cuando caímos. La luz del atardecer pintaba su piel de dorado, sudor perlando su pecho ancho. Olía a deseo crudo, ese almizcle que sale cuando el cuerpo pide guerra.
Desabotoné su pantalón con dedos ansiosos, liberando su verga dura, gruesa, latiendo contra mi palma. La piel aterciopelada sobre acero, venas marcadas que palpité con la mano. ¡Mira nomás cómo estás!
le dije riendo, voz ronca. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más la cuca.
Raúl me quitó la blusa de un tirón, boca bajando a mis tetas. Chupó un pezón con hambre, dientes rozando justo lo suficiente para que jadee. Sentí su lengua caliente, húmeda, girando, mientras su mano se colaba en mi calzón. Dedos expertos encontraron mi clítoris hinchado, frotando en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.
La Bedoyeta Tri me tenía en llamas, cada roce era eléctrico, como chispas en la piel. Mi pulso tronaba en los oídos, sudor resbalando entre mis pechos. Lo empujé hacia atrás, montándome encima. Le quité el resto de la ropa, admirando su cuerpo atlético, marcado por el gym y las guardias largas.
La tensión crecía como tormenta. Yo bajé despacio, labios rozando su abdomen, lengua lamiendo el sudor salado hasta llegar a su verga. La tomé en la boca, saboreando el precum salado y amargo. Él metió las manos en mi pelo, gimiendo ¡Así, mi amor, chúpamela rica!
El sonido de succión húmeda, mis labios estirados alrededor de él, me volvía loca.
Pero quería más. Me subí, frotando mi chocha mojada contra su punta. Sentí el calor de su glande abriéndome, centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! grité cuando me hundí completa, llenándome hasta el fondo. La fricción era deliciosa, paredes internas apretándolo como guante.
Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozándome, su pubis chocando contra mi clítoris. El olor de nuestros jugos mezclados subía embriagador, pieles cacheteando rítmicamente: plaf plaf plaf. Raúl agarró mis nalgas, guiándome más rápido, pulgares presionando el ano para volverme loca.
Esto es puro fuego. La Bedoyeta Tri desató un animal en mí. Cada embestida manda ondas de placer desde mi centro hasta la punta de los dedos.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Piernas en sus hombros, penetrándome hasta el alma. Sus ojos fijos en los míos, sudor goteando de su frente a mi boca. Lamí el sabor salado, arqueándome para recibir más. ¡Te amo, pinche diosa!
rugió, acelerando.
La intensidad subía, mi vientre contrayéndose. Gemí alto, uñas clavadas en su culo firme. Ya vengo, ya vengo... El orgasmo me explotó como volcán, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, cuca apretándolo en espasmos. Él no paró, prolongando mi éxtasis hasta que gritó mi nombre, corriéndose dentro con chorros calientes que sentí inundarme.
Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El cuarto olía a sexo puro, sábanas revueltas húmedas. Su corazón latía contra mi pecho, ritmos calmándose juntos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
La Bedoyeta Tri fue lo mejor que me pudiste dar hoy
, susurré, riendo bajito.
Él me abrazó más fuerte. Y tú eres mi mejor medicina, siempre.
Quedamos así, en afterglow perfecto, con la noche cayendo sobre nosotros. Esa inyección no solo recargó mi cuerpo, sino que avivó el fuego que nunca se apaga entre los dos. Neta, qué chingonería de vida.