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La Triada de Laringotraqueitis

7124 palabras

La Triada de Laringotraqueitis

Ana se despertó con la garganta rasposa, como si hubiera pasado la noche gritando en un concierto de rock underground en la Roma. El aire de la mañana en su departamento de Polanco entraba fresco por la ventana entreabierta, trayendo el olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina y un toque de jazmín del jardín vecino. Se miró al espejo del baño, la voz le salió ronca, grave, sexy de verdad, pensó mientras se pasaba la mano por el cuello. "Pinche laringotraqueítis", murmuró, recordando lo que le había dicho su carnala Sofia la noche anterior por WhatsApp.

Sofía, doctora en el Hospital Español, le había mandado un audio explicándole la triada de laringotraqueítis: la tos perruna, el estridor al respirar y la ronquera. "No te apures, nena, es viral, se quita sola con vapor y miel. Pero esa voz tuya ahora está cañona, como de fumadora de habanos en La Habana". Ana se rió, pero el sonido salió como un ronroneo gutural que le erizó la piel. Se imaginó a Carlos, su novio, llegando del gym y oyéndola así. Se va a poner como loco, se dijo, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

El departamento olía a café recién molido cuando Carlos entró, sudado y con los músculos de los brazos brillando bajo la luz del sol que se colaba por las cortinas sheer. "Buenos días, mi reina", dijo, besándola en la boca. Ana respondió con un gemido ronco que lo hizo detenerse. "¿Qué pedo con tu voz? Suenas como una diosa del blues". Ella le explicó lo de la triada, repitiendo las palabras con esa tonalidad áspera que hacía vibrar el aire. Carlos se acercó más, inhalando su aroma a vainilla y sueño, sus manos grandes subiendo por su bata de seda.

En ese momento sonó el timbre. Era Sofía, con su maletín médico y una sonrisa pícara. "Vine a checarte, güey. No vaya a ser que te ahogues con esa garganta inflamada". Las tres se sentaron en la sala, con vistas al skyline de la Ciudad de México, el tráfico lejano zumbando como un fondo erótico. Sofía examinó a Ana, el estetoscopio frío contra su pecho desnudo bajo la blusa abierta. "Tienes la triada completa: ronquera perfecta, un poco de estridor si respiras hondo... y esa tos que suena a ladrido cachondo". Carlos observaba, su pantalón de gym tensándose.

¿Y si jugamos con eso?, pensó Ana. La triada de laringotraqueítis como excusa para algo más... prohibido pero chido.

La tensión creció como el calor del mediodía. Sofía, con su cabello negro suelto y labios rojos, rozó accidentalmente el muslo de Carlos al inclinarse. Ana sintió celos mezclados con deseo, un pulso acelerado en el cuello. "Muéstrame cómo suena esa triada en acción", dijo Sofía, guiñando. Carlos se levantó, atrayendo a Ana para un beso profundo. Sus lenguas se enredaron, el sabor salado de su sudor mezclándose con el dulce de su saliva. Ana gimió ronca, el sonido reverberando en la garganta inflamada, haciendo que Sofía se mordiera el labio.

Las manos de Carlos bajaron a las nalgas de Ana, apretándolas firmes bajo la bata. "Estás mojada ya, ¿verdad mi amor?", susurró él, su aliento caliente contra su oreja. Ella asintió, el roce de sus dedos enviando chispas por su espina. Sofía se acercó por detrás, besando el cuello de Ana, inhalando el olor almizclado de su piel. "Déjame cuidar esa garganta tuya", murmuró la doctora, sus uñas rozando la clavícula. Ana jadeó, el estridor leve saliendo de su tráquea como un susurro erótico.

Se movieron al sillón amplio, piel contra piel. Carlos quitó la bata de Ana, exponiendo sus senos plenos, pezones endurecidos por el aire acondicionado y la excitación. Sofía lamió uno, el calor húmedo de su lengua contrastando con el fresco, mientras Carlos bajaba la cabeza entre las piernas de Ana. El olor a excitación femenina llenó el aire, musgoso y dulce. Su lengua trazó círculos lentos en el clítoris hinchado, haciendo que Ana arqueara la espalda, su voz ronca gritando "¡Ay, cabrón, qué rico!".

Esto es la triada perfecta, pensó Ana: el toque de Carlos en su panocha, la boca de Sofía en sus tetas, y esa garganta ardiendo que amplificaba cada gemido. Sofía se desvistió, su cuerpo atlético reluciendo, vello púbico recortado invitando. "Ahora yo", dijo, guiando la mano de Ana a su entrepierna húmeda. Ana hundió dos dedos, sintiendo el calor resbaladizo, el pulso acelerado. Carlos observaba, masturbándose lentamente, su verga gruesa palpitando.

La escalada fue gradual, como el tráfico atascándose en Reforma. Carlos se posicionó detrás de Sofía, penetrándola con un empujón lento, el sonido chapoteante de carne húmeda resonando. Sofía gimió, empujando contra él, mientras lamía la garganta de Ana, succionando suave para no lastimar. "Siente la inflamación aquí", susurró, su lengua trazando la tráquea. Ana tosió perruna, pero excitada, el sonido convirtiéndose en risa ronca y lujuriosa.

Cambiaron posiciones, Ana montando a Carlos, su coño envolviendo la polla dura como terciopelo caliente. Subía y bajaba, el slap-slap de sus cuerpos mezclándose con los jadeos. Sofía se arrodilló frente a Ana, lamiendo donde se unían, saboreando el jugo salado. "Chúpame la garganta", pidió Ana, ronca. Sofía obedeció, besos profundos que rozaban la laringe sensible, enviando ondas de placer doloroso-placentero. Carlos gruñó, sus manos amasando las caderas de Ana, olor a sudor masculino impregnando todo.

La intensidad subió.

Neta, esto es mejor que cualquier medicina
, pensó Carlos, viendo cómo Ana y Sofía se besaban, lenguas enredadas, saliva brillando. Sofía se subió a la cara de Carlos, él lamiendo su ano y panocha con avidez, mientras Ana cabalgaba más rápido, sus tetas rebotando. El aire olía a sexo puro: semen preeyaculatorio, fluidos vaginales, sudor fresco. Gemidos roncos de Ana, agudos de Sofía, graves de Carlos formaban una sinfonía.

El clímax se acercó como tormenta en el desierto. Ana sintió el orgasmo construyéndose, un nudo en el bajo vientre. "¡Me vengo, pinches cabrones!", gritó ronca, su voz quebrándose en estridor. El cuerpo se convulsionó, chorros calientes mojando a Carlos. Él la siguió, eyaculando profundo dentro, el calor inundándola. Sofía se corrió en la boca de él, temblando, sus muslos apretando la cabeza masculina.

Colapsaron en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose. El sol de la tarde pintaba sus cuerpos dorados. Ana carraspeó, la garganta aún sensible pero satisfecha. "La triada de laringotraqueítis nos salvó el día", bromeó ronca. Sofía rió, besándola suave. "Próxima vez, sin enfermedad, pero con la misma intensidad". Carlos abrazó a ambas, inhalando su aroma mezclado. Somos imparables, pensó él.

En la quietud posterior, Ana sintió una paz profunda, el pulso latiendo suave. La ciudad bullía afuera, pero adentro reinaba el afterglow: pieles pegajosas, sabores persistentes en la boca, el eco de gemidos en los oídos. Se prometieron más tríadas, médicas o no, siempre consensuadas, siempre ardientes.

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