El Trío Triste de Kevin MacLeod
Ana se recargó en el sillón de su departamento en la Condesa, con el corazón hecho un nudo. La noche caía sobre la ciudad como un manto pesado, y el DF bullía allá abajo con sus luces neón y cláxones lejanos. Había terminado con su novio esa misma tarde, el pendejo ese que nunca entendió lo que ella necesitaba. Neta, ya estaba harta, pensó mientras se servía un trago de tequila reposado. El aroma fuerte y terroso del agave le subió por la nariz, calmándola un poco.
El timbre sonó, y Ana sonrió por primera vez en horas. Eran Marco y Luis, sus carnales de la uni, siempre listos para una chela y un desahogo. Marco, alto y moreno con esa barba que le daba un aire de galán de telenovela, entró cargando una six de Indio. Luis, más delgadito pero con ojos que te desnudaban con la mirada, traía su bocina Bluetooth.
Órale, Ana, ¿qué pedo con esa cara de funeral? dijo Marco, abrazándola fuerte. Su cuerpo cálido contra el de ella envió una chispa inesperada por su espina.
Luis conectó la bocina y buscó en Spotify. Algo melancólico para el mood, murmuró. De pronto, las notas suaves de piano y cello llenaron la sala: Kevin MacLeod Sad Trio. Era una pieza triste, un trío de instrumentos que lloraba en minor, como si supiera de corazones rotos. El sonido flotaba etéreo, envolviéndolos en una niebla de nostalgia. Ana sintió un escalofrío; la melodía le rozaba la piel como dedos invisibles.
Esta rola... es perfecta para esta noche de mierda, pensó Ana, cerrando los ojos.
Se sentaron en el piso, alfombra persa bajo sus traseros, rodeados de cojines. El tequila fluía, las pláticas se volvían confesiones. Marco habló de su ex, que lo dejó por un fifí de Polanco. Luis admitió que andaba solo hace meses, masturbándose con porno aburrido. Ana rio, pero su risa era amarga.
Yo también estoy sola, weyes. Necesito sentir algo... de verdad, soltó ella, y el aire se cargó de electricidad. La música de Kevin MacLeod Sad Trio seguía sonando en loop, sus acordes tristes tejiendo un hechizo. Marco se acercó, su mano rozó la rodilla de Ana. Su piel áspera, cálida... qué chido.
Luis miró, no con celos, sino con hambre compartida. ¿Y si nos ayudamos mutuamente esta noche? Todo consensual, neta, sin compromisos, propuso él, voz ronca. Ana sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como tambores. Asintió, mordiéndose el labio. Esto es lo que necesito: olvidar en sus brazos.
El beso empezó con Marco. Sus labios carnosos presionaron los de ella, su lengua explorando con urgencia dulce. Sabía a tequila y menta. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por la melodía triste que los arrullaba. Luis se unió, besando su cuello, inhalando el perfume de vainilla de su piel. Sus manos subieron por sus muslos, bajo la falda corta, rozando la tela húmeda de sus calzones.
Qué rico se siente esto... su aliento caliente en mi clavícula, pensó Ana mientras se quitaba la blusa. Sus chichis saltaron libres, pezones duros como piedras por el aire fresco y la excitación. Marco los lamió, succionando uno con avidez, el sabor salado de su sudor en su boca. Luis desabrochó su chamarra, revelando un pecho velludo y musculoso. Ana metió la mano, palpando su verga ya tiesa bajo el pantalón. ¡No mames, qué grande, carnal! exclamó ella, riendo nerviosa.
Se tumbaron en la alfombra, cuerpos entrelazados. La pieza de Kevin MacLeod Sad Trio parecía acompasar sus jadeos: piano suave para las caricias, cello profundo para los gemidos. Ana se arrodilló, jalando los pantalones de Luis. Su pito saltó, venoso y palpitante, olor almizclado subiéndole por la nariz. Lo lamió desde la base, lengua plana saboreando la piel salada, hasta la cabeza goteante de pre-semen. Luis gruñó, ¡Ay, güey, qué mamada tan chida!
Marco se posicionó atrás, quitándole los calzones a Ana. Su panocha depilada brillaba húmeda, labios hinchados. La olió: aroma dulce y animal, como miel caliente. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hizo arquearse. ¡Más, pendejo, no pares! suplicó ella, boca llena con la verga de Luis.
La tensión crecía como una tormenta. Cambiaron posiciones: Ana encima de Marco, su verga gruesa abriéndola centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, llenándola hasta el fondo. Siento cada vena pulsando dentro de mí, qué padre. Cabalgó lento al ritmo del trío triste, caderas girando, sudor resbalando por su espalda. Luis se paró frente a ella, ofreciendo su pito a su boca. Lo chupó con ganas, saliva goteando, mientras Marco la embestía desde abajo, manos amasando su culazo redondo.
Los sonidos llenaban la habitación: piel contra piel chap chap chap, gemidos roncos, la música etérea. Ana sentía el calor de sus cuerpos, el roce de barbas en sus tetas, el sabor de ambos en su lengua. ¡Córrete conmigo, wey! gritó Marco, acelerando. Luis se tensó, eyaculando en chorros calientes en su boca. Ana tragó, el semen espeso y salado bajando por su garganta, mientras su orgasmo la sacudía: ondas de placer desde el clítoris hasta el cerebro, piernas temblando.
Pero no pararon. Luis la volteó, penetrándola por atrás mientras Marco la besaba. Su ano virgen no, no; él se hundió en su panocha chorreante, alternando con Marco. Era un baile caótico y perfecto, el Sad Trio de Kevin MacLeod como banda sonora de su éxtasis. Ana gritaba, ¡Sí, cabrones, así, métanmela duro! El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, fluidos, tequila derramado.
El clímax final llegó como avalancha. Marco se corrió dentro de ella, semen caliente inundándola, mientras Luis lo hacía en sus chichis, pintándolas de blanco cremoso. Ana colapsó entre ellos, cuerpo convulsionando en un orgasmo múltiple que la dejó ciega de placer. Esto es vida... olvidar el dolor en sus vergas.
Se quedaron así, jadeando, la música aún sonando suave. Marco la besó en la frente, Luis le acarició el pelo revuelto. Gracias, carnales. Esta noche curó mi alma rota, murmuró Ana.
El trío triste de Kevin MacLeod se desvaneció al fin, dejando solo el latido compartido de tres corazones en paz. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habían encontrado su propio paraíso consensual.