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La Beck Triada Ardiente

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La Beck Triada Ardiente

Beck Triada caminaba por las calles iluminadas de Polanco, con el corazón latiéndole a mil por hora. Era una noche de viernes en la Ciudad de México, y el aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los taquitos callejeros que tanto le gustaba. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los pendejos en la oficina, y un cuerpo que pedía a gritos algo más que las mamadas rutinarias de su ex. Ya valió madre esa relación aburrida, pensó mientras se ajustaba el vestido negro ceñido que marcaba sus chichis perfectos y su culo redondo. Quería fuego, quería algo que la hiciera sentir viva, como esa Beck Triada salvaje que llevaba dentro, lista para explotar.

Entró al bar La Selva, un lugar chido con luces tenues y música lounge que te ponía la piel chinita. Pidió un margarita helado, el sabor ácido y salado le explotó en la lengua, y ahí los vio: Marco y Lena, sentados en la barra. Él, moreno alto con ojos que te desnudaban, camisa entreabierta mostrando pectorales duros; ella, rubia con acento chilango pero piel canela, falda corta que dejaba ver muslos suaves. Se miraron, y Beck sintió un cosquilleo entre las piernas.

¿Qué chingados? ¿Una pareja? Pero se ven tan calientes...

—Órale, güey, ¿vienes sola? —le dijo Marco con una sonrisa pícara, su voz grave como ron en las venas—. Soy Marco, y esta es Lena, mi carnala en el pecado.

—Beck Triada —se presentó ella, extendiendo la mano, pero él la jaló para un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su barba raspando su piel suave—. Y sí, sola pero no por mucho.

Charlaron, las risas fluyendo como el tequila. Lena le tocó la pierna bajo la mesa, un roce ligero que subió por su muslo, y Beck jadeó bajito. Me están prendiendo como mecha. Contaron que eran pareja abierta, que buscaban una Beck Triada como ella para una noche de puro desmadre consensuado. Nada de compromisos, solo placer mutuo. Beck sintió su chucha humedecerse, el calor subiendo por su vientre.

Salieron del bar, el viento fresco de la noche besando sus caras sonrojadas. Caminaron hasta el hotel W, lujoso con vistas a Reforma. En el elevador, Marco la acorraló contra la pared, sus labios devorando los de ella mientras Lena lamía su cuello, oliendo a vainilla y deseo. Beck gimió, sus manos explorando los cuerpos ajenos: duro el de él, suave el de ella.

Acto de escalada. La suite era un paraíso: cama king size con sábanas de seda negra, luces city que entraban por los ventanales. Se desvistieron lento, como en una danza erótica. Beck se quitó el vestido, quedando en tanga roja y bra de encaje, sus tetas grandes saltando libres cuando lo soltó. Marco gruñó de aprobación, su verga ya dura marcada en el bóxer. Lena, desnuda ya, tenía pezones rosados erectos y un coñito depilado que brillaba de jugos.

—Ven, Beck Triada, déjanos cuidarte —susurró Lena, jalándola a la cama. Se tumbaron, cuerpos entrelazados. Beck besó a Marco, su lengua saboreando whisky y hombre, mientras Lena chupaba sus tetas, mordisqueando suave. ¡Qué rico! Cada lamida es como fuego en mis venas. Las manos de Marco bajaron, metiéndose en su tanga, dedos gruesos frotando su clítoris hinchado. Beck arqueó la espalda, el sonido de su propia humedad chorreando audible en la habitación.

Marco se arrodilló, separó sus piernas con gentileza. —Mírate, tan mojada por nosotros, wey. —Su aliento caliente en su entrepierna la hizo temblar. Lamida su coño, lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando su sal dulce. Beck gritó: ¡Ay, cabrón, no pares! Lena se sentó en su cara, su culo perfecto bajando. Beck la lamió ansiosa, probando su flujo cremoso, oliendo a mujer excitada. Gemidos llenaban el aire: ahhh, uhhh, qué chingón.

La tensión crecía. Cambiaron posiciones. Beck encima de Marco, su verga gorda entrando lento en su chucha apretada. Siento cada vena pulsando dentro de mí, llenándome como nunca. Cabalgó, tetas rebotando, sudor perlando su piel morena. Lena detrás, lamiendo donde se unían, dedos en el ano de Beck, masajeando suave. El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando, olores a sexo crudo impregnando el cuarto: almizcle, sudor, perfume caro.

Marco la volteó a cuatro patas, embistiéndola fuerte pero con cuidado, sus bolas golpeando su clítoris. —¡Sí, Beck Triada, córrete para mí! —gruñó. Lena debajo, chupando sus tetas colgantes, dedos en su clítoris. Beck sintió el orgasmo venir, como ola gigante.

Es demasiado, voy a explotar, ¡no aguanto!
Gritó, su coño contrayéndose alrededor de la verga de él, jugos salpicando. Marco se corrió dentro, caliente semen llenándola, mientras Lena se masturbaba viéndolos, corriéndose con un alarido.

Pero no pararon. Rotaron. Lena con un strapon negro brillante se lo metió a Beck, que lamía la verga de Marco limpia de sus jugos. Doble penetración simulada, cuerpos sudados resbalando. Beck jadeaba, el placer psicológico intenso: Soy la reina de esta Beck Triada, empoderada, deseada. Otro clímax la sacudió, piernas temblando, visión borrosa de tanto éxtasis.

El pico final llegó cuando los tres se alinearon: Marco follando a Lena mientras Beck las lamía a ambos, lenguas y dedos en todas partes. Se corrieron juntos, un coro de gemidos guturales, cuerpos convulsionando en un nudo de carne y fluidos. El aire olía a orgasmo puro, pieles pegajosas brillando bajo la luna de Reforma.

Se derrumbaron, afterglow envolviéndolos como manta tibia. Beck Triada yacía entre ellos, cabeza en el pecho de Marco, mano en el vientre de Lena. Latidos sincronizados, respiraciones calmándose. —Eso fue la neta, carnales —dijo ella, voz ronca—. Una Beck Triada perfecta.

—Vuelve cuando quieras, reina —respondió Lena, besándola suave.

Beck sonrió, el corazón lleno. No más monotonía. Esto es vida, placer puro y consensual. Se durmió así, soñando con más noches ardientes, el sabor de ellos aún en su boca, el toque fantasma en su piel sensible. Mañana sería otro día, pero esta Beck Triada ya no era la misma: libre, satisfecha, lista para más.

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