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Trio en el Río Salvaje

6550 palabras

Trio en el Río Salvaje

El sol del mediodía caía a plomo sobre el río, ese pedazo de paraíso escondido en las montañas de Michoacán. Ana sentía el calor pegajoso en la piel, el sudor resbalando entre sus pechos mientras caminaba por la orilla con sus dos carnales de toda la vida: Luisa, su mejor amiga desde la prepa, con ese cuerpo curvilíneo que volvía locos a todos, y Pablo, el moreno alto y atlético que siempre había sido el crush compartido del dúo. Habían escapado de la ciudad en su camioneta vieja, buscando refrescarse en el agua cristalina que corría fresca y juguetona entre las rocas musgosas.

Qué chido estar aquí, neta, pensó Ana, oliendo el aroma terroso del río mezclado con el perfume floral de Luisa. Llevaban bikinis diminutos bajo la ropa ligera, y Pablo, en short de baño, ya mostraba el bulto prometedor que la hacía salivar. Se miraron entre sí, risas nerviosas flotando en el aire húmedo. "Órale, ¿quién se anima primero?", gritó Pablo, quitándose la playera con un movimiento que dejó al descubierto sus abdominales marcados, brillando bajo el sol.

Ana se mordió el labio, el corazón latiéndole fuerte. Siempre habían coqueteado, pero hoy el ambiente se sentía cargado, como si el río susurrara promesas pecaminosas. Luisa, con su cabello negro suelto cayendo en cascada, se acercó a Ana y le rozó la mano. "Vamos, amiga, no seas mensa. Este calor nos está pidiendo a gritos un chapuzón". Sus dedos eran cálidos, eléctricos, y Ana sintió un cosquilleo subirle por el brazo hasta el centro de su ser.

Se metieron al agua de un salto, el choque frío contra la piel ardiente arrancándoles gritos de placer. El río las abrazaba, fresco y sedoso, lamiendo sus cuerpos como un amante impaciente. Pablo nadó hacia ellas, salpicando con fuerza, y de pronto sus manos grandes agarraron a Ana por la cintura bajo el agua. "¡Pendejo!", chilló ella riendo, pero no se apartó. Al contrario, se pegó a él, sintiendo la dureza de su pecho contra sus tetas, el agua amortiguando el roce pero no el calor que emanaba de su piel.

Luisa se unió, rodeando a Pablo por detrás, sus manos bajando peligrosamente por su abdomen. "Mira nomás qué rico estás, carnal", murmuró con voz ronca, besándole el cuello. Ana vio el deseo en los ojos de su amiga, oscuro y hambriento, y algo se encendió en ella.

Esto va a pasar, neta. Un trío en el río, aquí mismo, sin testigos más que las montañas.
El pensamiento la mojó más que el agua.

La tensión creció como la corriente del río en temporada de lluvias. Pablo giró, atrapando a Luisa en un beso profundo, sus lenguas danzando visibles sobre la superficie. Ana flotaba cerca, tocándose disimuladamente entre las piernas, el bikini empapado no solo por el agua. "Ven, Ana", la llamó Pablo con la voz grave, extendiendo una mano. Ella nadó hacia ellos, el pulso retumbando en sus oídos como el rugido lejano de una cascada.

Sus labios se encontraron primero con los de Luisa, suaves y dulces, saboreando a mango y sal del sudor. Qué rica sabe mi amiga, pensó Ana mientras Pablo les besaba el cuello alternadamente, sus manos explorando. Desató el top de Ana con dientes, liberando sus pechos firmes que flotaron en el agua fresca. El aire caliente los rozaba, endureciendo los pezones al instante. Luisa gimió, chupando uno mientras Pablo masajeaba el otro, sus dedos ásperos enviando descargas directas a su clítoris palpitante.

"Quítate eso ya", ordenó Ana a Luisa, voz temblorosa de excitación. Se ayudaron mutuamente, los bikinis volando hacia la orilla como ofrendas al dios del río. Pablo se bajó el short, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al cielo. Ana la tocó primero, suave como terciopelo sobre acero, el agua enfriándola pero no apagando el fuego. "¡Madre mía, qué pedazo de pija!", exclamó Luisa, uniéndose, sus manos juntas acariciándola de arriba abajo.

El agua chapoteaba alrededor mientras se movían en un baile primitivo. Pablo levantó a Ana, sus piernas envolviéndolo, y la penetró despacio, el agua facilitando la entrada resbaladiza. Sí, así, cabrón, lléname, rugió en su mente el placer, su coño apretándolo como un guante húmedo. Luisa se pegó por detrás, frotando su monte contra el culo de Ana, dedos hurgando su ano con lubricante natural del río y sus jugos.

Los sonidos llenaban el aire: gemidos ahogados, agua salpicando, piel chocando contra piel mojada. Olía a sexo crudo, almizcle mezclado con el frescor mineral del río, tierra húmeda y sudor. Ana probó la sal de la piel de Pablo lamiéndole el pecho, mientras Luisa le comía el clítoris expuesto cada vez que Pablo salía un poco. "¡No pares, pinche rica!", suplicó Luisa, y Ana bajó una mano para meterle dos dedos, sintiendo su interior caliente y palpitante.

Cambiaron posiciones en la corriente suave, Pablo ahora embistiendo a Luisa contra una roca lisa, sus tetas rebotando con cada thrust. Ana lo besaba, mordiéndole los labios, mientras se tocaba furiosamente.

Esto es el paraíso, un trío en el río que nunca olvidaremos. Neta, qué chingón.
La intensidad subía, sus cuerpos sincronizados como olas. Pablo gruñó primero, llenando a Luisa con chorros calientes que se diluían en el agua, pero no paró. La sacó y entró en Ana de nuevo, más duro, mientras Luisa lamía donde se unían.

Ana sintió el orgasmo venir como una avalancha, su cuerpo tensándose, uñas clavándose en los hombros de Pablo. "¡Me vengo, cabrones!", gritó, el placer explotando en estrellas detrás de sus ojos cerrados. El río pareció rugir con ella, vibrando contra su piel sensible. Luisa llegó segundos después, temblando entre ellos, su grito agudo perdiéndose en el viento.

Se derrumbaron en la orilla poco profunda, agua lamiendo sus cuerpos exhaustos. Pablo en medio, brazos alrededor de las dos, besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, el sol calentando su piel enrojecida. Luisa trazaba círculos en su muslo, sonrisa pícara. "Qué trío en el río más cabrón, ¿no?", susurró.

Ana rio bajito, el cuerpo pesado de placer, satisfecho. Esto nos cambió para siempre, pero qué bueno. El río seguía fluyendo, testigo mudo de su unión, mientras el sol bajaba tiñendo el agua de oro. Se quedaron así, entrelazados, hasta que el hambre los sacó del trance, prometiendo más aventuras en ese rincón salvaje.

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