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El Gel Biretix Tri Active Anti Imperfecciones en Tiendas de Pasión

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El Gel Biretix Tri Active Anti Imperfecciones en Tiendas de Pasión

Entré a la tienda de cosméticos en el centro de la Ciudad de México, con el sol del mediodía pegándome en la cara como un beso ardiente. Llevaba semanas batallando con esas pinches imperfecciones en la piel, rojitas y molestas, que me hacían sentir insegura cada vez que me miraba al espejo. Biretix Tri Active Gel Anti Imperfecciones, había leído en internet, era la neta para eso. Las tiendas como esta, con sus anaqueles llenos de frasquitos brillantes y aromas dulces flotando en el aire, siempre me ponían de buenas, pero hoy necesitaba algo más que un capricho.

El lugar olía a lavanda fresca y vainilla, con un toque químico que me hacía cosquillas en la nariz. Me acerqué al mostrador, y ahí estaba él: un morro alto, de piel morena y ojos cafés que brillaban como chocolate derretido. Llevaba la playera ajustada de la tienda, marcando unos pectorales que me hicieron tragar saliva. "¿En qué te ayudo, preciosa?" dijo con esa voz grave, un poquito ronca, que me erizó la piel.

"Busco el Biretix Tri Active Gel Anti Imperfecciones", respondí, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban. Me sonrió, mostrando dientes perfectos, y se agachó para sacar el tubo del anaquel. Sus manos grandes y fuertes rozaron las mías al pasármelo, y juro que sentí un chispazo eléctrico subir por mi brazo.

¿Qué chingados me pasa? Es solo un vendedor, Ana, cálmate.
Pero su mirada se quedó clavada en mí, recorriéndome de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando.

Me explicó cómo usarlo: "Aplícalo en las zonas afectadas, déjalo actuar toda la noche. Te va a dejar la piel suave como terciopelo, mami". Su aliento olía a menta fresca, y estaba tan cerca que podía oler su colonia, un aroma masculino, terroso, que me revolvió el estómago. Pagué rápido, pero antes de irme, garabateó su número en la bolsa. "Si necesitas ayuda para aplicarlo, llámame. Soy experto en cuidados íntimos". Me guiñó el ojo, y salí de la tienda con las piernas temblorosas, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo.

Acto seguido, llegué a mi depa en la Condesa, tiré las llaves en la mesa y me miré en el espejo del baño. La luz suave del atardecer entraba por la ventana, iluminando esas marcas rojas en mis mejillas y barbilla. Abrí el tubo del Biretix Tri Active Gel Anti Imperfecciones, y el olor fresco, mentolado, me invadió las fosas nasales, como un bálsamo frío prometiendo salvación. Me unté un poco en los dedos, masajeando suave, sintiendo el gel resbaloso enfriando mi piel ardida. Chido, pensé, pero sola no era lo mismo.

Le marqué sin pensarlo dos veces. "Órale, güey, ¿vienes a ayudarme con esto?" Su risa al teléfono fue como miel caliente. Media hora después, tocaban la puerta. Ahí estaba Rodrigo, ya sin la playera de la tienda, en una camiseta negra que se pegaba a su torso sudado por el calor de la calle. "Traje mis manos mágicas", dijo, entrando con esa confianza de morro que sabe lo que trae entre manos.

Nos sentamos en el sillón de mi sala, con la tele de fondo pasando una novela bien cursi. Le pasé el tubo, y él lo olió, arrugando la nariz con placer. "Huele rico, ¿verdad? Como a sexo fresco". Me reí, nerviosa, pero su mano ya estaba en mi rodilla, subiendo despacito por mi muslo bajo la falda corta. "Relájate, nena", murmuró, y me giró la cara hacia él. Sus labios rozaron mi mejilla, besando justo donde había aplicado el gel. El frío del producto contrastaba con el calor de su boca, y gemí bajito, sintiendo mi panocha humedecerse de golpe.

Me llevó al baño, donde el vapor de la regadera recién usada aún flotaba, espeso y cálido. Se sacó la camiseta, revelando un pecho lampiño, músculos definidos que olían a sudor limpio y esa colonia suya. "Quítate la blusa", ordenó suave, y obedecí, quedándome en bra topless. Sus ojos se oscurecieron de deseo mientras exprimía gel en sus palmas. El aire se llenó de ese aroma mentolado, fresco, que se mezclaba con mi perfume de jazmín.

Empezó por mi cuello, masajeando en círculos lentos. Sus dedos gruesos presionaban justo lo necesario, enviando ondas de placer por mi espina. "Estás tensa aquí, preciosa", susurró, bajando a mis hombros, rozando los costados de mis tetas. Sentía su verga dura presionando contra mi cadera a través del pantalón, un bulto caliente y palpitante que me hacía jadear. Mi piel se erizaba bajo el gel, sensible, viva, cada poro abriéndose como flor al rocío.

El masaje bajó a mi pecho. Untó gel en mis pezones, que se endurecieron al instante, fríos y punzantes. Los pellizcó suave, tirando, y yo arqueé la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón!". Su boca siguió el camino, lamiendo el gel de mi piel, sabor mentolado en su lengua caliente. Olía a él, a macho sudado, a deseo crudo. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo, liberando esa verga gruesa, venosa, que saltó libre, oliendo a piel caliente y pre-semen.

Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la tomé en la boca. Saboreé la sal de su piel, chupando despacio, sintiendo cómo latía contra mi lengua. "¡Qué chingón, Ana! Eres una diosa", gruñó, enredando dedos en mi pelo. El sonido de su respiración agitada, los jadeos roncos, llenaban el baño como música prohibida. Me levantó, me quitó la falda y las calzas de un jalón, exponiendo mi chochito depilado, ya mojado y brillante.

Me cargó a la cama, las sábanas frescas rozando mi espalda desnuda. Aplicó más gel en mi vientre, bajando a mis ingles, dedos resbalosos rozando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, las caderas moviéndose solas, buscando más. "Dame, Rodrigo, no mames, métemela ya". Se rio, juguetón, "Pacencia, pendejita caliente". Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo hasta llegar a mi centro. Su lengua era fuego líquido, chupando mi jugo mezclado con el gel fresco, enviándome al borde.

La tensión crecía como tormenta en el desierto, mi cuerpo temblando, pulsos acelerados retumbando en mis oídos. Lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome, el choque de su pubis contra mi clítoris. Olía a sexo puro, sudor, gel mentolado y nuestros fluidos mezclados. Empezó a bombear, lento al principio, profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas.

"Más rápido, cabrón, fóllame duro", supliqué, clavando uñas en su espalda. Aceleró, la cama crujiendo, nuestros cuerpos chocando con sonidos chapoteantes. Sudábamos, piel resbalosa, el gel haciendo todo más intenso, frío y calor alternando. Mi orgasmo llegó como avalancha, contracciones apretando su verga, gritando su nombre mientras estrellas explotaban detrás de mis ojos. Él gruñó, embistiendo una última vez, llenándome con chorros calientes que sentí resbalar dentro.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besó mis mejillas limpias, ahora suaves gracias al Biretix Tri Active Gel Anti Imperfecciones. "Ves, te dije que era mágico", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su pelo húmedo, oliendo nuestro aroma compartido. La noche caía fuera, luces de la ciudad parpadeando, pero adentro todo era paz, pieles calmadas, almas saciadas.

Desde esa tarde en la tienda, supe que las imperfecciones no eran nada comparadas con el fuego que encendía en mí. Y el gel, ay, ese gel, se volvió nuestro ritual secreto, preludio de noches eternas de placer puro.

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