Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Noches Del Trio Noches Del Trio

Noches Del Trio

6647 palabras

Noches Del Trio

La brisa del mar de Cancún me rozaba la piel como una caricia prohibida mientras caminaba por la playa con Marco, mi novio desde hace dos años. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el sonido de las olas chocando contra la arena blanca me hacía sentir viva, deseosa. Llevábamos una semana de vacaciones en esa villa rentada, solos al principio, pero esa noche todo iba a cambiar. Luis, el mejor amigo de Marco desde la uni, acababa de llegar de la Ciudad de México. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me había hecho sonrojar.

¿Por qué carajos siento este cosquilleo cada vez que lo veo? pensé, mientras servía unos tequilas en la terraza iluminada por antorchas. El aroma salado del mar se mezclaba con el humo de la fogata que Marco había encendido. Luis se acercó, su camiseta ajustada marcando los músculos de su pecho, y me pasó un vaso. Nuestros dedos se rozaron, y juro que sentí una corriente eléctrica subir por mi brazo hasta mi entrepierna.

—Salud, morra —dijo Luis con esa voz grave, guiñándome un ojo—. Por noches inolvidables.

Marco rio desde la hamaca, con una cerveza en la mano. —Ya valió, carnal, si la miras así te la robo yo primero.

Brindamos, el tequila quemándome la garganta como fuego líquido, despertando ese calor en mi vientre. Hablamos de todo: de la uni, de pendejadas que hicimos jóvenes, de cómo la vida nos había unido de nuevo. Pero bajo las risas, había una tensión palpable, como el aire antes de una tormenta. Sentía sus miradas sobre mí, Marco protector pero juguetón, Luis curioso, hambriento.

La música ranchera sonaba bajito desde el Bluetooth, y sin pensarlo, me levanté a bailar. Mi vestido ligero de verano se pegaba a mi cuerpo con la brisa, delineando mis curvas. Marco se unió primero, sus manos en mi cintura, su aliento caliente en mi cuello. —Estás cañona esta noche, Ana —murmuró, besándome suave.

Luis nos miró, y en sus ojos vi el deseo crudo.

¿Y si...?
Se me cruzó por la mente, y mi coño se humedeció al instante. Me separé de Marco y extendí la mano a Luis. —Ven, wey, no seas rajón.

El trío de baile empezó inocente: yo en medio, sus cuerpos pegados al mío. Sentía el calor de Marco atrás, su verga endureciéndose contra mis nalgas, y delante, el bulto de Luis presionando mi vientre. El olor a sudor masculino, mezclado con colonia y tequila, me mareaba de placer. Sus manos exploraban: Marco bajando por mi espalda, Luis subiendo por mis muslos.

—Esto está chido —jadeó Luis, su boca rozando mi oreja.

Marco me giró y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras Luis besaba mi cuello. Gemí contra sus labios, el mundo reduciéndose a sus toques. No puedo creer que esto esté pasando, pero lo quiero tanto.

Entramos a la villa tambaleándonos, riendo nerviosos, el aire cargado de promesas. La habitación principal olía a sábanas frescas y al jazmín del jardín. Me quitaron el vestido entre besos, sus cuatro manos devorándome. Marco desabrochó mi bra, liberando mis tetas, y Luis chupó un pezón mientras Marco lamía el otro. El sonido de sus lenguas húmedas, mis jadeos, el latido de mi corazón retumbando en mis oídos... todo era puro fuego.

Qué rica estás, nena —gruñó Marco, bajando su boca por mi estómago hasta mi tanga empapada. La arrancó con los dientes, y su lengua se hundió en mi panocha, lamiendo mi clítoris con maestría. Saboreaba mis jugos, el sabor salado y dulce de mi excitación llenando su boca.

Luis se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbé lento, viendo cómo se ponía más roja, más lista. Dios, dos vergas para mí... esto es el paraíso.

Marco me penetró primero con los dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace gritar. —Estás chorreando, carnal —le dijo a Luis, que se arrodilló a mi lado y metió su lengua en mi boca. Nuestras lenguas danzaban salvajes mientras Marco me comía el coño, su barba raspando mis muslos internos, enviando chispas de placer por mi espina.

Cambié de posición, poniéndome de rodillas en la cama king size. Marco se recostó, y me subí encima, empalándome en su verga de un solo movimiento. El estiramiento delicioso me arrancó un grito; lo sentía llenándome hasta el fondo, golpeando mi cervix con cada rebote. Luis se puso detrás, untando lubricante en mi culo —había traído un frasco, el pendejo planeador—. Su dedo entró primero, luego dos, abriéndome con cuidado.

—Dime si duele, reina —susurró Luis, su voz temblorosa de contención.

—No duele... métemela ya —rogué, mi voz ronca.

La cabeza de su verga presionó mi ano, y empujó despacio. El ardor inicial se convirtió en éxtasis cuando me llenó por completo. Ahora tenía dos vergas dentro, moviéndose en tándem: Marco abajo follándome el coño, Luis atrás en mi culo. El sonido de carne contra carne, slap-slap-slap, mis gemidos altos, sus gruñidos animales... olía a sexo puro, sudor, lubricante, mi crema cubriendo sus bolas.

Me movía entre ellos, sintiendo cada vena, cada pulso. Marco pellizcaba mis tetas, Luis azotaba suave mis nalgas. Soy suya, de los dos, y esto me empodera como nunca. La tensión crecía, mis músculos contrayéndose, el orgasmo acechando como una ola gigante.

—Me vengo... ¡ahí viene! —grité, y exploté. Mi coño y culo se apretaron como un puño alrededor de sus vergas, chorros de placer sacudiéndome. Marco se vino segundos después, llenándome de semen caliente que chorreaba por mis muslos. Luis aguantó un poco más, pero al final rugió y eyaculó profundo en mi trasero, su leche tibia inundándome.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El ventilador del techo giraba perezoso, enfriando nuestra piel pegajosa. Marco me besó la frente, Luis acarició mi cabello. —Eso fue... de otro mundo —dijo Marco, riendo bajito.

—El mejor trío del carajo —agregó Luis, y nos reímos los tres, exhaustos pero felices.

Me acurruqué entre ellos, sintiendo sus corazones latir contra mí. El mar susurraba afuera, prometiendo más noches del trío. No había celos, solo conexión profunda, un lazo forjado en placer mutuo. Esto no termina aquí, pensé, mientras el sueño me vencía, satisfecha hasta los huesos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.