Pasión Desenfrenada en la Azotea de Fernanda Trías
La noche en la Ciudad de México se sentía pesada, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Subí las escaleras crujientes del edificio viejo en la colonia Roma, el corazón latiéndome como tambor de cumbia. Fernanda Trías me había mandado un mensajito esa tarde: "Ven a la azotea, güey. Trae chelas y ganas de platicar". Neta, desde que la vi por primera vez en el tendedero, con su falda ligera ondeando al viento y esas curvas que gritaban pecado, supe que algo iba a pasar. Fernanda era de esas morras que te miran fijo, con ojos café profundo que te desnudan antes de que digas ni madres.
Empujé la puerta metálica oxidada y ahí estaba ella, recargada en la barandilla, el skyline de la ciudad parpadeando atrás como estrellas caídas. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a su piel morena por el sudor, el escote dejando ver el valle perfecto entre sus chichis firmes. El aire olía a jazmín del vecino y a asfalto caliente, mezclado con su perfume dulce, como vainilla quemada. Órale, carnal, pensé, esta noche no me voy sin probarla.
—¡Llegaste, pendejo! —rió ella, girándose con una cerveza en la mano—. Siéntate aquí, neta hace un chingo de calor, pero la vista compensa.
Me acerqué, sintiendo el concreto cálido bajo mis tenis. Le di una chela fría y chocamos botellas, el sonido metálico resonando en la quietud. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de la crema que pusieron en el Oxxo de abajo, de cómo ella escribía cuentos en sus ratos libres. Fernanda Trías, con ese nombre que sonaba a novela, era maestra de primaria pero tenía alma de bohemia. Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel cada vez que decía "no mames".
Nos sentamos en las sillas plegables, las piernas rozándose por accidente. O no tan accidente. Su muslo suave contra el mío mandó una corriente eléctrica directo a mi verga, que ya empezaba a despertar. El viento jugaba con su cabello negro largo, trayendo olor a su champú de coco. Miré las luces de los edificios, el Neón Palace brillando a lo lejos, pero mi vista volvía a ella, a cómo se mordía el labio cuando reía.
¿Y si la beso ahorita? Neta se siente la química, como chispas en el aire. Pero no quiero espantarla, güey, ve despacio.
La plática se puso más íntima. Me contó de su ex, un mamón que no la valoraba, y yo le dije que era una diosa desperdiciada. Sus ojos se suavizaron, y de repente su mano estaba en mi rodilla, trazando círculos lentos. El pulso se me aceleró, el corazón retumbando en los oídos como mariachi en fiesta.
—Sabes, Alex, siempre quise tirarme un clavado aquí arriba —susurró, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a cerveza y menta—. La azotea es mi escape, pero contigo se siente diferente. Más... vivo.
Acto uno cerrado, la tensión crecía como tormenta de verano. La besé entonces, suave al principio, labios rozando los suyos suaves y carnosos. Ella respondió con hambre, la lengua danzando con la mía, saboreando sal y deseo. Sus manos subieron a mi nuca, jalándome más cerca, mientras yo exploraba su espalda, la tela delgada del vestido húmeda por el sudor.
Nos paramos, pegados como imanes. La desvestí despacio, bajando el cierre con dedos temblorosos. El vestido cayó como cascada roja, revelando lencería negra que apenas contenía sus tetas perfectas, pezones duros como piedras preciosas. Ella me quitó la playera, uñas raspando mi pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Olía a su excitación ahora, ese aroma almizclado que nubla la razón.
—Qué rico hueles, Fernanda —murmuré, besando su cuello, lamiendo el sudor salado.
—Ven, acuéstate —dijo, guiándome a las colchonetas viejas que tenía apiladas—. Quiero sentirte todo.
El medio acto explotó en intensidad. Me tendí, ella encima, cabalgando mis caderas con fricción lenta. Sus chichis rebotaban cerca de mi cara, las chupé con ganas, succionando pezones que sabía a piel caliente y dulce. Gemía bajito, "ay, sí, carnal, así", mientras frotaba su concha mojada contra mi pantalón. El sonido de la ciudad abajo —cláxones lejanos, perros ladrando— se mezclaba con nuestros jadeos pesados.
Le bajé el calzón, dedos encontrando su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. La masturbé despacio, círculos firmes, mientras ella me desabrochaba el cinturón. Qué chingón se siente su calor, pensé, el pulso latiéndome en las sienes. Ella sacó mi verga dura como fierro, polla palpitante en su mano suave, masturbándome con twists expertos que me sacaban gruñidos guturales.
No aguanto más, neta voy a explotar si no la cojo ya. Pero quiero que ella mande, que se sienta reina.
Fernanda se posicionó, guiándome adentro de ella con un suspiro largo. Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Empezó a moverse, subiendo y bajando, tetas danzando al ritmo. Yo la agarré de las nalgas redondas, firmes, amasándolas mientras empujaba arriba, chocando pelvis con palmadas húmedas. El sudor nos unía, piel deslizándose, olor a sexo puro llenando la azotea.
Cambié posiciones, ella de rodillas en la colchoneta, yo detrás, embistiéndola profundo. Sus gemidos subieron de volumen, "más fuerte, pendejo, rómpeme", eco en la noche. El viento fresco en mi espalda contrastaba con el fuego entre nosotros. Lamí su espalda, mordí suave su hombro, mientras mis bolas golpeaban su clítoris. Ella se corrió primero, convulsionando, concha apretándome como vicio, gritando mi nombre al cielo estrellado.
No paré, seguí follando con furia contenida, el clímax building como volcán. Sus paredes internas masajeándome, jugos chorreando por mis muslos. Finalmente, exploté dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizadas.
El final trajo paz. Yacíamos mirando las estrellas, city lights titilando como testigos mudos. Ella acurrucada en mi pecho, dedo trazando patrones en mi piel húmeda. Olía a nosotros, mezcla de semen, sudor y noche urbana.
—Esto fue chido, Alex. Neta, la azotea de Fernanda Trías nunca había visto algo así —rió suave, besándome el pecho.
—Y no será la última —respondí, acariciando su cabello.
Nos vestimos lento, robándonos besos perezosos. Bajamos las escaleras, piernas flojas, sonrisas cómplices. Esa noche, la azotea se convirtió en nuestro secreto, un pedazo de cielo en el caos chilango. Y supe que Fernanda Trías era adictiva, como tequila añejo que quema rico y deja queriendo más.