Bedoyecta Tri o Dolo Neurobion Forte Despierta el Fuego
Estaba hecho pedazos después de una semana de puro estrés en la oficina. El cuerpo me pesaba como si llevara un yunque atado a la espalda, y ni hablar de la falta de energía para cualquier cosa que valiera la pena. Pinche vida de oficinista, pensé mientras entraba a la farmacia de la esquina, esa que siempre está llena de abuelitas comprando sus remedios. Necesitaba algo fuerte, algo que me recargara las pilas de una vez. "Bedoyecta Tri o Dolo Neurobion Forte", le dije a la chava detrás del mostrador, sin siquiera mirarla bien.
Ella levantó la vista y ¡órale! Ahí estaba Mariana, una morra de esas que te hacen olvidar el cansancio de un jalón. Piel morena como chocolate, ojos negros que brillaban bajo las luces fluorescentes, y un cuerpo que el uniforme blanco no podía esconder del todo: curvas generosas, chichis firmes apretadas por la blusa, y unas caderas que se movían con un vaivén hipnótico mientras buscaba las ampollas en el anaquel. El olor a farmacia se mezcló con su perfume dulzón, algo como vainilla y jazmín, que me llegó directo al cerebro.
"¿Para qué lo quieres, guapo? ¿Te duele algo o nomás andas bajoneado?", me preguntó con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior. Su voz era ronca, como si acabara de despertar de una siesta caliente. Le expliqué mi rollo, el trabajo, las noches sin dormir, y cómo necesitaba esa vitaminada para sentirme vivo otra vez. Ella asintió, sacando las jeringas ya preparadas. "Bedoyecta Tri te va chido para los nervios, o el Dolo Neurobion Forte si es puro dolor muscular. Yo te lo aplico si quieres, en casa nomás me avisas. Cobro poquito y te dejo como nuevo".
Mi mente voló. ¿Una enfermera guapa en mi depa, con sus manos suaves clavándome una aguja? El corazón se me aceleró, y sentí un cosquilleo en la entrepierna. "Órale, carnala, vente esta noche. Te paso la dirección". Le guiñé el ojo, y ella se rio, un sonido juguetón que me erizó la piel.
La tarde se me hizo eterna. Me bañé con agua caliente, oliendo a jabón de lavanda, imaginando sus manos en mi nalga mientras me aplicaba la inyección.
¿Y si pasa algo más? ¿Y si esa chava me ve de otra forma?El deseo crecía como una ola, lento pero imparable. Cuando sonó el timbre a las ocho en punto, abrí la puerta con el pecho inflado. Mariana traía jeans ajustados que marcaban su culo redondo y una blusita escotada que dejaba ver el valle entre sus senos. Llevaba su maletín médico y una sonrisa que prometía travesuras.
"Listo para la aplicación, jefe?", dijo entrando, rozándome el brazo con los dedos. El calor de su piel me quemó. La llevé al cuarto, donde ya tenía la cama tendida, luces bajas y una vela encendida que olía a canela. "Quítate el pantalón y ponte bocabajo", ordenó con autoridad juguetona. Obedecí, sintiendo el aire fresco en mis nalgas desnudas. Ella se sentó a mi lado, su muslo tocando el mío, y preparó la jeringa. El alcohol frío en mi piel, el pinchazo leve que dolió rico, y luego el líquido entrando, caliente, expandiéndose por mis músculos.
"Bedoyecta Tri primero, para que te sientas fuerte como toro", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a chicle de fresa. Masajeó el área con dedos expertos, amasando mi carne, bajando por el muslo. Un gemido se me escapó. Esto no es solo medicina, pensé, mientras mi verga empezaba a endurecerse contra el colchón. Ella lo notó, porque su mano se deslizó más adentro, rozando el borde de mis huevos. "Uy, parece que ya te hizo efecto. ¿Quieres el Dolo Neurobion Forte también? O prefieres otra cosa para el dolor... de aquí abajo?".
Me volteé de golpe, atrapándola con la mirada. Sus ojos estaban oscuros de deseo, las mejillas sonrojadas. La jalé hacia mí, y nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Sabía a menta y a promesas rotas. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras mis manos exploraban su espalda, bajando a apretar ese culo que me volvía loco. Ella se montó encima, frotando su entrepierna contra mi erección dura como piedra. "Pontejo, cabrón, me traes loca desde la farmacia", jadeó, quitándose la blusa. Sus chichis saltaron libres, pezones oscuros y erectos, oliendo a sudor fresco y loción.
La tumbé suave, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Bajé por su vientre, desabrochando los jeans con dientes. Su panocha depilada brillaba húmeda, el aroma almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales, embriagador como tequila añejo. Metí la lengua, saboreando su jugo dulce y salado, chupando el clítoris hinchado mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Sí, wey, así!". Sus manos enredadas en mi pelo, tirando, guiándome más profundo.
La tensión crecía, mis pulsos latían en las sienes, el cuerpo vibrando con la energía de la inyección y el puro instinto animal. Me incorporé, ella abrió las piernas invitándome. "Métemela ya, no aguanto". Empujé despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. Pinche paraíso, pensé, mientras empezábamos a movernos. Sus uñas en mi espalda, rasguñando, el slap-slap de carne contra carne, sus jadeos mezclados con los míos. Sudor resbalando, gotas cayendo en su pecho, que lamí ansioso.
La volteamos, ella arriba, cabalgándome como amazona salvaje. Sus caderas girando, apretando mi verga con músculos que no paraban. "¡Más fuerte, pendejito!", gritaba, y yo embestía desde abajo, manos en sus tetas, pellizcando pezones. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a nuestra pasión desatada. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión en los huevos, mientras ella temblaba, su coño contrayéndose en espasmos. "¡Me vengo, chingao!", aulló, y yo exploté dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, el corazón martilleando contra mi piel. "Esa Bedoyecta Tri o Dolo Neurobion Forte te dejó como semental", bromeó ella, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Yo reí, besando su frente húmeda. "Tú eres el verdadero remedio, nena".
Nos quedamos así, en la penumbra, con el eco de nuestros gemidos aún en el aire. El cansancio se había ido, reemplazado por una calidez profunda, un lazo nuevo. Mañana pediría otra aplicación, pero esta vez sin jeringa. Solo piel con piel, deseo con deseo. La vida ya no pesa tanto, reflexioné, mientras el sueño nos envolvía, satisfechos y completos.