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Bedoyecta Tri Precio Chedraui el Impulso Prohibido

6589 palabras

Bedoyecta Tri Precio Chedraui el Impulso Prohibido

Entré al Chedraui con el sol de la tarde pegándome en la cara como un beso ardiente. El aire acondicionado me recibió con un soplido fresco que erizó mi piel bajo la blusa ligera. Llevaba días sintiéndome como un trapo viejo, sin pilas, sin ganas de nada. Bedoyecta Tri, eso era lo que necesitaba. Mi amiga Lupe me había dicho que era la neta para recargar baterías, sobre todo para esas noches en que quieres darlo todo sin quedarte cortada.

Me dirigí a la farmacia interna, mis chanclas resonando contra el piso brillante. Saqué mi celular y busqué rápido: "bedoyecta tri precio chedraui". Ahí estaba, a un precio chido, solo 150 varos la caja.

Órale, ni madreamos, hoy me lo llevo
, pensé mientras sentía un cosquilleo en el estómago, no solo por el ahorro, sino por la promesa de energía que me daría esa noche. Tenía una cita con Marco, ese güey que me traía loca desde la semana pasada. Sus ojos cafés profundos, su sonrisa pícara, y ese cuerpo marcado por horas en el gym.

Al llegar al anaquel, vi las cajitas amarillas relucientes. Extendí la mano, pero de pronto, una voz grave y juguetona me detuvo.

¿Buscas Bedoyecta Tri, nena? El precio aquí en Chedraui está cañón, ¿verdad?

Me volteé y ahí estaba él. Alto, moreno, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y un jean que le quedaba como anillo al dedo. Olía a colonia fresca, con un toque de sudor masculino que me hizo tragar saliva.

—Sí, güey, justo vi el bedoyecta tri precio chedraui en mi cel. Baratísimo —respondí, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Se acercó más, su presencia invadiéndome como una ola cálida. Se llamaba Diego, me dijo, y trabajaba de vez en cuando en el súper, pero hoy era cliente como yo. Charlamos un rato sobre las vitaminas, cómo la B12 te pone como toro en celo. Sus palabras eran directas, con ese acento chilango que me derretía. Pendejo, pensé, pero de los buenos, de los que te hacen mojar con solo platicar.

Me convenció de comprar dos cajas. —Una para hoy, pa' que estés lista pa'l desmadre, dijo guiñándome el ojo. Pagamos juntos en la caja, su hombro rozando el mío, enviando chispas por mi espinazo. Afuera, el estacionamiento olía a asfalto caliente y tacos de la fonda cercana. Me invitó a su casa, cerca de ahí, para "probar" el efecto. No lo pensé dos veces.

¿Qué chingados, total, soy adulta y consentidora?

En su depa, un lugar chulo con muebles de IKEA y posters de luchadores, el ambiente cambió. Me sirvió un chelito helado, el vidrio sudando como mi piel. Tomé la inyección de Bedoyecta Tri que él mismo me aplicó en el glúteo, con guantes y todo, profesional el cabrón. Sentí el pinchazo leve, seguido de un calor que se extendió por mis venas como fuego líquido. Mi corazón latió más fuerte, mis pezones se endurecieron bajo el brassiere, y un pulso húmedo empezó entre mis piernas.

¿Ya sientes el power, mami? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

Asentí, jadeando ya. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocando en un beso salvaje. Sabía a menta y deseo puro. Sus manos grandes exploraron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza. Gemí contra su boca, el sabor de su lengua invadiéndome, mientras el efecto de la Bedoyecta me hacía sentir invencible, cachonda sin límites.

Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas al aire. Las lamió, chupó los pezones con hambre, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. ¡Ay, wey, qué rico! Olía a su piel salada, a feromonas que me volvían loca. Le desabroché el cinto, metí la mano en su bóxer y agarré su verga dura como piedra, palpitante, gruesa. La masturbe lento, sintiendo las venas bajo mis dedos, mientras él metía la mano en mi short, rozando mi tanga empapada.

Estás chorreando, pinche rica —gruñó, sus dedos abriendo mis labios vaginales, frotando mi botón con maestría. Me corrí ahí mismo, un orgasmo rápido y violento que me dejó temblando, las piernas flojas. Pero la Bedoyecta no me dejó caer; al contrario, me dio más ganas.

Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. Su pito erecto frente a mí, con una gota de pre-semen brillando en la punta. Lo lamí desde la base, saboreando su gusto almendrado, salado. Lo chupé profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, mientras él gemía "¡Sí, así, cabrona!" y me agarraba el pelo. El sonido de su respiración agitada, los jadeos, el pop de mi boca soltándolo, todo era sinfonía erótica.

No aguanté más. Me quité la ropa restante, mi coño depilado reluciente de jugos. Me senté a horcajadas sobre él, guiando su verga a mi entrada. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué estirada tan deliciosa! Cabalgue como poseída, mis caderas girando, chocando contra las suyas. Sudor nos cubría, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo impregnando el aire. Él me amasaba las tetas, pellizcando, mientras yo rayaba su pecho con las uñas.

Cambié de posición: él encima, misionero intenso. Sus embestidas profundas, golpeando mi punto G con precisión. Sentía cada vena, cada pulso de su miembro dentro de mí.

Esto es lo que necesitaba, este impulso de Bedoyecta Tri
, pensé entre gemidos. El sofá crujía, nuestros cuerpos aplastándose, el calor subiendo. Me volteó a perrito, su vientre contra mi espalda, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. Folló duro, rápido, el slap-slap de carne contra carne resonando.

¡Me vengo, pinche Diego! —grité, el orgasmo explotando como volcán, contrayendo mi vagina alrededor de él, ordeñándolo.

Él rugió, llenándome de su leche caliente, chorros potentes que me hicieron estremecer de nuevo. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa, el corazón tronando al unísono.

Después, en la cama, con las sábanas revueltas oliendo a nosotros, fumamos un cigarro —bueno, él sí, yo solo lo vi, recostada en su pecho velludo. El efecto de la Bedoyecta aún zumbaba en mis venas, pero ahora era un glow cálido, satisfecho.

¿Ves? El bedoyecta tri precio chedraui valió cada peso —dijo riendo, besándome la frente.

Sonreí, sintiéndome poderosa, deseada. Simón, güey, y qué precio tan chingón para tanto placer. Sabía que esto no era el fin; el impulso apenas empezaba. Mañana volvería a Chedraui, por más Bedoyecta... y tal vez por él.

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